Parafina

Mesa de billar

 

Los miraba divertida desde el fondo del local, apoyada en una mesa de biliar ajada por el tiempo, el uso y el descuido. Veía las caras y escuchaba las discusiones filosóficas que tenían una partitura de voces en grito y susurros, con contratiempos de de silencios bajo la batuta de las cañas que subían y bajaban con una melodía propia y, probablemente, embriagante. Las voces aleteaban entre un extraño conjunto de objetos que distraían la atención y movían el foco de interés en una selva de penumbra estudiada: un hombre con bombín mantenido en pié por una soga estratégica mal ocultada que daba la impresión de un ahorcamiento voluntario; carteles publicitarios de los años 60 enmarcados en latón de las marcas de cerveza más desconocidas y dispares, que invitaban al consumo irresponsable en pos de esa despreocupación que nos hace pensar que sería maravilloso que fuera San Patricio todos los días, viviendo como duendes malvados y sagaces; acordeones polvorientos con fuelles multicolores de apariencia acartonada y desfasada que ya no daban la nota (y probablemente nunca consiguieron dar una); y muchas cosas más que ahora no recuerdo, porque las miradas pasajeras son compañeras de viaje fugaces e irrelevantes y no consiguen aportar el peso necesario para anclar las cosas al vagón de la memoria.

El camarero intentaba no cederle la cordura al sueño, encaramado en un taburete detrás de la enorme barra, con los brazos en jarra y los codos aplastando a la vez un trapo a cuadros y la desidia de las horas tardías, perdido entre sus pensamientos y decenas de botellas que contienen la perdición;  apartado, a partes iguales. Lo observaba de reojo, suspicaz pero desinteresada, y pensaba que si fuera yo la que estuviese en su lugar me dedicaría al voyerismo consentido que se le permite a los anfitriones de los bares, con ojos y orejas, con todos los orificios, humedeciéndome los dedos para poder pasar páginas y páginas de conversaciones que plasmaría en papel en forma de palabras transformadas en relatos, en cuentos, en encuentros y desencuentros. Me dedicaría a transcribir esas historias, hijas pródigas de pensamientos que explotan como fuegos artificiales y deslumbran sólo en la penumbra de un bar alumbrado por la buena compañía y las conjeturas contadas con libertinaje verbal. Pero es cierto que, quizás, no todas las conversaciones fueran como las que producía ese peculiar grupo de almas afligidas por la alegría de los momentos compartidos.

Fuera llovía, suave, delicadamente, como sólo puede ocurrir en Galicia. Las farolas transformaban la lluvia en millones de agujas doradas que bajaban del cielo para coser las cicatrices de los adoquines noqueados por el tiempo. Dentro llovían ideas, citas, bromas y hasta verdades encubiertas con sonrisas. Hacía frío, pero todos se destapaban un poco desde los lados de la mesa o las esquinas puntiagudas, hablando, mirando, callando, o dando bocado a los pinchos o a la realidad. De una manera automática, todo fluía, como los riachuelos de agua que, fuera, rodeaban la calle empinada y se precipitaban hacia las alcantarillas de una plaza que alardeaba de ser más roja que las ideas pseudocomunistas del interior del pub. Todo parecía nadar en parafina. Pero, para fina y resbaladiza, yo, que miraba de lejos, insoluble en la conversación por propensión a quemarme. No era por falta de afinidad, como indica el latín, era por exceso de latidos, esos que siempre me alegran el pecho cada vez que siento que la dicha me mima. Y es ahí que me transformo en otra parafina, esa que brilla si se extiende sobre las cosas dulces. Por eso me acerco, retomo mi sitio y sonrío en silencio, saboreando ese postre nocturno que se cuece en la oscuridad al amparo de miradas cálidas.

-PatriShaw-

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4 comentarios en “Parafina

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