Las noches blancas

 

habitación noche blanca

Recuerdo que leía novelas amarillas recostada en tú estómago. El balanceo de tu respiración me perturbaba la lectura y me relajaba las cervicales. En la mesilla había copas de globo llenas a medias de vino rojo, una con carmín rosado, la otra también. Esas eran las horas. Doradas. Nos aburríamos pausadamente en las noches blancas que nos acunaban suavemente como el terciopelo azul. Fuera de la ventana, probablemente, las tardes negras competían con lunas plateadas que menguaban día tras días, al ritmo de las páginas que quedaban por leer y por escribir. Y es que nunca quisimos brotes verdes, ni tés del mismo color. Nuestros pulgares no tenían tonalidad, ni casi huellas: las perdieron después de tantas caricias, porque nunca nos dejamos plantados, aunque estuviéramos a dos velas. Pero había velas, iluminaban las veladas con toques parpadeantes que tejían velos ocres.

Hubiera sido perfecto si la radio escupiera cansada las notas de Edith Piaf, pero la vida no era rosa. Los jarrones, de hecho, estaban llenos de violetas. Aún así, los días tenían el sabor del sueño más dulce, como el azúcar moreno, las naranjas de Valencia o las moras salvajes. Y nosotros nos poníamos morados de risa, mientras algunos marcianos grises se volvían verdes de envidia.

Es extraño como la tranquilidad hace pasar los minutos despacio, como si el tic tac de los relojes lo marcara el mágico repiqueo de los zapatos carmesíes en el camino de baldosas amarillas, buscando el tiempo perdido en la ciudad esmeralda o entre las líneas de las páginas que se voltean sin leer, como si se las llevara el viento. Una teoría que daría para un estudio en escarlata, aunque pusiera a Dios por testigo.

Nosotros permanecíamos cándidamente ateos, como si nos hubiera inventado Voltaire. El nuestro era el reino de la penumbra, las luces quedaban lejos, descompuestas en prismas de arcoíris que se escondían tras cortinas de lluvia en los días grises. Sabíamos que todos los colores acaban en blanco y que cada noche termina en un nuevo día. Lo que ignorábamos era que el todo son las noches blancas.

-PatriShaw-

 

ventana noche blanca

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6 comentarios en “Las noches blancas

  1. No sé si soy yo que me cuento siempre cuentos, pero me gusta poder contar con lo que cuentas. 😉
    Y después de esta patética tentativa de emulación, te felicito por como escribes. Se me hace muy difícil encontrar algo en lo que pueda zambullirme en tantas referencia que me gustan, y contigo pasa casi siempre. En este cuento cuento (jajaj) por lo menos 12 referencias a obras o canciones (me gustó el enganche de Escarlett)… Cuántas son?

    Un abrazo.

    • No sabes lo feliz que me haces. Empezar la semana leyendo tu comentario es como desayunar bebiendo una infusión de adrenalina. 😉
      Me alegro mucho que te gustara, y más me alegra que descubrieras las referencias (sinceramente, pensé que pasarían totalmente desapercibidas). No sé cuantas son, pero espero que no hayas visto o imaginado alguna de más… jajaj. De ser así, sería una cuentista.

      Un abrazo.

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