Libremente

libro rosa

 

Siempre amé los libros. Desde pequeña. Desde antes de aprender a leer ya los consideraba unos objetos de culto, algo que mimar y tener cerca, manosear, acariciar con el amor de una madre, abrir, destripar con la frialdad de un cirujano. Me atraían sus portadas lisas y sus páginas rugosas u opacas, siempre repletas de algo que ya intuía como mundos paralelos, íntimamente conectados con los deseos. Ficciones. En esa palabra (muy de Borges) puedo resumir todo lo que con el paso de los años fui aprendiendo de esos amigos  taciturnos que te llevan en volandas de la mano y te apoyan, te suben y te bajan, te zarandean, te marean y transportan, como vehículos incontrolados de los que te vuelves conductor ocasional, haciendo que conozcas miles de cosas, centenares de lugares distintos para llegar a conocerte un poco más a ti mismo. Pero no se trata tan sólo de “amar la trama”, es cuestión de perderse en el entramado de palabras y sensaciones que algunos saben tejer como arañas diligentes, peligrosas y calculadoras. Cada punto, cada coma, cada gramo de papel tiene una voz propia, que en algún momento sobresale del coro para recordarte que, al fin y al cabo, con el permiso del autor, la voz cantante la llevas tú. No por nada escogemos lo que nos hace vibrar, leemos lo que nos gustaría escribir y reescribimos en nuestras mentes esas historias una vez y otra vez más. Somos los personajes no participantes que se ven parcialmente reflejados en los héroes y en los villanos, en los secundarios de lujo o en el atrezzo de alguna cita aislada que queda rebotándonos en el pecho como los bajos de una canción escuchada en un coche parado después de una carrera loca hacia un destino cualquiera. Sea un tópico o no, en parte somos lo que leemos, porque leemos lo que somos en las líneas que trazan los personajes en su ser y en su deambular por las páginas.

En este día dedicado al libro, yo puedo decir que hoy, e igual sólo hoy, cambio la rosa que me correspondería por meterme por unos minutos en las solapas y las pieles que han hecho que la mía se erice o se vuelva suave como los pétalos de esa belleza con espinas. Hoy soy la independiente Joe March: soñadora, amiga y hermana, sacrificada y descarada, nada convencional y poco al uso. Soy la sensual e insoportable Escarlata O’Hara: temeraria, frívola, pasional, terca hasta decir basta, egoísta, bondadosa en lo oculto, sirena misteriosa que caza tesoros y fortunas, valiente, necesitada de violencia para poder apreciar los placeres de la vida. Soy la hierba de las Cumbres Borrascosas: salvaje e inhóspita, incomprendida, libre pero atada a los caprichos del tiempo, solitaria; melancólica naturaleza azotada por los días. Soy el estúpido y tierno Pichiruchi que siempre espera el regreso de su niña mala y traviesa, encerrado en su desván y abierto a mundos de dolor, al rechazo, a la esperanza. Soy Emma, y busco para los demás lo que quiero encontrar para mí, analítica y fría, inocente y falta de experiencia, racional y descocada. Soy esa Buttercup que no es princesa ni prometida, altiva y lasciva, sumisa y esquiva, en busca de un pirata de nombre equivocado que haga lo que deseo.

Quizás soy una mezcla de todos ellos. Por eso vivo en el país de los ciegos, en una habitación con vistas, entre amistades peligrosas de gitanos y chocolate. Un lugar dónde te sientes extranjero y los médicos sí son vagos y llegan con su carruaje, el cartero siempre llama dos veces y las casas están llenas de espíritus y vigiladas entre el centeno por guardianes que separan las historias de dos ciudades de las granjas de animales que demoran allá en la montaña mágica, sobre las cumbres borrascosas en las que crecen, en el nombre de la rosa, las flores del mal. Donde no existen repúblicas de latón ni de platón y no hay principitos ni regentas, sólo ratas y hombres. Aquí nos calentamos con hogueras de vanidades de 451 grados, prendidas con orgullo y prejuicio. Nuestros juegos son los del hambre o de rayuela y tan sólo a los elefantes les queda agua, y para olvidarlo todos tomamos soma preguntándonos si “ser o no ser”, si hay castigo para el crimen y si queremos quedarnos o cruzar océanos de tiempo y muros para morir en el desierto de los tártaros revolcándonos en sueños rotos y polvo de estrellas que seguramente el viento ya se llevó. En este lugar experimentamos odiseas teñidas de grandes esperanzas, escritas con letras escarlatas en el camino cruzado por gatos pardos y costeado por los árboles de la ciencia que alguien tala para que se caigan el nido del cuco y la colmena. Aquí, en el corazón de las tinieblas, se prenden luces de bohemia, y en esa oscuridad hay señores dispuestos a  vender anillos o moscas a Romeos y Julietas en su edad de la inocencia, utilizando 1984 maneras distintas de persuasión. Moramos allá donde nos despertamos después del viaje al fin de la noche y por la mañana desayunamos a sangre fría en Tiffany con una sonrisa etrusca que te hace sentir la insoportable levedad del ser, pensando que al contrario que en París, aquí no hubo ninguna fiesta. Así le damos los bueno días a la tristeza, comiendo las uvas de la ira y buscando el tiempo perdido como si la vida fuera una divina comedia de guerra y paz en la que pasar las horas.

Quizás todo lo que digo suene a crónicas marcianas o quizás hoy, tan simplemente, la vida es sueño y la mecen los libros, libre-mente.

-PatriShaw-

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