Tomar la carretera

 

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No me gusta demasiado conducir, pero aprecio enormemente todo lo que se puede hacer con o en un coche. Es un medio para alcanzar metas físicas, en todos los sentidos, y mentales. Es una explosión de combustión que lleva hacia la libertad. O así me gusta verlo, más allá de tapicerías, carrocerías, caballos y mecánicas de las que no entiendo absolutamente nada más que lo que pude aprender en películas de dudosa calidad narrativa.

Ponerse al volante o ser copiloto en un viaje es algo mágico y especial. Requiere de un ritual implícito que te sitúa frente a un cristal que será a la vez tu lente de enfoque y tu pecera: lo que vivas dentro te hará percibir de una forma distinta lo que vayas viendo a través de las ventanillas, justo cómo ocurre en la vida misma filtrada a través de nuestros ojos y pasada por el colador de nuestros estados de ánimo. Lunas que reflejan lunas y, quizás, encierren lunáticos.
Deberíamos centrarnos en el camino, y no en el destino, pero somos fatalistas por naturaleza y muy raramente lo hacemos. Queremos llegar, y con ese afán nos olvidamos de disfrutar de los puntos de pasaje. Queremos ser rectos y no arquearnos hacia ningún lado. Queremos ser prudentes y no usar la marcha atrás. Es un poco como hacer el amor: hay tanto placer en disfrutar cada curva, cada encrucijada, cada paisaje de piel, cada bosque, cada montaña y llanura como en el llegar a la cumbre, al climax, a la meta.
La receta para alcanzar un estado “Kerouakiano” es terriblemente simple: escapar una tarde hacia cualquier lugar; ser un amante pasional y tomar la carretera. Que no te importe hacia dónde vas; pon el intermitente y párate una y otra vez (una y otra vez, una y otra vez, y una vez) en esos rincones que te llamen la atención, o sigue simplemente dentro, conduciendo, tántricamente. Pon una banda sonora adecuada, de esas que no sólo te acompañan, sino que se transforman en las notas de color, sabor, olor que metamorfosean kafkianamente tu peregrinación mental regalándote escalofríos y dolores de garganta por cantar a pleno pulmón. Haz que te acompañen esas personas a las que no les pesa el silencio, ni las conversaciones absurdas, ni la música a todo volumen, ni que desafines, ni que no repares en pararte. O si no, arranca tú solo, con tus pensamientos hablando y el móvil en silencio. Sin propósitos, como si quisieras vivir un despropósito.

Tienes un fin de semana delante para poder hacerlo. La lluvia no es impedimento, todo lo contrario, puede ser una valiosa aliada para que los paisajes resulten húmedos, más atractivos y solitarios, más listos para que los penetres. No todo es un volante entre las manos y unas Ray Ban apoyadas en la nariz. A veces hay que mojarse. Sienta de lujo, de lujuria.

-PatriShaw-

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3 comentarios en “Tomar la carretera

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