HORA DEL HIJO PRÓDIGO

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Habría que matar a ese hijo de puta, pensó mientras se cepillaba los dientes. Clavarle cien cuchillos en su apestoso culo, rajarle la femoral hasta que se desangre como el cerdo que es.

En la calle el día se ha puesto turbio, desde el séptimo resulta casi imposible ver a la gente caminando por la acera. Un mundo envuelto en niebla gris. Pasa una ambulancia. Niños que lloran, como a las puertas del fin del mundo. Ruido de motos, mundanos sonidos de humanidad resentida.

Mierda, piensa, cierra la ventana de un golpe equívoco. Como siempre se queda atascada.

Son las nueve de la noche, las mismas nueve de hace diez años. Las nueve nunca dejarán de serlo, hora en la que el hijo pródigo vuelve a casa.

La nevera está bien surtida, como siempre. Estrella sigue una dieta equilibrada, toma verdura a diario y pescado tres veces por semana. Va al gimnasio todos los días a las 20:30, y a sus 35 mantiene los glúteos erguidos, la mirada arrogante y los tacones impasibles. Judías verdes con vinagre de Módena y pechuga de pavo a la plancha. Yogur de soja de postre. Empieza a comerlo mientras atraviesa millones de páginas de propaganda hasta que consigue ver un capítulo de Juego de Tronos en Series Pepito.

Mañana será otro día.

Se acurruca en el sofá junto al perro, y se queda dormida.

Cuatro minutos tras las siete suena el despertador del móvil. Ojalá no fuese cierto. Silencio, demonio, quiero dormir para siempre. No sabe exactamente el momento, pero hace más de un mes, más de dos… probablemente más de tres, que los despertares son para Estrella puñaladas certeras en la frente. Podría llamársele miedo, o desapego. No quiere abrir los ojos, se resiste posponiendo la alarma de tres en tres minutos.

Hay que joderse, piensa. A regañadientes aparta las mantas, y se viste, con un deje de abrumadora soledad en las manos temblorosas que abrochan los tejanos. Debería desayunar. No le cogería ni un copo de cereal en el estómago encogido.

  • Perro bonito, te saco a cagar y nos vemos a las nueve, ¿sí?

Abraza al único ser vivo que le sirve.

Al mundo también habría que sacarlo a cagar al amanecer, a ver si así se desprendía de tanta mierda, y a la hora del hijo pródigo, las nueve de la noche, por fin tenía sentido.

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