LA NICOTINA Y BUKOWSKI

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Para ser feliz, lo último es que la peña se tire cubos de agua fría por la cabeza, o se zambulla en las aguas gélidas de nuestros ríos de invierno. El Legado del Tibu, lo llaman. Hacen vídeos que terminan con algo así como:

– Nomino a mi prima Noemí y a mi cuqui Loli, ya sabéis, en menos de 48 horas agua o pagáis una cenita.

Vaya por dios. Yo, que siempre tasé mi inteligencia por debajo de la media, estoy absolutamente desolada. El mundo es aún más inhóspito desde que hay redes sociales, los adolescentes comparten sus vidas mediocres y demuestran que tras 10 años de colegio siguen siendo analfabetos.

A mis treinta años de reservas y resistencia, resuelta a vivir en la ignorancia y la incapacidad deductiva… resulta que hay gente a mi altura desintelectual… incluso a más, más, más altura… tan alto como los dictadores mesiánicos de principios de siglo, el chorizo tipo español o el Luisma.

Con lo cual, deduzco que los  funcionarios que arreglan mis papeles y los médicos que resuleven mis retortijones, son casi tan tontos como yo.

Y eso me lleva a una pérfida pérdida de fe. No hay dioses, ni salvadores. Estamos rodeados de inútiles.

Todo está perdido.

Por dios. Necesito un café. Si fuera alcohólica, ahora mismo me bebería una botella de anís, o lo que quiera que se tomen los alcohólicos para librarse del espanto de la humanidad circundante.

Y una menda, que nunca ha fumado, rebusca en el armario de las medicinas, y encuentra un paquetito de esos que les regalan a los hombres en las bodas, mientras nosotras recibimos espantos decorativo en tonos rosa y salmón.

El paquetito en cuestión pone algo así como “Felices por el Enlace de Brais y Lorena, 24 de agosto de 1996“, debajo dos palomas blancas y, más abajo aún: “las autoridades sanitarias advierten de que fumar perjudica seriamente la salud“…

Me fumo uno.

Me atraganto.

Creo que me muero. A lo mejor no…

Respiro fuerte. Esto tiene que funcionar.

Me salvo de la defunción por un segundo, ese segundo que evita que boncoaspire mi propio ácido gástrico y desarrolle una sobreinfección pulmonar bacteriana probablemente letal.

Sobrevivo. Doy gracias al señor. He resucitado. Cristo vive.

Llega mi padre. Se queda perplejo. A estas alturas de hija ejemplar, me encuentra fumando a escondidas.

Se va sin decir nada. Creo que a buscar el sillón  en el que habitualmente pone a parir a políticos y futbolistas mientras sufre televisión, a ver si a base de ver lo mal que va el mundo se le olvida lo mal de la cabeza que está su hija.

Así que sigo fumando. Y pienso: estoy muy pillada, tengo que dejarlo, a pesar de todo, hay algo que me empuja a la supervivencia. Pero qué difícil es dejar de fumar, por dios, tendré que ir a un club de adictos. Ahora estamos mal vistos, olemos a nicotina barata. Joder, no, tengo que sacar fuerzas de donde sea, anadear con mi voluntad hasta decir, con la frente bien alta: Yo, Rathen Rathen, hago café de pota, corro, me corro múltiplemente, si se me permite la invención, y logré dejar de fumar. Pero, anda que no está bueno mi primer cigarrillo.

Resignación. Ahora resulta que soy fumadora, no sé si conseguiré salir de esta. Antes de empezar a beber voy a tener que buscar ya un grupo de alcohólicos anónimos, para ir deshabituándome antes de habituarme.

La culpa: Bukowski.

Y sin embargo, se hizo casi viejo.

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