VIVIENDO AL LÍMITE

 

 

 

No sé exactamente el motivo, pero llevo una semanita que es una locura de recordar. Cada vez que mi mente se extravía y pierde la concentración, acaba regodeándose en esta o aquella otra aventurilla de hace años. Supongo que será esa tendencia mía a considerar que todo tiempo pasado fue mejor, aunque estuviese deshidratada y a las puertas de la insuficiencia renal como consecuencia de una gastroenteritis, o me hubiese quedado sin pelas para Gusanitos.

Hay ciertas cosas que mi madre asegura es imposible que recuerde, pero yo sé a ciencia cierta que los barrotes de mi cuna eran azules, y soy consciente de agarrarme con fuerza a ellos para incorporarme, y pensar “Bueno, a  ver… ¿dónde andan mis responsables cuidadores?, se está de puta madre en la poltra esta, pero se supone que no deberían quitarme los ojos de encima, que soy un bebé indefenso… así que  voy a llorar tan alto que temblarán los cimientos del Templo de Jerusalén. Porque sí, por joder”. Bueno, con otras palabras y sin tacos, que aún no me los sabía bien, pero más o menos este era el procesamiento.

El caso es que saltando de edad en edad y de anécdota en anécdota, me he dado cuenta que siempre he caminado sobre la cuerda floja, al límite, asumiendo el riesgo como un modo de diversión y como un medio vital en sí. Vamos, que a mi lado Hernán Cortés y  los flipados de Discovery Max son unos aprendices de pacotilla.

Esta falta de miedo y temor surge la mayoría de las veces de la creencia inequívoca de ser un as en ciencias, deportes o artes que no has practicado en tu vida. Es algo así como cuando te pones a la altura de Rocío Jurado o  Celine Dion, las horas se hacen cortas para derrochar todo ese talento cantor por los rincones, porque ¿qué tiene la Zarzamora que a todas horas llora que lloraaaaaaa-aaa-a-a. aa?. Hasta que alguien con muy mala leche te regala una grabadora. La hostia que te llevas justifica una depresión de varios días.

Os pondré varios ejemplos. A los cuatro años me quedé absorta y maravillada con un programa de danza en la tele. Aquello me pareció delicioso, y fácil a más no poder. Henchida de coreografías me faltó tiempo para salir a practicar. No se me ocurrió sitio mejor que al lado de un “rego de xurro”. Para los de la Coruña, los de Vigo y las Señoras de los buses de Santiago, un rego de xurro es un curso natural de aguas residuales.  Transcurrieron horas de intenso sufrimiento y hedor nauseabundo hasta que apareció el primer ser humano, en este caso mi padre, para rescatarme e incorporarme de un espagat diabólico que me impedía regresar a la postura erguida. ¡¡Como lo admiré!! Ese hombre, ese ejemplo a seguir. Mi padre. Mi salvador. Se me olvidó incluso que días antes se había obcecado en vestirme mi chaquetita roja, que ya me iba cuatro tallas más pequeña y  que aún me dolía el hombro porque “como hay dios que te la quito sin cortarla, que aún se va a enterar tu madre”.

Poco tiempo después, no habiendo aprendido la lección, tuve la mala suerte de ver Dirty Dancing. En el comedor de mi casa nos lo montamos mi amiga Vero y yo con el tocadiscos a tope. Por suerte me tocó hacer de Patrick Swaize, la peor parte se la llevó ella al detenerse en su vuelo con la cabeza contra el respaldo del sofá. Teniendo en cuenta las perrerías que ya le había hecho: manipularla para tirarse de un pajar y dar aviso de que me vinieran a bajar a mí (si no me falla la memoria, ese día se rompió un brazo, o se lo dislocó, o algo así sin mucha importancia), clavarle la aguja de la máquina de coser en un dedo, lanzarle un lápiz con tal puntería que la punta atinó en medio de su conjuntiva y otras joyas, aún no entiendo porque continuaba atreviéndose a jugar conmigo. Quizás tenga que ver con que yo era la única niña de su edad. O que éramos ambas unas aventureras de tomo y lomo.

En otra ocasión me entró la vena constructora. Con planos y todo me recluí en el galpón a deshacer paredes de piedra y a mover tablones, que la bronca que me echó mi madre al ver tal estropicio en el sitio donde había que guardar las patatas, es de las que hacen historia. Me sentó tan mal aquel atentado a mi creatividad arquitectónica, que me escapé de casa. Y como siempre que me escapaba de casa, necesitaba la cesta en la que mi hermana había ido entregando sus regalitos-mariconada de boda a los invitados. Metía en ella varios artículos de primera necesidad: un libro de Enid Blyton, pan fresco, nocilla, un botellín de agua y una pala de esas de recebar. ¿Qué por qué metía la pala? Vete tú a saber. Ni puñetera idea. Pero me parecía de lo más para una huída romántica. ¡Ah!, y todo cubierto por un mantelito de cuadros azules, que quedaba preciosísimo. No me llevaba mucho tiempo montar el macuto. Le tenía el tranquillo pillado, porque semana sí semana también me enfadaba con alguien y me marchaba a lo largo del río, con la intención de llegar a la playa de Malpica y de ahí coger un transatlántico hacia América, para trabajar primero de camarera y después de actriz de cine junto a James Dean. Normalmente todo terminaba cuando no me quedaba pan y empezaba a refrescar o a oscurecer, aproximadamente las seis de la tarde en invierno y las nueve en verano. Cuando llegaba de nuevo a casa, como el hijo pródigo, esperando llantos de alegría y alivio, habitualmente me encontraba indiferencia absoluta, o a lo sumo un:

–          Bueno, ¿qué? La próxima vez que te escapes a ver si cortas bien el pan que lo has dejado hecho un cisco.

Esta malvada impasibilidad me abrumaba, me sumergía en una vorágine de sentimientos negativistas, y tomaba la decisión de suicidarme, como cuando lloraba en la cuna: por joder a la peña. Entonces escribía hojas de últimas voluntades y construía en mi mente el lugar de los hechos. Por suerte, nunca toleré bien el dolor ni la falta de aire. En llegando al punto clave de poner fin a mi vida, me acordaba que no había terminado los deberes de mates o que iba a hacer la Primera Comunión, y no era plan no estrenar un vestido tan chulo, ¡¡el más chulo de todas las Primeras Comuniones que se habían celebrado en mi Parroquia en los últimos 50 años!!

Así transcurrieron los días de mi vida, como os digo, asumiendo riesgos deliberadamente, y así siguen pasando, cada vez a mayor velocidad. Por eso se me ha ocurrido empezar a escribir entradas a modo de “manual de instrucciones para sobrevivir si estás loco o eres bastante inútil”. En ellas incluiré, entre otras: cómo encender una vela sin prender fuego a la habitación, cómo entrar en tu propia casa forzando las ventanas o como ser una Maleni sin que nadie perezca en el intento.

Por lo pronto tengo ya algunos bocetos. Los que estéis interesados, estad pendientes del blog en los próximos días, pueden seros francamente útiles para llegar a viejos.

 

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