Las afinidades electivas

 

eclipse

 

Existen personas decididas, seres extraños que siempre tienen claro lo que quieren, cómo lo quieren y cuándo lo quieren. Son aquellos que en un bar no tardan más de cuatro segundos en declarar lo que desean tomar, sin necesidad de mirar a la cara al camarero en busca de ayuda estratégica o de una iluminación repentina que haga de la elección inesperada una experiencia stendhaliana. Los admiro y los odio con toda mi alma. Yo no soy así. Nunca fui así e igual nunca lo seré. En el juego de los claroscuros, del blanco o del negro, siempre me quedo en la penumbra, en lo gris, o mejor, con la cabeza a la sombra y los pies al sol. Rehúyo de las dualidades casi tanto como las persigo, porque yo soy de esas personas que tiene claro lo que quiere y lo que le gusta; lo que me falla es el saber el cómo y el cuándo.

Supongo que eso es causa y consecuencia de una mente soñadora y viajera que vive limitada por los anclajes de unos pies bastante bien plantados en el suelo. En el mundo natural, acabaría siendo un eclipse, por eso de no querer renunciar ni al día ni a la noche. Y ya sabían los antiguos egipcios que los eclipses siempre traen aparejadas desgracias. Es el precio que se tiene que pagar por querer mezclar las cosas. Si en una noche te tomas Bourbon, Martini, Vodka, zumo de piña y Malibú, la mañana siguiente creo que no tienes derecho a quejarte por la resaca, así como no es culpa del pintor si decides decorar tu salón con una mezcla de tus colores favoritos, si estos son el azul y el fucsia.

Como actriz sería pésima, porque me negaría a chaparme un guión y me cansaría de la improvisación. Acabaría siendo una Kristen Steward, con una expresión rondando permanentemente la sorpresa mezclada con un gran pesar cósmico. Pero la vida es real como sólo ella misma sabe serlo, y en este contexto de existencia kantiana que Shakespeare definía “un escenario repleto de locos” me gusta actuar sin ser del todo el Doctor Jeckyll o Mister Hyde. Y mezclo, cómo un pintor intenta mezclar colores, superponiéndolos unos a otros en trazos planificadamente casuales.

Así, entre la noche y el día me quedo con el atardecer, suspendida en ese momento en el que se mezclan los violetas y los naranjas, los azules-oscuros-casi-negros con los amarillos, cuando el sol desaparece y las farolas y las estrellas lo saludan parpadeando y la luna palidece ante esa belleza. Entre la playa y la montaña me quedo con los acantilados que llegan frondosos al mar en un despeñadero de verdura que precipita en la arena, bosques que sacian engañosamente su sed en aguas saladas que, a su vez, no quieren más que esconderse entre los pinos, como la chica a la que cantó Kurt Cobain en su última actuación. Entre la buena gente y los cabrones, me quedo con los pobres diablos que huyen de la santificación y del ostracismo; esos que tienen crisis de identidad diarias y secretas por no querer tomar las pastillas que conviertan sus lineamentos en caras angelicales ricas en zinc y cinismo, y prefieren consumir Martinis secos en la barra de los bares antes que consumirse a sí mismos, a secas.

A fin de cuentas, no se trata más que de preferencias mezcladas, fruto de certezas e indecisiones que juegan al escondite las unas con las otras, menos profundas que el “ser o no ser”, gélidas como los helados de mango o melocotón, sabores que las papilas no distinguen, pero el cerebro sí. Simples afinidades electivas, frutos que el corazón sí reconoce, aunque sean estacionales y fugaces como los amores de verano.

-PatriShaw-

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s