EL MONO TRASNOCHADOR

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Reconozco haberle robado un cuaderno de Bob Esponja a alguno de mis sobrinos. Con ninguna finalidad en concreto, salvo la de rescatarlo de un funesto destino dedicado a acoger el resultado al Tute de mis padres, o al ostracismo infantil. Fue un acto altruista, desinteresado, y sobre todo arriesgado, pues al asumir que el mini propietario me pillase puse en peligro mi integridad física.

Lo guardé sigilosamente en el bolsillo del pijama, y me escabullí a mi habitación. Lo que vino después fue una escena de recatada tensión nerviosa. El cuaderno encima del escritorio… yo sentada sobre el borde de la cama. Bob Esponja mirándome, yo esquivando sus enormes ojos inquisidores:

–          Bien, y ahora, Rathen… ¿con qué me vas a rellenar? ¿con la lista de la compra? ¿algún número de teléfono olvidado? ¿un garabato aburrido en la página 4? ¿para tus notas en las guardias? Tendrás una buena excusa para justificar el delito que acabas de cometer.

No. Nunca hago lista de la compra, compro a lo loco; los números de teléfono los anoto en hojas sueltas con la idea de perderlas a corto plazo, y las guardias exigen una libreta formal, de tonos ocres, con ese toque de solemnidad propio del profesional comprometido.

Así que… a raíz de ese tira y afloja intelectual con la esponja histriónica… hice mía la costumbre de anotar en sus entrañas los momentos de máxima felicidad semanal, clasificados por categorías y grados de intensidad:

Querido Bob, después de una larga mañana dejando Curriculums, me despojé de esos terribles zapatitos de charol y me puse las playeras azules, que combinaban muy imperfectamente con el vestido negro de corte imperio. Y en ese momento fui completamente feliz.

Querido Bob, vengo del Gadis y me he comprado un quilo de naranjas. De las buenas, las de zumo, esas que traen en camiones desde Valencia. Al redescubrir el cítrico sabor, toda esa vitamina C inundándome y recorriendo en un hilillo la comisura de mi boca, he sido consciente del manjar que me estaba zampando, y completamente feliz.

Querido Bob, mi amiga Mocuishla tiene una manopla exfoliadora colgada en el baño. Al verla me dio tanta envidia que salí pitando al Arenal para hacerme con otra igual. Así que me acabo de degollar poco a poco en la ducha. En estos momentos de destrucción epidérmica, creo ser completamente feliz.

Querido Bob, al cambiar de dial sintonicé sin querer una emisora nueva, y me sorprendió en medio de la autopista el sonido redentor de una vieja canción de Los Platters. Ni te imaginas el grado de serenidad mental que eso supuso después de los graznidos de Bisbal y sus diez mil no sé qué… Absoluta felicidad.

Querido Bob, me acabo de gastar más de cien euros en cremas anti-arrugas. Estoy al borde de la vejez, el cabello canea, el entrecejo se frunce más de la cuenta, he dejado de vestirme de Bershka… ¡¡¡y entro a curiosear y a probarme ropa en Punto Roma!!!. Por lo tanto y en consecuencia, estimado compañero submarino que vive en una piña… no encuentro, en el transcurso de los últimos días, ni miaja de felicidad que comunicarte. Porque nada me consuela. Ni las naranjas, ni mis nuevos calcetines de colores, ni siquiera los yogures de La Lechera … Yo, pobre crédula soñadora, supuse que el efecto rejuvenecedor de esos potingues sería proporcional a su precio. ¡¡y una mierda!! Estoy igual, ¡¡IGUAL!!! No me parezco en nada a la Judith Mascó de los anuncios de tintes. Ni aunque me vuelva rubia. Podría poner una hoja de reclamación en la farmacia, pero se me antoja inútil. He de resignarme a languidecer, a convertirme en una Duquesa de Alba o en una Ana Obregón adicta al bótox.

Ya he indagado los precios de clínicas especializadas en reajustar la posición de mis pechos contra las leyes de Newton. Es más, a lo mejor hasta me pido por internet un aparejo de esos que te pones en la barriga y te dejan unas abdominales que ni Schwarzenegger.

Para ocupar mi tiempo mientras aguardo el devastador efecto de los años, a partir de este momento dejas de ser mi libreta de la felicidad, y te transformo , con un inusual redoble de creatividad, en mi fuente de “vida moderna, reflexiones de una vieja”.

Voy a rajar hasta la muerte.

Y para ir calentando motores: Lo primero, listos y listillos. Te voy a agasajar con una lección magistral. Para que si algún día te encuentras con Calamardo o con Arenita, no te pillen en un desliz (¡que esos dos se las traen!).

  • LISTO (RAE): Apercibido, preparado, dispuesto para hacer algo, sagaz.
  • LISTILLO (RAE): lo sentimos, este término no está registrado en el Diccionario de la RAE. ¡¡¡¡POR ALGO SERÁ!!!!

En lo que a mí respecta, el listo me da mil vueltas, así que si tengo uno delante (y logro enterarme), cierro el pico. Pero los listillos… esos… esos… me tocan mucho la moral. Me la tocan tanto que estoy dedicando un precioso tiempo a escribir sobre ellos.

Porque el listo no se nota, va por la vida callado, camuflado con intención, reflexionando y analizándolo todo para llegar a unas conclusiones que te dejan fría, y le permiten destacar sea lo que sea que se trae entre manos… pero… ¿los listillos? Esos Nerds insoportables han visto todas las pelis en blanco y negro desde 1915 hasta 1990 (momento cronológico en el que se extingue la cultura mundial), opinan que “Ocho apellidos vascos” es para retrasados y procuran buscar palabrejos raros en Google para soltarlos en medio de cualquier conversación banal, como un bofetón inesperado. Dicen haber recorrido medio mundo (el otro medio les aburre) y dejan constancia de ello en Facebook, Twitter e Instagram: “Maldiveando”,Días en Bogotá”, “Vacaciones en Oceanía” o “Foto de mi mano tocando una flor de los jardines de Alejandría, con filtro X-PRO II de Instagram, hashtag #flower #me #travel”.

El listillo es ese elemento repelente que se aprende cuatro fechas de etapas históricas claves para hacer ver su calado cultural, su profunda formación académica. Que cuando hablas del libro que estás leyendo, opina que se trata de “literatura blanda o lectura facilona”. Él ha devorado el Ulises de James Joyce (amenísimo, que cuando se empieza es un no poder parar de leer). Y, para joder más, le ha dado tiempo a escribir un ensayo sobre el hecho intrínseco del elemento sociológico implícito en si mismo de la obra del autor en cuestión.

El listillo va por la vida caminando con los pies de otro, a cada paso mira al frente (por encima de la línea del horizonte) y pega una patadita como si estuviese de vuelta de todo, como si su cerebro se enojase de tener que cargar con unas piernas tan vulgares… haciendo versos mentalmente con la mirada perdida, denotando que tu charlatanería de analfabeta le aburre soberanamente. Porque él, superdotado social, necesita un estímulo informativo mucho más potente para satisfacer sus inquietudes artísticas.

El listillo se ha escuchado todas las operetas de Offenbach, ha visto todas las pelis de Billy Wilder (y cree fehacientemente que no son para tanto), el Quijote lo tiene subrayado y, cuando va al gimnasio, hace 50 flexiones más que el resto de pobres mortales, piltrafillas de mierda.

Pero cuando pones a un listillo en frente de un listo… ni te imaginas la que se puede montar. Porque esgrime todas sus armas para hacerse valer, pero suda la gota gorda, y se va ruborizando a medida que lo vacilan y despojan de todas las capas que con tanto esfuerzo construyó para maquearse del Platón moderno. Y hasta su cerebro se arquea en un ademán cabizbajo, y mueve rápido los pies en un tic nervioso. En ese momento de humillación, el listillo recupera sus piernas y pierde la cabeza. Se queda tal cual es: otro mono desnudo de Desmond Morris, como la mayoría de pobres co-ciudadanos que nos contentamos con permanecer en la fila de los mediocres, irnos de vacaciones de vez en cuando y mantener la dignidad a pesar de Hacienda, Wert y la Merkel.

Otro mono trasnochador. Como yo. Como la mayoría.

Así que, mi querido Bob, tienes suerte de ser una esponja, y más suerte aún de vivir en el fondo del mar. Porque aquí arriba las cosas no molan, camarada.

Hasta otra.

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2 comentarios en “EL MONO TRASNOCHADOR

    • Muchísimas gracias por la nominación, Arden.
      Que alguien reconozca el valor de las palabras que escribimos es algo que siempre nos llena de felicidad.

      Ya nos habían nominado antes a este premio, y el hecho de ser reincidentes nos hace tener ánimos para seguir compartiendo nuestros pensamientos.

      Gracias de nuevo.
      Un abrazo bien grande.

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