23 DE ABRIL. DÍA DEL LIBRO

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Si es que hoy en día hay días para todo: el día de la felicidad, el día del orgasmo femenino, el día que te planchas el pelo y llueve… En serio, si todavía queda algún día desparejado en el calendario, huérfano de conmemoración, rogaría al señor que se encarga de estos trámites que tuviera en cuenta mi propuesta…

Pero el día del libro es especial, porque los libros no son cualquier cosa, porque regalar libros no es cualquier cosa. Podría ponerme pesada y recordaros que un libro es un amigo, que en él conoces a gente que no existe y sin embargo te ayuda, que con él conoces mejor a los demás y te conoces mejor a ti mismo, que te desestresa, que te aleja del aburrimiento, que te hace olvidar los problemas, que te acerca a nuevas realidades e incluso a irrealidades desconocidas, que estimula la imaginación, la creatividad, la inteligencia, la empatía, que te ayuda a expresarte e incluso a saber cuándo callar, que te lleva gratis a sitios en los que nunca has estado…En fin , que podría ponerme graciosa y decir que los libros ,al igual que el Red Bull ( y algunas compresas), te dan alas, a diferencia de que con éstas sí puedes volar de verdad.

Podría deciros todo esto y escribir una entrada rematadamente anodina y aburrida, ¡¡pero yo no soy aburrida!!, (o al menos trato desesperadamente de no serlo) así que me conformaré con contaros una pequeña historia:

Ésta es la historia de un 23 de abril de hace ya unos años, pero la recuerdo como si fuera ayer. Era un miércoles por la tarde y estaba paseando con una Epidémica por la zona vieja cuando, de repente, vemos como en un sueño que todo está lleno de libros, que el suelo, como por arte de magia, está lleno de libros. LIBROS GRATIS. Libros de verdad: De historia y de historias, de ciencia y de poesía, de autores conocidos y autores que sólo conocíamos nosotras, de manuales de informática y cuentos infantiles…Fue tal el subidón que nos pasamos allí media tarde meditando que libros debíamos coger y que libros debíamos dejar para los demás, sopesando mentalmente cuanto peso seríamos capaces de acarrear con nuestros enclenques bracitos de estudiante. Después de un arduo proceso decisivo (y de algunas llamadas por mi parte) salimos de allí cargadas de libros hasta las orejas. Calculamos tan mal el peso que tuvimos que parar a descansar en el primer bar que encontramos abierto. Y estábamos tan emocionadas y éramos tan jóvenes que nos metimos en la locura recíproca de dedicarnos sendos libros y hacer la promesa firme de crear tradición y regalarnos cada 23 de abril un precioso ejemplar dedicadito. Pero, ¿sabéis qué? ¡Yo no he cumplido jamás esa promesa! Sin embargo, cada 23 de abril puntualmente llega a mis manos siempre un libro y una sonrisa, un libro garabateado en la primera página y acompañado de una sonrisa limpia de rencor, una sonrisa que no te permite, ni siquiera, sentirte culpable por la promesa incumplida. Es difícil de explicar, pero supongo que las personas a las que les gusta regalar libros, las personas a las que de verdad les gustan los libros (como a mis amigas epidémicas), son simplemente así.

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