HACER EL AMOR CON EL VIENTO

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Hay palabras olvidadas cuyo recuerdo se siente como un eco lejano, como un no sé qué casi imperceptible, una ausencia sutil y un mini vacío gástrico que solo reconocemos cuando esa palabra perdida, esa vieja palabra caída en desgracia, de repente, regresa. A veces lo hace a través de una conversación banal en la estación, otras transportada por aquella canción con la cual creíste enamorarte la primera vez. Puede incluso convertirse en un aroma abrupto y repentino que te quite de tu habitual ensimismamiento, para llevarte de vuelta a algún momento, casi siempre mejor, del pasado.

Y la vida sigue y prosigue, serpentea, se oculta, retrocede y a veces se lanza en carreras mortales… entre todas esas palabras dormidas… letárgicas y comatosas, guardadas en cestas de mimbre. Llenas de polvo y telarañas en el mágico desván al que van no solo ellas, sino también los besos nunca dados, las caricias convertidas en arañazos, los ojos vidriosos de los cobardes, el orgullo de los necios y las pasiones no apagadas. Entre libros antiguos y susurros siseantes, duermen también las princesas que bebieron demasiado y los ancianos con sombrero de esparto que dejaron sus campos para morirse en hospitales de ciudad.

Un desván escandalosamente triste, sorprendentemente inmutable.

Hay una pequeña claraboya que deja entrever residuos de luz, desmembrados por las motas de polvo suspendidas del aire. El haz luminoso apunta directamente a una mesa de cerezo, sobre la que se acumulan papeles amarillentos. En ellos un caballero autómata con cota de malla va escribiendo las frases apiladas en las cestas de mimbre, para  que puedan entrar a las que ya hacen cola detrás de la puerta. Sin descanso, sin tregua, sin piedad. Con tinta roja y rigurosa caligrafía. Cuando termina una cuartilla, la deja irse volando. Suave, ligera, etérea… se escabulle por una rendija del tejado y planea sobre bosques y prados hasta llegar a alguien que, de repente, recuerda una vieja palabra olvidada y esboza media sonrisa, o deja entrever una lágrima por el rabillo del ojo.

Y mientras tanto… la vida sigue y prosigue, serpentea, se oculta, retrocede y a veces decide tentar a la suerte con un salto mortal, o se rasga las medias de seda en un desesperado arrebato de rebeldía. Y yo intento entenderla, pero al final me quedo perpleja mirando a un infinito que me abruma hasta el vahído. Porque ni lo eterno ni lo caduco me parecen coherentes, y a pesar de ello busco desesperadamente el placer… renqueando entre la decepción y el asombro, terca, aferrada a tu sonrisa y a tus besos, aunque al final llegue el final, y aunque vivir contigo sea hacer el amor con el viento.

 

 

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2 comentarios en “HACER EL AMOR CON EL VIENTO

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