Lecciones de estilo

 

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No es casualidad que cuando empezamos a escribir nos introduzcan en esa hazaña haciéndonos utilizar estilográficas. O, por lo menos, eso se hacía en los tiempos en los que yo andaba por el mundo con un estuche de tela en el que las manchas eran el símbolo del aprendizaje que avanzaba. Ahora, probablemente, eso puede parecer desfasado e incómodo, un recodo de romanticismo que marcó una generación que se manchaba las manos de tinta y las rodillas de barro, pero igualmente lanza un mensaje sutil como las líneas azules que salían límpidas o a borbotones del plumín plateado: tienes la posibilidad de equivocarte y borrar lo hecho, reparar el error, porque las manchas no son inevitables, pero sí asumibles, gestionables y solucionables, con elegancia; sin tachones, pero sí con la constancia de que estuvieron allí, y seguirán estándolo, siempre. En definitiva, te enseñaban que la escritura, como la vida, es una cuestión de estilo.

Es raro que, pese a lo pujante de lo digital, de las teclas y de los píxeles, esa tradición se haya perdido, pero también es sintomático de que los que la vivimos seamos en realidad los perdedores.

La pérdida fue parte de nuestra educación y se introdujo tan indisolublemente en nuestra manera de interpretar el mundo que sin ella nos sentiríamos perdidos.  Puede que por eso seamos la mayor generación de perdedores de la historia. Y para conseguir ese estatus, amigos míos, es necesario tener estilo, mucho estilo.

Empezamos perdiendo la noción del tiempo en recreos que nos sabían a Nocilla y se pasaban volando, envueltos en la capa de superhéroes que intentábamos emular. Seguimos, perdiendo el interés en los logaritmos que no consiguieron explicarnos por qué Marcos no se declaraba y era tan borde en público y tan torpemente dulce en privado. Con los años, nos perdimos en aeropuertos, ciudades, libros, pensamientos y personas, siguiendo caminos azarosos y siendo fieles seguidores. Al final, acabamos perdiendo la esperanza, porque se hace escurridiza y se esconde burlona en las calles y los recovecos que intentamos encontrar mientras nos perdemos, o quizás siga encerrada en los sueños de cuando éramos niños. Pero lo maravilloso de todas estas maneras de perder es que las desarrollamos con estilo. Siempre. En los recreos nadie interpretó a los Power Rangers con tanta garra y detalles de artes marciales escenográficas como lo hicimos nosotros. Ni hubo nadie que se las ingeniara tanto para no catear las mates y poder pasar el verano buscando ese beso que daría sentido a todas las charlas de pupitre del curso siguiente. Tampoco se vieron viandantes más cabales e interesados en cada esquina que nosotros, los que dejamos los mapas de lado y no miramos por encima de nuestras Ray Ban a no ser que el cielo quiera sorprendernos más que el horizonte. Y nunca se verán almas en pena más envidiadas que las nuestras cuando nos quejamos ante un vaso de Bourbon, compartiendo una charla sobre el todo o la nada, explorando cada rincón de la humanidad con interés fenomenológico, porque no vaya a ser que la esperanza se esconda justo en ese lugar del plano cartesiano para el que aún no encontramos una teoría que case con nuestra experiencia.

Es cuestión de estilo, y nosotros lo tenemos, en la victoria y en la derrota, porque, como decía hace unos días el “Cholo” Simeone “tenés todo, tenés nada”. Y en el todo nadamos y en la nada damos brazadas o nos abrazamos todos.  Es cuestión de estilo, y ante la pérdida nos volvemos como Capote, cigarro en boca y pluma en mano para ser relatores de realidades atroces que nos rozan pero no nos tocan, echando capotes cuando no podemos ser los protagonistas y, muchas veces, huyendo del toro cuando nos toca serlo. Es cuestión de estilo, y nosotros hemos forjado el nuestro propio, en el que el sarcasmo cura las heridas, pero las cicatrices se lucen como trofeos de guerras perdidas o ganadas a medias; en el que la anécdota es la terapia freudiana que se receta con cerveza, según el lema de “mucho ruido y pocas nueces”, pero acompañada por pipas.

Y es que nuestro estilo es extremo, porque el extremismo es la venganza del perdedor. Por eso nos volvemos extremadamente pacientes o impacientes, tenaces, preparados, abúlicos o soñadores, pasando de extremo a extremo, saltando de trapecio a trapecio sin tener red, pero con unos tirabuzones y unas piruetas tan estilosas que ningún circo tendría ya el valor de contratarnos.

Es cuestión de estilo. En la caja de lápices de colores que es la vida, en la que la mayoría se obstina en gastar sólo el rojo y el azul, dejándolos reducidos a tamaños demasiado ínfimos para que sean útiles y puedan realmente teñir la realidad, nosotros elegimos no pintar nada, porque el blanco sobre blanco no nos satisface y el negro sobre blanco está muy molido. Ya no afilamos los lápices ni nos quedamos en las minas. Nosotros nos quitamos del bolsillo la estilográfica y trazamos garabatos sabiendo que, algún día, serán surcos de nuestras andanzas picasianas y nuestras aventuras quijotescas. Firmamos con garabatos, porque las marcas son cuestión de estilo.

-PatriShaw-

escribir_es_vivir

 

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3 comentarios en “Lecciones de estilo

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