NOCTÁMBULO

 

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Sueños extraños, desvaríos que ni Freud sabría interpretar porque lo más probable es que no signifiquen nada. La alarma del móvil pospuesta de cinco en cinco minutos, con una melodía electrónica e impersonal que se acompasa al despertador del chico del segundo A. Un chico ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, que toca la guitarra y pasea a una perrita blanca todos los días a las diez. Malas horas para despertarse, también él estará intentando levantar los párpados, quizás aún con menos éxito que yo.

Prisas, voces de pájaros que no pían. La cantinela hipnótica del microondas alertándote: el café hirviendo volverá a quemarte. Café de marca blanca, café mezcla molido. Café alicaído y  apresurado con sabor a desidia, que alimenta legañas cotidianas, mientras un gato sin raza observa estupefacto, no termina de entender qué coño tienes en la cabeza.

Sigue oscuro, no se ha apagado todavía el alumbrado público. Un portazo. La calle. Fría, húmeda, intemperie de primavera. Creo que se llama orballo. Acelera un camión sin detenerse en el paso de peatones. Rojo. Es un camión rojo, tal vez no lo conduzca nadie. Un camión rojo sin conductor que desaparece tras la curva, sin más, llevando en el remolque todos mis sueños vacíos. Un camión de la basura. Rojo.

Y la historia se repite tan cruelmente que al final la crees. Será por inercia, porque al arrancar el  coche dejas de plantearte si vas hacia algún sitio, únicamente cambias de marcha, ahora acelerando y ahora frenando, consciente de que, como siempre, cogerás la salida equivocada en la autopista. Tú, que presumes de puntual, llegando tarde por no saber el camino.

Hospitales. Todas las casas de cartón que son tuyas solo de mentirijilla. Inmensos edificios dispersos sin orden ni concierto. Desconcierto.

Llega así. Tristeza peleona, se burla y ríe. Sobreviene abrupta e inesperada. Esa hija de puta sádica y morbosa se divierte incomodando.

Oscurece. Pones la alarma a las 07:30. Cabe la posibilidad de desaparecer en el capítulo 24 de un libro de título dudoso. Se desploman los párpados, pesados, inmensos, eternos, el pantalón del pijama enrollado hasta las rodillas. Acercas el edredón a la barbilla. Y duermes.

Sueños estraños, desvaríos… y vuelta a empezar, tú y el chico del segundo A, quemándoos con el mismo café de marca blanca.

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