Un mapa en el vaho

beautiful-cute-mist-window-words-Favim.com-436399

Los dedos pasean como las ideas: acarician cantos de copas, se enroscas en selvas de cabellos, sumergiéndose en botes de miel se empapan en densidades que después quieren probar lo labios y rozar las lenguas. Pero lo que siempre me fascina es su capacidad de conectarse con nuestras sensibilidades más ocultas y dispersas, traduciéndolas en lo simple y esencial de un dibujo mojado, nítido e impreciso, que se escurre de cualquier cristal.

Desde niños dejamos grabados nuestros pensamientos en las ventanillas del metro, en los cristales de nuestra habitación, en las paradas de buses, en mamparas anónimas o en cualquier superficie que recoge deseos y cansancios de vaho y nos invita a mezclar nuestras ideas líquidas y peregrinas en ese sucedáneo nebuloso de nuestros sentimientos. Lo hacíamos casi sin pensar. Éramos espontaneidad traducida en movimientos patosos y bellos, simples. Por aburrimiento, por despecho, por broma, por alegría; pintábamos jeroglíficos escurridizos con la misma atención con la que Van Gogh dejaba que los colores hicieran el amor. Ni recuerdo las veces que perdí el aliento para crear mi lienzo, en esos días fríos que se calentaban con tazas de chocolate y pasaban volando, durando lo que duraba el viaje de la vista desde la ventana dividida en cuadros de madera hasta el horizonte. Ida y vuelta. El patinar de dedos dejaba surcos llorones: a veces estrellas, otras nombres, otras corazones. E inevitables borrones, frutos del volver a pensar nítidamente, disolviendo la niebla y el vaho a manotazos, con la palma de la mano apresurada como en una bofetada que cancelaba ese nombre, sacudía ese ensueño, o ese recuerdo y hacía desaparecer nuestra estupidez.

Crecemos, y nuestros dedos siguen jugando, aprendiendo, chocando. Y también siguen deslizándose perezosos y libres por los cristales empañados de ventanas ajenas, las ventanillas de los vehículos, los espejos del baño y del alma. Igual de una forma distinta, pero siempre reflejando en superficies reflejantes nuestros deseos menos superficiales. Ahora perdemos la respiración amándonos en los coches, y los manotazos en las ventanillas no son tachones, sino pruebas efímeras de nuestros placeres fugaces. Nuestros dedos revuelcan contra el cristal sin querer, para crear retratos de nuestras pasiones, esta vez abstractos como los trazos de Basquiat, temblorosos como las últimas pinceladas de Dalí. Allí dejamos nuestras huellas derritiéndose sobre suspiros cristalizados. Algunas veces, al ver la mañana y volver la luz a nuestras cabezas, apoyamos la frente contra ese cristal y nuestros dedos, ahora cansados y pulidos por pieles ajenas, sí viajan como palomas mensajeras presas de nuestros pensamientos más secretos y libres. Y empiezan a dibujar de nuevo: puede que una cara sonriente, o dos nombres enlazados; los más atrevidos un corazón, los más tristes, un arañazo.

En esas mañanas después de las noches blancas, que amanecen entre las brumas del tiempo y de la cabeza como las obras de Turner, volvemos a ser un poco niños, un poco más sinceros con nosotros mismos. Nos atrevemos a volver atrás y, quizás, a mirar adelante. Lanzamos un beso en la niebla, trazamos una intención en la ventana, una esperanza en el espejo, un mapa en el vaho.

-PatriShaw-

large

Anuncios

2 comentarios en “Un mapa en el vaho

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s