Una mesa de por medio

 

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Es curioso lo cerca que pueden estar dos personas cuando hay una mesa de por medio.

A veces, ese ambiente de bar a media luz, con música de fondo de pantalla de los noventa, es más propicio para la intimidad que una cama llena de intenciones y vacía de promesas. 

Las tazas van calentando las manos, las copas soltando las lenguas y las cañas refrescando la memoria. Se habla de lo cotidiano, de lo excepcional de lo anodino, de que te has enfadado con fulanito o de que echas de menos a menganito. No sabes bien como ocurre, pero puede que las corrientes de empatía te vayan templando poco a poco, obligándote a desnudarte como una cebolla. Van cayendo las capas y los cuentos devienen contar. Y ya no cuentas el número de veces que repites o oyes algo que ya se dijo muchas veces, porque tienes la certeza de que la persona al otro lado de la mesa, que está rayada por momentos de aburrimiento ajeno, quiere volver a escucharlo, aunque sea sólo por el placer de dejar fluir ese mar de palabras que parece estar acunando y meciendo los minutos que pasan.

Y mientras las palabras se vuelven recreo, tu parte analítica (esa que nunca duerme o reposa en vertical) recorre su suéter, tan simple y tan limpio que parece otra capa más de piel de aquel que te está mirando gesticulando pausadamente, dando cuenta de un café cortado que ya ha terminado hace más de media hora.
Se acaricia el borde de la taza, las uñas rascan la mesa. De vez en cuando lo tocas, una caricia sin medir. Y también hay silencios. No llegan a ser incómodos, y se repiten. Se cortan con un suspiro o con una pregunta comodín, de esas que sacas del desinterés con la esperanza de que dé algo de sí. Pero, inevitablemente, ésa lleva a otro silencio. Menos incómodo.

– Otra ronda, cuándo puedas, por favor.

La educación y el respeto ante todo. Eso me encanta, me libera y me hace querer ser más incorrecta, más bocaza, menos y más yo a la vez.

Y, cuando las cebollas parecen estar en carne viva… ¡zas! Los sentimientos, los secretos dichos a media voz, las vilezas, los miedos y los pozos interiores empiezan a rondar por la conversación. Igual puede escaparse alguna lagrimilla (el cortado de cebolla entraña reacciones químicas curiosas) y corres el riesgo de ahogarte en tu propio abismo. El sexo de trasfondo, contoneándose como las caderas de Shakira que, irrenunciablemente, hacen vibrar vulgarmente las rodillas de adolescentes casi imberbes de la mesa de al lado. Y se habla de amor. Del que se tuvo o del que nunca se tendrá. Y en la complicidad, no sabes si única o recreada, caen algunas máscaras. Igual ya habían caído hace mucho tiempo, pero creemos seguir llevándolas puestas, como las gafas de Clark Kent. Héroes al contrario, que se complacen en soltar sus miserias. Y cada uno desde su lado de la moneda, inevitablemente tan distinto y opuesto que deja claro la imposibilidad de poder algún día tocar a la vez la misma palma de la mano, empieza a entender que la vida es un canto. Es suficiente un simple soplo para trastornar las notas y que se caiga de un lado o de otro. Pero con ese soplo te das cuenta de que empiezas a percibir cómo respira la otra persona, a conocer cuál es su oxígeno, aunque sigas ignorando por que se ahoga.

Y mientras sonríes, y te burlas, y te portas como un niño sin frenos deslizándose sin manos por un tobogán mojado, tu abismo se da cuenta de que al otro lado de la mesa se extiende un acantilado muy parecido al tuyo. Dos continentes muy distintos, repletos de selvas intricadas e inhabitables por extraños, que tienen un paisaje similar.

Madera de por medio. Madera que se convierte en el marco del espejo que divierte y asusta tener enfrente. Ya está todo dicho y entendido, por hoy y puede que por mucho tiempo. No queda más que levantarse de golpe entre el pastoso asombro, pagar y marcharse. Cada uno por su lado, pero con un poco del otro dentro.
Quedan los sofás calientes, las paredes empapadas, el borde de las tazas húmedo. Un ambiente más cálido e íntimo que el de una habitación de frías sábanas revueltas.

Voyeurismo complacido.
Y te despides con dos besos, uno en cada mejilla, con cuidado de no volver a desplazar la máscara.

-PatriShaw-

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4 thoughts on “Una mesa de por medio

  1. Eres consciente de que lo que escribes es arte, no?
    Imposible no fantasear con ser el que está al otro lado de la mesa.
    Gracias (por eso de la buena educación).

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