EL VERANO DEL 88

foso

La infancia del siglo XXI está perdida, petrificada, irremediablemente aferrada a un teléfono móvil de esos que se dicen inteligentes.

Estos niños monísimos que toman Actimel L Casei Inmunitas, van vestidos como adultos y antes de aprender a leer ya se saben lo que es un banner, un bit o un ROM… Estos pobres infantes postmodernos ¡¡ NO SABEN JUGAR A LAS CASITAS!!. Tienen justificación. Y es que no solo han de gestionar tantas pertenencias sin que les embargue hacienda (la Clínica de Nancy Veterinaria, la Barbie Dream House Party, el Coche de Bomberos de Pini Pon, la Mansión Fashion-Terror de las Bratz o los Guerreros Max Steel…), sino que deben enfrentarse al estrés de tener incompleta la cartilla de vacunación de Nenuco tu Bebé que hace pipí, y además sacar tiempo de dónde sea para llevar a psicoterapia a Pou y a los Angry Birds, que están de baja por estrés laboral…

Es que vamos a ver. Yo los entiendo. No es vida. ¡¡No es vida!! Y por encima, superar con gloria los exámenes de las clases de inglés, de danza , de canto, de técnicas de estudio y de preparación para el postdoctorado.

Me dan tanta pena que a veces hago un esfuerzo e intento introducirlos en la responsabilidad del juego:

– Mira, amigo menor de edad, colega con dientes de leche. Atiende, aprende de una maestra. Esto no es tierra, es chocolate, y los palillos son cubertería de plata. Si quieres, puedes comer, que de eso no te mueres (ya lo decía la hipótesis de la higiene de Strachan). Ah, y que no te embauque la apariencia de la caja de cartón que te traje, tiene 120 caballos y turbo inyección.

Pero les cuesta, no les va el procesador. Dándoles todo hecho les arrebatamos ese cosquilleo febril que surge de la creatividad.

En mis tiempos era diferente, nos lo montábamos a lo grande. La juventud de hora no sabe divertirse, ¡¡hombre ya!!. Nosotros construíamos auténticos palacios. Éramos más modernos que nadie y formábamos familias uniparentales (con Manolito yo no juego, mejor divorciada que casada con éste, que come pegamento), y antes que Zapatero ya habíamos promulgado una ley que legitimaba las uniones homosexuales. Por no hablar de los avances tecnológicos, nunca faltaba ese sistema de teletransportación que te llevaba de vacaciones a Canarias y de vuelta en medio segundo, o de las delicias culinarias que desestructurábamos con espuma de afeitar LEA.

Entre otros documentos, aún conservo copias de los informes que al final de cada verano enviábamos al Ministerio de Innovación y Cultura, reseñando los hitos claves del período (técnicas de reciclaje puntero, ahorro energético y cómo lavar sin agua, por ejemplo), y los planos originales de nuestras mayores creaciones de ingeniería Naval y Aeronáutica (básicamente empleando tablones, botellas de plástico, papel y gomas de sostenes, mejor cuanta más talla de copa).

En fin. Que éramos la hostia.

Aunque a veces también metíamos la pata. Porque todos somos humanos, y como humanos erramos. Recuerdo con especial aprehensión un episodio que ocurrió allá por el mes de Julio de 1988.

Nos encontrábamos tranquilamente levantando un rascacielos en el jardín del vecino. Yo había discutido con Rai porque siempre tenía que distribuirnos en la maquinaria pesada según se le antojaba, y a mí nunca me dejaba la hormigonera, siempre me ponía con la apisonadora, que es algo que nunca me gustó. Apisonar, digo.

Para evadirme de la tediosa actividad, se me ocurrió una alternativa mucho más divertida. Si yo no tenía la hormigonera, no la tendría nadie.

– ¿Jugamos a las casitas?

Cosa loca, esa fijación con adquirir viviendas, creo que ya me olía lo del boom inmobiliario que vendría años después. No tuve que insistir demasiado, porque hacía mucho calor, y construir rascacielos bajo el inclemente sol de julio era arriesgarnos, como mínimo, a un rapapolvo materno, y como máximo, a una desagradable viriasis intestinal.

Total. Que nos pusimos manos a la obra en el gallinero de los padres de Vero. Con esa diligencia que nos caracterizaba en media hora habíamos montado la cocina, el baño grande, el baño pequeño, el salón, la sala, la galería, el desván, la biblioteca y la piscina cubierta. Y sin ir a IKEA (no teníamos carnet de conducir), que ya tiene mérito. Pero algo fallaba.

– Aquí lo que no hay es luz, y sin luz no podemos jugar, me contó la Profe de primero A que hace falta para tener vitamina D – dije, haciendo uso de mi brillante raciocinio.

Y hete aquí el momento clave en el que tendría una bombilla encima de la cabeza.

– Sé donde guarda mi madre los mecheros, con una banqueta sobre la mesa y un libro encima de la banqueta, lo pillo, aunque casi mejor que se suba Pablo que es más alto. Y por velas no ha de ser, las hay en el cementerio a montones, cogemos unas cuantas y pista.

Nico hizo de electricista, bajo mi atenta supervisión. Dispusimos lámparas por las diferentes estancias como si no hubiera mañana, como si el Sol fuese una Supernova a las puertas de convertirse en agujero negro…

Lo siento mucho. De verdad. Lo siento mucho. Perdóname, papá…

No sé exactamente cómo ocurrió, cómo se propagó tan rápido aquel fuego endiablado. Sólo recuerdo gallinas saliendo despavoridas hacia todas partes con una cara de susto que, como mínimo es mortal per se. Y a todos los vecinos venga calderos de agua, y griterío e improperios que mejor ni miento.

Que, a ver, el espectáculo bonito era. Nunca habíamos visto una fogata tan alta, flipamos con la obra de arte que montamos, y sin pincel ni pinturas ni nada.

Pero esos adultos aguafiestas, no apreciaron la exquisita libertad de expresión que manifestamos a través del fuego, toda la creatividad que emanaba de las llamas multitono. Nos tacharon de pirómanos, no entendieron nuestras aspiraciones artísticas… o eso deduje de su reacción, así como de la carencia de Nocilla de chocolate y del abusivo uso de acelgas y repollo para alimentarnos en días sucesivos.

Me vienen ahora a la mente más hazañas: recuerdo excavar durante 3 meses por debajo del muro del colegio hasta construir un túnel (mal rayo parta al conserje, que cuando se enteró la jefa de estudios por dónde nos escapábamos cada recreo, trajo un pedrolo inmenso y mandó al garete la babilónica obra). Recuerdo la demolición de un muro de cantería aquel día que se me dio por pensar que conducir un tractor no podía ser tan complicado, o aquella otra ocasión en que intenté asesinar a mi sobrino de una broncoaspiración de cola cao. Homicidio con premeditación, que se llama.

Pero estos son temas para otras entradas, y no os quiero aburrir. A lo sumo, hacer un llamamiento en cuanto a la entelequia que supone la realidad virtual, y establecer esta reflexión a modo de sofismo. No por nada, sino porque me estoy convirtiendo en una listilla y estas dos palabras tan chulis (sofismo y entelequia) las tenía que meter en la entrada costase lo que costase, que me estuve informando en la Wikipedia. Y punto.

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