YO TAMBIÉN SOY CHONI

 

Plástico. Plastilina. Plastificado. Maniquíes. Prototipo. Clones. Slim Fit. Gym. Camouflage. Vacío. Frivolidad.

Se lee poco. Se estudia menos.

Para que después no se me acuse de postureo ante los jueces del buen gusto, quede claro desde ya que también yo soy, y voy, de plástico. Por ese justo motivo he seleccionado la foto de la entrada, porque me gusta como salgo. Y sí, me la quité yo misma, en el espejo del baño, que tiene más cojones. Pero no considero que ello me despoje del derecho a hablar y a opinar. A ver si ahora va a resultar que el tonto, por ser tonto, tiene que morderse la lengua y no hacer ni el más mínimo comentario al respecto de otros tontos, sean más o menos idiotas, del mismo o de otro tipo de estupidez.

Pues bien. La cosa va de estilos. Una sale a la calle hoy día y acaba inmersa en una fiesta de disfraces. La algarabía de colores es tal que no resulta sencillo determinar el momento histórico, porque la chica de la cola en el súper lleva un look ochentero que ni Mecano, y la que cruza la calle podría ser coprotagonista en una peli de Robert Mitchum…. Sólo los móviles de última generación sobresaliendo de bolsillos y carteras nos sacan de la duda y nos posicionan, irremediablemente, en el siglo XXI.

Lo curioso es que, al final, a pesar de la inmensa oferta de Inditex y de los Chinos, la elegancia brilla por su ausencia: el que destaca lo hace por hortera o por choni. Es una pena.

Yo desciendo de una casta de costureras. Mi abuela era una mujer glamourosa pegada a una Singer. De niña recuerdo guardar retales en una bolsa de plástico, para intentar diseñar los mismos vestidos de corte fino con mis muñecas que los que ella cosía para sus clientas.

Venían las vecinas a colocarse encima de una banqueta de madera, y con una cinta colorada les medían el talle, los hombros, el cuello… la ropa se hacía para vestir a la gente, no al revés. No había maniquíes, había personas.

Con el pedaleo de la máquina de coser abrían los ojos al mundo el vestido de María, la camisa de Antonia o la falda plisada de Sofía. Y las mujeres salían de la casa de mi abuela con sus trajes a medida, dispuestas para la fiesta grande del pueblo. Vestidas, no travestidas.

Más tarde la gente empezó a llegar de su forzosa emigración en Alemania, Holanda o Suiza. Personas que traían consigo maletas repletas de prendas de fábrica, vistosas y diferentes, que guardaban en enormes casas de ladrillo. Nada que ver con la remesa previa que había tenido que buscarse la vida en cualquier país americano, regresando cada agosto con ese look indiano tan chic. Poco a poco todo fue cambiando. Ya nadie escogía sus medias de seda en la tienda de Hermosinda ni sus sostenes de algodón en Casa Lois. La culpa la tuvo Amancio Ortega.

El culmen de la pantomima se llama selfie. Internet proporciona al ser humano una completa y potentísima herramienta para intensificar lo que, desde siempre, nos define: nosotros mismos y nuestro asqueroso egocentrismo. Todos somos yo, yo, yo…. Si una lo piensa bien es tan rídiculo que hace gracia.

Hoy voy a pasear al río, no me vale el chándal de toda la vida, necesito unos vaqueros medio rotos (estratégicamente rotos) y una camisa a lo hippie para salir en las fotos mazo de campestre”. Imposible vivir sin convertirnos en escaparates y fantoches exhibicionistas (y OJITO, que no digo que yo no lo sea, no me vengan después vuesas mercedes a tocar las pelotas con lo del postureo).

El no va más ¿Qué me dicen de los morritos? Dan ganas de empezar a repartir mamporrazos a diestro y siniestro, a ver si nos centramos. Otro tanto de lo mismo con la ida de olla esa de las frases motivadoras sobre una foto más motivadora aún, que inundan las redes sociales. Muy al estilo Paulo Coelho (que debería estar encerrado en la misma celda que Antonio Orozco, a pan y agua). Hace unos años, al menos, las escribías en la carpeta de 2º de B.U.P… de modo que nadie pudiera hacer uso de ellas para chantajearte en el futuro…  Formas diversas de expresar la misma frivolidad. Y ya si la dueña de los morritos y espíritu elevado que sube esos brillantísimos textos al Facebook, va embutida en una falda de cuero dos tallas por debajo de la suya, y se mantiene milagrosamente erguida sobre unos tacones imposibles, el descojone, vamos. Humor del bueno.

Otro inciso, puesto que también por ese lado se me criticará: hago más referencia a las mujeres por motivos obvios, ya otro día me pongo con los chavales, que también se las traen últimamente. Algo habrá que decir de la mierda esa del Runtastic.

No hay remedio. No hay futuro. It girls bullendo de escaparate en escaparate. Caminamos con prisas. Estilo denim, juvenil y sofisticado. Casual, lady, vintage o grunge. Todas somos trenddys. Todas somos metódicas: entramos en una media de diez tiendas de moda por hora, siempre en el mismo orden. Todas somos heroínas con súper poderes: entramos en una media de diez tiendas de moda por hora, y nos dá tiempo a probarnos cuarenta pantalones y a hacer cola para salir cargadas con otras tantas bolsas. Todas somos jóvenes: entramos en una media de diez tiendas de moda por hora, nos dá tiempo a probarnos cuarenta pantalones y hacer cola para salir cargadas con otras tantas bolsas repletas de prendas que, tengamos  doce o sesenta años, serían más adecuadas para  alguien de dieciocho.

Todas somos gilipollas.

Una sociedad inmediata y apresurada que obliga a seguir las reglas impuestas por eso que llaman “consumismo” y “tendencia”… aunque para ello deba destruír las normas básicas de la sencillez.

Si no se aspira a ser Grace Kelly o Sharon Tate, el problema no trasciende más allá de irse a trabajar con unos pantalones “del montón” y pasar desapercibida. Vamos, que no eres el tope de glamour, pero al menos nadie te puede llamar hortera. Otra cosa es intentar convertirse en un icono de estilo. Primero, serás un icono local. Y lo “local”, más que nos pese, se queda en casa y no tiene clase. Segundo, es muy complicado combinar la inmensa variedad que ofrece el mercado sin equivocarnos y sin sufrir (físicamente, quiero decir). Y, queridas compañeras, la elegancia exige comodidad o, en su defecto, duro entrenamiento. Es matemáticamente imposible resultar grácil sobre unos tacones de veinte centímetros (con plataforma adicional), porque básicamente no se avanza, SE SOBREVIVE EN LAS ALTURAS, ANADEANDO PATÉTICAMENTE, DANDO TRASPIÉS. Otro tanto de lo mismo con las prendas ajustadas. Amigas mías, cariños y cuquis, es necesario respirar, ténganlo en cuenta para vestirse favorecedoramente.

Para ir terminando, por si alguien ha tenido las narices de leer hasta este punto (que una no es Paulo Coelho), un breve inciso. El otro día conversábamos unas amigas y yo sobre la madurez. Desde mi intrascendente perspectiva, se trata de un concepto erróneo. Porque madurar maduran las peras y las uvas. La gente crece y envejece. Según su coeficiente intelectual es, o no, “maduro”. Punto.Lo mismo ocurre con la elegancia. Ya me diréis vuestro parecer, pero seguro que va mejor vestida la  lista fea que la 90-60-90 tonta del culo.

En fin. Que para todo hay que tener cabeza en esta vida. Y ya está.

 

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