Viaje al fin de la noche

 

Lloret

 

Tan sólo se vislumbraban barreras. Al subir por la pendiente de grava dominaban los muros y el perfume almizclado de la tierra que dormía acurrucada en el aire salino. Pero la verdad es que yo tenía los ojos cerrados. Avanzaba con una inercia danzante: zapatos en mano y de puntillas, haciendo de vez en cuando un fouetté para poderme girar perdiendo la gracia y ver que seguías ahí, observando divertido mis intenciones bailarinas. Quizás era una especie de juego de niños traviesos aburridos de la bulliciosa seriedad de la noche que escapaban sigilosos hacia el amanecer. Burlábamos ardientemente las desganas, con ese aliento que desvela que previamente fue el bourbon el que prendió la llama.
Fue simplemente desviarse del camino, tomar la mano izquierda de la oscuridad al dibujar malamente un ronde de jambe y ver como la nebulosidad se disipaba entre centenares de pequeñas velas candentes. La bahía parpadeaba a los pies de lo que cualquier Mary habría llamado jardín secreto, y de un modo embotado comprendí por que Serrat se sentía tan orgulloso de haber nacido en el Mediterráneo. Los destellos de electricidad se estrellaban difuminados en ese mar de calma, compitiendo con el velado código morse de las estrellas para dejarme muda de metáforas.

– It’s wonderful.

El mutismo selectivo y los efluvios de la noche me empastaban las palabras obvias contra el paladar, empapándolas todavía más de mis múltiples acentos. Puede que no me entendieras, o que me comprendieras de la forma más total, porque tu respuesta fue:

– You don’t know how much.

Pero lo decías sin mirar el paisaje, sosteniéndome la mirada como se sostiene un arabesque. Un vibrato sostenuto que me hizo ponerme de puntillas y besarte, para poder recuperar los sorbos de la copa que apuraste por mí. Fueron las gotas que acabaron de emborracharnos.Un porté que no me esperaba y que nos hizo acabar en la piscina. No sé si subieron o bajaron los grados, pero tu camisa empezaba a estorbarme. Podríamos haber nadado en la noche, o trasnochado en la nada, sin más flotador que nuestros pulmones inflados, pero se me escapaban suspiros cada vez que intentaba recuperar el aire huidizo que olía a cloro y a ti. Me sorprendía que la piscina se derramara delicada contra en borde en pequeñas olas sin tiempo fijo, meciéndome y empujándome a cada envite, y que esas olas no siguieran el ritmo acelerado de mi pecho, o el de la melodía que tarareaba mi mente (el principio de “Closer”, ese conjunto de notas adictivo y sensual que me hicieras descubrir esa misma tarde y que ahora se fundía en un todo contigo).

Esplendor en la hierba, éramos nosotros que regábamos el césped, quitándole deleite al rocío. Acabamos como dos náufragos, boca arriba en la orilla, descansando empapados después de nuestro viaje al fin de la noche.

 -PatriShaw-

 

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5 comentarios en “Viaje al fin de la noche

    • ¡Y nosotras a ti! Con un placer y un gusto que se salen de lo literario para rondar esa cruda mezcla de placeres y dolores que es la realidad.
      Si se acaba la tinta de unicornio (que está muy cara), siempre nos quedarán las ondas de los sueños.

      Un gran placer David.

  1. Pingback: El ser y la nada | ePIDEmicas

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