Salvoconducto

 

Cold Berlin

Es de las que tiene la belleza en el interior. Por fuera es fea, demacrada  y está marcada por la desolación y lo anodino que tan bien consiguen remarcar los cielos lánguidos del invierno, que con un gris similar al suyo encapotan la frialdad de un pulso que late aceleradamente lento y es fiel reflejo del clima de infidelidades frustradas que  sufren las expectativas de los climax de aquellos que buscan placer al hundirse en sus pechos pequeños, que no son más que colinas, hechas de escombros.

Le recorren el cuerpo surcos y arrugas, venas visibles y subterráneas que compiten por llamar la atención con las muchas cicatrices que un día fueron una sola, pero que, después de dividir dos pieles y formar nuevos tejidos, se desquebrajaron con los años y trataron de maquillarse con tatuajes de colores, para que las heridas se convirtieran en algo grotescamente bello, arte sufrido y robado a los cánones de la hermosura. Es imposible no sentir sus bultos, memoriales en bloque de ansias y malas decisiones que siguen brotando como moratones, salpicándole el cuerpo con el recuerdo, pesado como el hormigón y el cemento, de la vergüenza ya asumida que la violó hace años pero permanece en su sangre.

Todo eso la hace parecer vetusta y presa del descuido estudiado de la vejez programada en planes quinquenales que no se cumplen y cargan la chepa, cuando en realidad es joven y pocas son las décadas que lleva a la espalda. En su pobre belleza hay un toque remarcadamente sexy, fruto, quizás, de ese aire vanaglorioso que le imprimieron a fuego aéreo dos amores equivocados que la hicieron añicos y la dividieron, dejándola perdedora y endeudada con aquellos a los que ahora se ha vuelto a ganar invitándoles a cerveza barata. Se esfuerza por reconciliarse consigo misma, caminando histriónica y haciendo planes a largo plazo para obrar sobre su bipolaridad manifiesta, pese a que siga mostrando dos caras, aunque, como ocurre con la luna, ahora algunos sólo quieran verle una, siempre la misma, la que va maquillada de fiesta y refleja espectros de pasados turbios y morbosos. Pero ella, altanera y consciente, exhibe sus ojos vigilantes y transparentes, ahuecados como cúpulas; vidriosos cristales que se han limpiado las lágrimas y que ahora dejan ver el entramado de sus deseos y decisiones a todos aquellos que se quieran encumbrar y mirarlos, dejando atrás los simples parlamentos.

Porque por dentro es cálida y acogedora como si en sus entrañas oscuras brillara siempre una vela de estopa perpetua. Al abrir la puerta que nunca cierra al que va buscando placeres, te hace vibrar con su ritmo pausado y osado, sin dejarte dormir hasta que te rebosen los sentidos del sueño que te quita y te otorga a su antojo, sin caprichos, con la sabiduría tierna de quién respeta y quiere respeto hasta en la desdicha de la cama revuelta de un romance fallido. Y con la educación y el civismo de quién se sabe querido sólo a corto plazo, te introduce en su mundo de pecados consentidos con los suaves susurros de muslos descubiertos de Marlene Dietrich en “El ángel azul”, para calentarte el estómago y la entrepierna antes de dejarte calado en el frío regreso a la realidad que la carcome cada día.

Así es Berlín, que vive borracha de recuerdos y cargada de falsas promesas que tiene pensado cumplir. Y así la veo yo, a la luz del salvoconducto que nos otorgamos mutuamente.

-PatriShaw-

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