La de los ojos tristes

Siempre he sido buena para las fechas, desconozco el motivo, pero es así, las recuerdo sin más. Sin embargo, no sabría decir que día era, sólo sé que hacía sol y no era época de soles, finales de otoño, principios de invierno, creo. Llevaba abrigo, el pelo suelto y una carpeta en mi mano. Caminaba sin rumbo, perdida, por el mercado del pueblo. Un hombre, que vendía calendarios, abordaba a todos los que por su lado pasaban diciendo cosas como “el señor de bigote, espere” o “la mujer que sonríe, escúcheme”. Sin salir de mi ensimismamiento, lo vi y quise evitarlo. Aquel día necesitaba pasar desapercibida. Y, cuando me creía a salvo, me sorprendió el ataque: “un segundo, chica de los ojos tristes”. No me detuve, seguí, sintiéndome descubierta. Aquel intruso se atrevió a decir lo que otros no se habían atrevido a decirme, hurgó sin piedad en la herida con un simple apelativo.

Desde aquel entonces mi vida ha cambiado, quizás yo he cambiado, solo quizás. Ahora uso gafas de sol y las uso en días de sol y en días de huída, en los que lo que menos me importa es la climatología. Días en los que huyo para tomar aliento, pararme, reprenderme (¿qué coño te estás haciendo?) y poder volver. Porque rozando la treintena me sigo sintiendo perdida y se acentúan mis locuras.

Tengo mis refugios, que voy cambiando y alternando. Lugares en los que me siento a gusto para quedarme en cueros ante mí misma. Lugares que son ancla, y es que todos tienen en común el mar porque a veces solo él, embravecido, puede callarme.

Cuando toca regresar, siempre lo hago buscando bullicio, un pequeño paseo y un café suelen ser buena elección. Reintegrarme a la sociedad y a mis vicios confesables. Y vuelvo con mis gafas de sol creyéndome protegida. Sin pensar que puedes cruzarte con un niño en una bici, que se para, espera a su madre y dice: “mamá, ¿por qué lleva gafas si está lloviendo? La madre lo mira y calla. Yo lo miro y le sonrío. Aún está en esa edad en la que la curiosidad lo puede todo. Me hace gracia, mucha gracia. Por un momento me entran ganas de acercarme a él y decirle: “verás, mis gafas son como las de Superman, me las pongo y nadie me reconoce”. Creo que me entendería. La que no lo entiende soy yo, que uso unas gafas absurdas para intentar ocultar que sigo siendo la de los ojos tristes.

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