PLAYAS

 

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Vaya peña chunga invade las playas en agosto.

Regodearse an la futilidad del ego está bien, pero de vez en cuando necesitas un descanso. Como en cualquier trabajo. Y hoy, reuniendo fuerza y valor, subí a por mi toalla azul, las chanclas y el bikinie.

Aparco atravesando una línea continua en plena curva. No hay un sitio libre en todo Louro. El cámping con su ambientillo levantino se queda atrás, los restaurantes con terraza repletos, al bajar al paseo chiringuitos que no dan abasto repartiendo cañas. Es la Playa de San Francisco.

Se ve que entre las adolescentes ahora están de moda los tonos flúor. Intensamente flúor, profundamente intensos, descaradamente llamativos, intensa y perversamente depravados… piden a gritos que los mires, invitan a la promiscuidad y la concupiscencia. Lo malo es que yo estoy en una etapa asexual. Soy un ángel. Y además con tanto conjunto de baño fosforescente voy a terminar por coger una “uveítis”. Es genial cuando se cruzan entre ellos (entiéndaseme sin pensamientos oscuros, cuando se cruzan al caminar, las chicas de bañadores fluorescentes con los chicos de pectorales marcados, digo). Joder, qué manía de pasarse la vida en celo. Creo que solo algunos animales domésticos (por ejemplo, los cerdos) y los seres humanos vivimos un celo continuo… qué cansancio… me cansan sus ansias de aparearse locamente… me dan tanta pena que les pagaría yo varias habitaciones de hotel con mis 480 euros mensuales… Me gastaría todo lo que tengo para facilitarles un antro para el apareamiento, proporcionándoles previamente algún método anticonceptivo válido, que después nos perpetuamos. El peor castigo de la humanidad es reproducirse. Nos reproducimos tanto que luego los edificios se llenan de chonis, futbolistas, listillos, pedantes, médicos y políticos. Y claro, eso no hay corazón sano que lo soporte.

Sigo observando a la juventud efervescente de sexo… derrochan sexo… algún burro de estos se va a partir la crisma intentando hacer una bolea a lo Ronaldo… si total, la cachonda del grupo los prefiere mayores, a poder ser, de más de 25

A las viejas les va más el estilo animal printing. Hay barrigas embutidas en piel de leopardo a montones, arriba y abajo por la orilla, arriba y abajo… boom, boom… según las indicaciones del doctor tal… no hay nada mejor para las varices y el colesterol. Qué cosa más mala, el colesterol. Las viejas hablan sin parar, de qué, hablarán del precio del quilo de tomates, digo yo, o de cuanto les tocaría de pensión en caso de enviudar, o de los terribles dolores que las atenazaron durante el parto, cada cual peor que el de la otra…

Y niños. Miles de millones de niños corriendo en su desconcierto, tías buenas, tíos buenos, engreídos, frívolos, intelectualoides con gafa pasta leyendo algo que parece Kafka… viejos zumbándose vino tras vino en las terrazas… analistas de pacotilla, momias, fantasmas, calamares, merluzos y reyes del universo. grupos de amigos absortos en profundas reflexiones… caricaturas, sombrillas de colores, relegados, renegados, funestos castigos sociales, abyectos… futuros delincuentes y rencorosos, resentidos, inocentes, relamidos y medio ricos provincianos venidos a más. Coño… a mi esta enumeración de vocablos me recuerda a Sabina… soy una puñetera plagiadora.

Me voy por las ramas. Pelo los árboles de tanto romper ramas con mi peso… Joder, ahora una metáfora (¿no?)… es que estoy a tope!

La playa. Qué extraño ecosistema.

Abstraerse… pero la realidad me exige atención… pellizco la otra pierna. Supongo que si fuese un hombre me pellizcaría otro huevo.

Mi familia casi al completo en Louro. Esto es: un hermano, dos hermanas, una cuñada, dos cuñados, dos sobrinos, tres sobrinas y los espíritus de cuatro generaciones pasadas. Junto a mis sobrinos se agolpan otros tantos cachorros humanos, un gruppie infanto playero pasándoselo que te mueres.

El agua aquí en Galicia no es que esté fría, simplemente está empeñada en marcar pezones y congelar miembros viriles. Pero yo, que soy cobarde en general pero no me importa ni la cianosis ni mi síndrome de Raynaud, me dejo acunar por las leves olas. Ese es un momento tremendamente duro, porque a veces estoy a punto incluso de cambiar de opinión y reconciliarme con el planeta tierra, la especie humana, Buda, Moisés y Darwin. Me dejo llevar por un vaivén casi imperceptible, parece una adormidera salada… no soy yo, soy agua. Soy el cielo sobre mí, la arena, me mezclo con los gritos que llegan de la arena, las risas… soy un cangrejo ermitaño, la tarde de agosto, el frío tenaz, mi sangre refugiándose dentro, muy dentro, hasta que no siento los dedos.

A lo mejor, no se está tan mal.

Cuando salgo, obligo a mi hermana a hacer malabarismos con la toalla para cambiarme de bikinie sin que medio arenal disfrute de mis encantos íntimos. No vaya a ser que me pesque un adolescente en celo de esos que juegan al fútbol y no la cuente… en su desesperación a lo mejor le dá igual que tenga 30 años. Total, el culo aún lo llevo derecho, aunque no tenga, prácticamente, tetas.

Y ya sabéis. Estoy en la playa: paseos por la orilla, el capítulo de un libro, medio autodefinido… y esa hora y media junto a mis sobrinas buscando caracolas…

–          A ver chicas, ¿qué buscáis exactamente? Anda que, os aseguro que en esta playa encontráis petróleo, una bolsa de gas o cadáveres de la Guerra Civil, antes que caracolas.

Pero los niños son obcecados hasta el extremo, porque los años aún no les han quitado la razón. A ver, alguno dirá “ya fue a hablar le vieja”… que sí, que treinta años a lo mejor no dan para quitarme la razón. Pero yo soy un ser depravado que nació fuera de la ley, y por lo tanto nadie tuvo que quitarme la razón. Nací sin ella.

Tras hora y media de persuasión, comprendo que esos niños del demonio hacen oídos sordos a mis consejos deliberadamente. Pasarán lustros, décadas, siglos, y seguirán ahí buscando caracolas imaginarias. Joder, si los chinos, entre  ese dulzón olor a plástico, venden caracolas preciosas. Y se me ocurre la gran idea… una noche de estas dejo miles de caracolas de los chinos en esta playa donde la única concha que veo es de mejillón… se van a oír los gritos de júbilo en la sierra del Courel. Soy el tope de generosidad, haré felices a estas criaturillas inocentes que hace un rato casi se matan por ver quién era el legítimo propietario de una estrella de mar decapitada que surgió debajo de una piedra.

Vuelvo a la toalla. Estoy más blanca que la leche materna. ¿Sabéis que se están extendiendo los bancos de leche materna? Vale. Paro.

Nunca debería haber vuelto a la toalla. La inmovilidad es dañina. El sol en la cara molesta. Y busco en la vecindad a mi sobrino el mayor:

  • Oye, voy a por un café para llevar. ¿Quieres?
  • No, no. Después no duermo.

–          Vale.

A los 6 pasos doy media vuelta.

–          ¿Alguien me deja un euro? He vuelto a perder la cartera.

Se ve que estoy en disposición de extraviar buena parte de los 480 euros que este maravilloso gobierno me otorga a final de mes por mis cinco años de entrega laboral. Al final no podré pagar ese hotel, los adolescentes se aparearán detrás de cualquier roca y engendrarán más diputados, y entonces se acabará el mundo…

Vuelvo. Tengo los últimos tres dedos de las manos entumecidos, totalmente insensibilizados. Me cuesta sujetar el vaso térmico.

Doy pequeños sorbos. Café con leche, mucho azúcar. Está malo de cojones.

Termino el café y después sólo me queda el vacío.

Busco de nuevo en la vecindad a mi sobrino el mayor, que ya lleva barba y me está intentando introducir en el mundillo de los videojuegos. Lo conseguirá, yo sería una gran adicta a los vídeojuegos.

  • Oye – le digo – ¿vas a ir a correr?
  • Sí, a las ocho.
  • ¿Cuánto falta para eso?

–          Cinco minutos.

Gracias a dios.

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