Viajando sin mapas

 

viajando sin mapas

Nunca olvidaré el instante exacto en el que descubrí la diferencia entre viajar e ir de vacaciones. Fue en una plazuela desconocida, una calurosa mañana de verano en la que el embeleso y la pereza juiciosa se impusieron en las suelas de mis sandalias. Era la tercera vez que visitaba esa ciudad, y me quedaba todavía tanto por ver que se me antojaba surrealista hacer planings o planear rutas para poder catar todo lo que mis neuronas estimaban oportuno que mis sentidos analizaran. En el bolso llevaba varios mapas: de la ciudad, del casco histórico, de las líneas de metro, de la costa,… Al intentar sacar uno, se me cayeron todos los demás y, observándolos esparcidos por el suelo, haciendo juego con los adoquines de la acera, me percaté de que no me apetecía nada tener que interpretar líneas y colores para poder disfrutar de uno de los lugares más vanguardistas del mundo. Fue una especie de iluminación interior, fruto, quizás, del sol de la mañana que en Barcelona ya empieza a embriagar antes de la hora del vermut. Recogí los mapas y los volví a guardar sin tan siquiera preocuparme de doblarlos adecuadamente (una tarea que siempre me pareció digna de un maestro en origamis y papiroflexia).

Sabía que estaba en el Barrio Gótico, en una diminuta plazuela entre el claroscuro de los numerosos carrers que se encuentran entre la catedral y el Paseo de Colón y no se disponen de forma geométrica, sino que serpentean anárquicamente en un caleidoscopio de distintas texturas de gris y marrón. Lo que más me hacía sonreír era que no sabía en cuál de ellos me encontraba. No podía ponerle nombre, y eso me encantaba, porque siempre fui pésima para los nombres, y más aún para recordar direcciones o sitios concretos más allá de los indicios que podían permanecer en mi memoria voluble y condicionada por una imaginación que tiene bastante tendencia a desviarse de los dictados de la realidad. No estaba exactamente perdida, pero fue maravilloso descubrir que podía perderme y encerrar mi escasa capacidad de orientación en el bolso, haciéndole compañía a los mapas mal doblados que emitían crujidos indignados de papel encarcelado.

Fue así que empecé a deambular por maravillosas callejuelas de las que nunca recordaré el nombre, pero de las que sí conocí diminutos e insustanciales detalles que difícilmente se me borrarán de la memoria. En una de ellas los comercios, que se escondían tras puertecitas pintadas de verde y alternaban libros con encajes, relojes con flores, estaban todos enteramente vacíos. Reinaba un silencio irreal, que chocaba de bruces con la animosidad pujante y estruendosa de una ciudad que en agosto no consigue acallarse ni en la calma posterior a un chaparrón. En la acalorada pasión de mi recién descubierta relación amorosa con la fugacidad clandestina de la perdición, ese me pareció el barrio más fresco de toda la ciudad, un cubito de hielo que se desliza por la espalda en los preliminares, por eso en mi mente lo recordaré con el nombre ficticio de Carrer del Fresc, menospreciando deliberadamente su nombre real que no me molesté jamás en buscar o descubrir.

Esa frescura metafórica me caló hondo, tanto que las ideas preconcebidas sobre lo que hay que ver y cómo hay que verlo se me congelaron de cuajo y se evaporaron en una sublimación súbita. Comprendí que la diferencia entre ir de vacaciones y viajar se encuentra enmarcada en la sutil línea que separa la pérdida de días al sol del perderse en los rincones de sombra; una línea que vive entre claroscuros y depende de los ángulos de enfoque que le sepa dar nuestra cabeza. Porque al final, el verdadero viaje lo sentimos por fuera, pero lo vivimos por dentro, como una buena borrachera, que nos encandila por la noche y nos permanece en los sesos por la mañana, cambiando la visión que tenemos del mundo que ya conocemos y creando una adicción que nos obliga a seguir bebiendo en bares ajenos, para después volver al de siempre y tener historias nuevas que contar y compartir entre copas que ya saboreamos con un paladar educado.

-PatriShaw-

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7 comentarios en “Viajando sin mapas

  1. Con esto no quiero menospreciar a las otras cinco musas que forman parte de este blog, pero he de reconocer que me identifico mucho más con lo que escribes tú en particular. Me ha recordado al viaje que hice en semana santa, excusado como vacaciones necesarias, y reducido a un montón de calles desconocidas que, por orientación básica (muy básica) y ganas de andar, se convirtieron en íntimas en apenas dieciocho horas.

    Un guiño de ojo.

    • Me llena de alegría que conectes conmigo, y (como no) te voy a decir por que: por un lado porque al leerte a mí también me pasa. Tu forma de escribir me encandila y me transporta en telequinesis entre tus argumentos y mis vivencias. Y cuándo eso pasa, es fantástico. Por otro lado, de las 6 epidémicas, yo suelo ser la que, en la mesa del bar, las demás se quedan mirando atónita por las opiniones discordantes y raras. Es maravilloso saber que una no está sola…

      Guiño, guiño, guiño.

      Y muchísimas gracias por todo lo que escribes (y recalco el TODO).

  2. Me ha encantado! Estamos obsesionados con las rutas, con las planificaciones y con hacer fotos de todo (y ahora con el Instagram ya ni te cuento), y así nos olvidamos de lo que verdaderamente es importante cuando viajamos: absorber cada segundo, cada imagen, cada olor… cada pedacito de realidad! 🙂

    • Totalmente de acuerdo!
      Al no hacer una foto a cada hilito de hierba que sobresale de la acera, viviendo con la cámara en la mano, o al negarme a recorrer las calles unida a la hilera de turistas embriagados por la prisa, de vez en cuando, me siento un bicho raro… pero no voy a negarte que eso me encanta. 😉

      Tu última frase me ha robado el corazón: eso de absorber casa segundo, cada imagen, cada olor…No se puede decir mejor.

      Gracias Tejetintas, es un placer leerte.

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