El infinito es un ocho acostado

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Todos miramos hacia el infinito en algún momento del día. La mayor parte de las veces se trata de miradas perdidas, desconectadas del entorno y fuertemente arraigadas en nuestros pensamientos. Otras pocas, la consulta se queda más cerca que el hipotético horizonte y se encierra en nuestra cabeza para después volar desordenadamente libre, en decenas de nubes condensadas de reflexiones dudosas que bafeamos con la altivez con la que Sara Montiel exhalaba el humo esperando a su amante.

El futuro nos está esperando. Constantemente. Tanto que es un espejismo, encaramado en una cuesta constante a la que nos enfrentamos cada día más equipados, pero también más cargados. Algunos, como buenos sherpas, aceptan el reto de seguir subiendo una y otra vez. Otros, como mulas intrépidas, persisten en ir hacia adelante con su paso pausado, sin preguntarse a dónde van. Unos son rocas, otros se aferran a las rocas. El resultado es que te haces duro o te salen callos en las manos. Poco más que eso, porque de lo que se trata es de seguir escalando. Nunca se llega porque no existe la meta, ni en forma de cumbre ni bajo el aspecto de una reconfortante y apetecible nube de algodón de azúcar. Como mucho, después de un serpenteante banquete personalizado compuesto por lo que la vida le ofrece a cada uno, lo que nos vamos a encontrar todos es un cadáver a los postres. Quizás por eso, y aunque sólo sea por eso, deberíamos disfrutar más del juego de Cluedo que nos ofrece el día a día, reparando en los sitios, los hechos, las cosas, las personas, los detalles aparentemente insignificantes.

Si las cumbres, además de borrascosas, son altas, no nos podemos olvidar de echar una miradita, aunque sea de reojo, porque las vistas tienen que ser espectaculares y el vaivén del paisaje puede llevarnos, una vez más, hacia el infinito (y más allá). Y en ese ir y venir de miradas, de pasos y de esfuerzos que, valga la redundancia, repetimos ad infinitum, casi nunca estamos solos. Puede que al final seamos todos “extranjeros”, así como lo contaba Camus, pero, como los peregrinos más solitarios, siempre encontramos a alguien que camina con nosotros y nos hace ameno el viaje o, por lo menos, parte del trayecto. Y algunas de esas personas se convierten en compañeros especiales, mochileros en la aventura de deambular por la vida, almas hermanas que en cada etapa te aportan algo que te van colando en tu propia mochila: libros, historias, inutilidades indispensables, mosquetones de apoyo, cuerdas, acuerdos y desacuerdos. Cosas que, paradójicamente, en lugar de sobrecargar tu bagaje, te lo aligeran. Subes con ellas mano a mano, incluso por la cuerda floja y cuando llega el cansancio o la desesperación a veces tiran de ti, cómo tú tirarás por ellas. Y con ellas hasta te tirarías por un precipicio si te parece que la pendiente es el mejor atajo para tener una anécdota, porque “si tu saltas”… Esa gente especial se te tatúa en la piel y representa otro tipo de eternidad: son los que vas a querer infinitamente, otra vez más, sin barreras ni cumbres.

Los amigos, los quereres, los afectos, ésos son los infinitos a los que sí les podemos poner cara, sin falsas expectativas ni máscaras. Son nuestros sherpas arrugados, nuestras mulas tercas, nuestras rocas y puntos de apoyo; los falsos inocentes que comen contigo en la cena de Cluedo y para quitarse el empacho te acompañan hasta los postres en tu ascenso y en tu descenso sin que les importe si fuiste tú quién mató a Mr. Black.

Así es que, para cada cual, el infinito es distinto y tiene partes visibles y lados ocultos, vertientes oscuras y claros soleados. Cada uno lo imagina entre suspiros y lo ve difuminado por el vaho de sus sueños y dolores.

Yo nací un día ocho, un ocho de mayo, en plena primavera. Quizás por eso para mí en infinito no es más que un ocho acostado, curvilíneo y sinuoso, que descansa después de haber escalado la vida.

-PatriShaw-

amigos como montañas

 

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3 thoughts on “El infinito es un ocho acostado

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