Velvet… o papel de lija (I)

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De una serie que se llama “Velvet” una espera que sea aterciopelada, sensual, seductora, que se deslice por los capítulos con una suavidad erótica o, por lo menos, con un entretenimiento lúdico-sentimental capaz de levantar… sensaciones.
Bueno, pues a desengañarse: nada de eso. Y tampoco es para desengañarse, porque si uno construye grandes esperanzas dickensianas alrededor de una serie española protagonizada por el Duque Miguél Ángel Silvestre y la Bustamanta Paula Etcheverria acabará más bien como Oliver Twist. Pese a eso, se me hace difícil no hallarme desilusionada. Podría haber sido una serie de esas que engancha pausadamente y te envuelve con un toque de fría calidez, como el terciopelo (para retomar la metáfora), sin embargo es de esas tantas que engancha malsanamente por mor de una reacción sabiamente provocada en los estrógenos (no me preguntéis cómo se consigue eso. Tiene que ser fácil y sospecho que el recién descubierto síndrome de “la señora de los gatos” tiene algo que ver en la ecuación, pero no puedo explicarlo del modo científico-arbitrario que suele ser propio de este blog). Así que más que “Velvet”, el título adecuado sería “Sandpaper”. Y lo digo por las miles de estridencias que se pueden encontrar en la trama, en el desarrollo y en el fondo. Cuidado, no es una crítica gratuita o resentida (vale, a lo mejor un poco, pero en un porcentaje muy ínfimo). También puedo enumerar algunas cosas positivamente destacables, como la calidad del cast, el magnífico trabajo de iluminación, fotografía o vestuario, así como la cuidada producción y ambientación musical. Pero son destellos insuficientes para rescatar las incongruencias que plagan el producto y que hacen surgir preguntas que el mismísimo Freud resolvería de un simple plumazo: histeria femenina causada por falta de sexo. De hecho, a veces me dan ganas de aplicarles a las protagonistas el método Yung y azotarlas con un palo.

Empiezo a centrarme justamente en los personajes femeninos, que son los que me dejan más anonadada y hasta con ganas de proclamar que YO no pertenezco a ese género. Que quiten la “M” de mi DNI si por mujer se entiende el prototipo defendido y promulgado por la serie. De acuerdo, son los años 50, pero, a caso, ¿puede eso justificar la suprema imbecilidad, subnormalismo y deficiencia mental de esas chicas? El trauma del final de la República ya debería de estar digerido. Vamos, que nada de “tiempos revueltos” y todavía nada de “cuéntame” cuentos. Vale que yo soy defensora de las Escarlatas, de las Robin Scherbatsky, de las Estellas, de las Elisabeth Bennet, por lo cual una comparación entre éstas y las protagonistas de “Velvet” resultaría irrisoria, pero si la vara con la que deben de medirse es, por ejemplo, la de Melania (de “Lo que el viento se llevó”), en la confrontación esta última saldría de la contienda como una especie de arpía ninfómana con un QI de 160.

Ana y sus amigas deben tener algún tipo de tara mental.  Son costureras y eso de las taras podría justificadamente ir con ellas. De hecho, al principio, pensé que eso podía ser debido a algún tipo de toxina que impera en el sótano dónde son obligadas a trabajar y vivir como esclavas asiáticas. Eso las disculparía, las convertiría en pobres proletarias víctimas de un sistema injusto. Pero la llegada de Cristina, esa mujer de clase alta que pisa el sótano sólo porque se sospecha que alguien con algo de sentido quiere encerrarla ahí para evitar que se reproduzca, desbanca esa teoría, porque ella también es un claro espécimen de “mujer pájara” (acabo de darme cuenta de que igual estoy en lo cierto, visto que uno de los símbolos de la serie es un avión de papel, una clara referencia a la volatilidad mental de los protagonistas).

Dedicaré otra entrada al análisis de las características de cada personaje (creo que se merecen profundidad y criterio de análisis, y para eso tendré que documentarme sobre psicología y trastornos mentales y sociales).

Este post inicial tiene tan sólo el propósito de introducir el argumento y dejar en el aire unas preguntas a las que quizás vosotros podéis ayudarme a contestar:

– ¿Por qué los dependientes de unas galerías se ven obligados a vivir como topos en un sótano, sometiéndose a toques de queda que parecen reminiscencias de los guetos polacos? Sospecho que incluso pueden tener una escoriación con forma de V (no de Vendetta, de Velvet claramente) en alguna parte del cuerpo y es por eso que no se ve mucha carne en el transcurso de los capítulos.

–  ¿Os parece normal que unas galerías que tienen como estandarte la moda española tengan un nombre en inglés?

–  ¿Por qué las costureras van vestidas como médicos y arregladas como madamas?

 

Ya veis, estas son sólo unas pocas preguntas que dejan claro que en “Velvet” hay algo que estruja como el papel de lija… Pena que no sea la varonil barba de un protagonista con verdaderos atributos.

 

-PatriShaw-

P.D.: Una cosa que merece la pena de la serie es la canción de Birdy que han escogido para promocionarla y para que las incautas nos hiciéramos falsas expectativas.

 

 

 

 

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