Fe sin dioses

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Sus historias eran parecidas, como si algo les uniera desde el principio, como si hubieran trazado un nexo común mucho antes de conocerse, caminaban en sentido opuesto, cada cual con sus vicios, virtudes y vivencias, un poco sin saber hacia dónde se dirigían o cuándo algo tendría al fin sentido, ansiaban degustar el empujón de un latido intenso, la sangre ardiendo en las venas, subiendo por el cuello hasta obtener esa reacción química que nunca habían experimentado, pero de la que tenían la más inmensa certeza de que llegaría, que un día incierto, al verse, sus pupilas congeniarían, como un puzzle de huecos profundos en el que las piezas encajadas jamás querrían soltarse, como el encuentro de huellas dactilares repetidas en dos personas distintas, cuando  ese día llegara, ambos lo sabrían, a partir de ese momento todo daría igual, aunque mil años se atravesaran en sus vidas alejándolos o crucificándoles. Pero la verdad es que nadie les dijo nunca cómo serían las cosas, cuanto les tocaría sufrir, ni cuantas horas perderían en la más absoluta soledad, aún estando cercados por aquellos que bien les querían.

Una noche sucedió, él la vio entre la gente, era tan solo un muchacho a punto de entrar en la universidad, un adolescente nervioso, un soñador inconsciente de lo que esa noche descubriría; la miró a lo lejos y supo que ahí la tenía, a unos metros, sus pasos fueron firmes a la vez que temblorosos. Ella era demasiado joven, una muchacha tan solo, alegre y traviesa, demasiado joven incluso para ser consciente de que el amor no estaba adaptado a su edad. Pero sucedió, ninguno lo buscaba, pero los dos sabían que llegaría, que les abatiría, y que sin saber cómo les destrozaría. Pero el verano les dio la oportunidad de conocerse, aunque fuera tan solo una brisa a todo el desasosiego que les arrebataría los años siguientes.

Lo que vino después fueron cicatrices, días turbios como el agua de un naufragio, huidas sin retorno y sin cobijo, las mentiras que empelaban las paredes, las caricias no deseadas, y la maldita historia de desamor que cubría el cielo. Los años derrochando tiempo y las esperanzas que abandonaban la luz, la brújula no marcaba ningún rumbo, y todo alrededor parecía pudrir la felicidad ansiada.

Sus vidas eran una espiral maltrecha, nada mejoraría ni a corto ni a largo plazo, sólo les quedaba saber que ambos se querían, aunque fuera el más incompresible amor, aquel que nadie querría para sí, pero era un amor de verdad, de los que no sucumbe al tiempo, de aquel que sigue ahí más allá de lo perceptible, el lazo coaxial invisible del querer, viajando de su habitación a la de ella los días en que más se necesitaban; pero no se veían, ni tan siquiera hablaban, pero les bastaba, era su fe sin dioses.

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