EL RELOJ DE PARED

Un gran reloj de cuerda colgado sobre el azulejo, justo encima del televisor Philips. Como un patrón en el altar mayor. Atrevido, sereno, consecuente. Cuando lo conocí, era mucho más alto que yo, y me observaba desde arriba retándome: “no te atrevas a darme cuerda, niña, solo él tiene ese derecho”, me decía en voz queda.

Lo habían comprado en la Joyería Romar, un sábado de mercado. Aunque hubo quien consideró aquello un dispendio económico, el abuelo no cedió. No señor. Porque no se puede vivir sin hora, y porque la hora debe escucharse al son de un suave tic tac, y verse en el balanceo del péndulo. Es más, también hay que olerla, tocarla, masticarla, tragarla. Así que compraría un reloj como dios manda: serio y fiel. No quería ni oír hablar de aquellos artilugios modernos a pilas, silenciosos como las serpientes, que cuando menos te lo esperabas te traicionaban y se quedaban parados, dejando petrificado al mundo.

La esfera blanca con grandes números dorados se guarecía en una caja de madera, de bordes veteados y florituras doradas a la vieja usanza. Abriendo la puertecilla acristalada se tenía acceso a su sistema vascular. Dos orificios de mediano y pequeño calibre, donde encajaban como la música unas llavecitas doradas. Mi abuelo se subía en la banqueta marrón, y procedía con la frente erguida a la ceremonia de dar cuerda al tiempo. Primero la manecilla grande, después la pequeña. Diez movimientos circulares y perfectos, como perfecto era el engranaje del calendario. Diez golpes de muñeca que daban vida al minutero.

Se bajaba de la silla, para mirarme y decir, simplemente: “ya está”.

Así que cuando me acostaba cada noche y escuchaba las campanadas que salían de la cocina y subían por las escaleras hasta mi habitación, me dormía tranquila. Porque ellos dos controlaban el tiempo.

Un día tras otro… desde el desayuno con sopas de pan, pasando por el paseo de la tarde (apoyado el abuelo en su bastón y yo en mis esperanzas) y hasta el “parte” de las nueve y el “callaos” con la predicción meteorológica de las diez. Un día tras otro… vinieron la canción de las ocho y las nueve y las diez, y algunos bebés que olían a Nenuco, los zapatos de invierno, el forro de los libros y los lápices del número dos. Un día tras otro… se fueron algunos, y con ellos las muñecas que movían solas los ojos, los libros de colorear, las barras de labios a escondidas, los pasteles de barro, las raquetas de madera, los trozos de teja con los que pintábamos el mundo… Un día tras otro… y otro y otro más… llegaron los artificios teatrales, los desvaríos de cuatro hormonas haciendo el tonto, los libros de anatomía… Un día tras otro… salieron cientos de empanadas de la cocina de hierro. Nos las fuimos comiendo todas. Y así… al tic tac… así…

… Fueron pasando los años, el viejo reloj atrasaba. Nadie le daba demasiada importancia porque ya todos teníamos nuestras maquinitas analógicas, y porque empezaban a hacerse muy habituales las herramientas informáticas.  Pero los ojos del abuelo se nublaban. Jugar con el tiempo, dejarlo morir, ¡¡¡dónde se había visto semejante cosa!!!.

Al final, después de tanta insistencia, un día mi padre encendió el Corsa blanco y partió con el reloj en el asiento trasero, a la misma joyería de hacía muchos años, para que intentaran ajustar el desfase horario y se le aclarasen los ojos azules al patrón.

No sé exactamente el orden en qué sucedieron las cosas. Solo sé que lo uno y lo otro fueron lo mismo. El reloj no volvió a casa, supongo que se quedaría suspendido en algún almacén del pasado. Igual que mi abuelo se quedó suspendido en la habitación 245. Pero estoy convencida de que se murió en paz y tranquilo. Porque él, al menos, había cumplido con el tiempo.

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Un comentario en “EL RELOJ DE PARED

  1. Guau…Algo se me ha revuelto en el pecho, algo se me ha metido en el ojo…Emocionante y hermoso. Un inmenso placer reconocer grandes talentos de otra epoca que no mueren con el tiempo: maduran con clase. Gracias, C.

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