La educación sentimental (I)

friends?

Nunca supe entender su predilección por los coches antiguos y las bicicletas de época, destartaladas, que recuperaba de los garajes más oscuros para volver a poner en plena calle, bajo los ojos de una sociedad que aún no le tenía el pulso tomado al rescate de lo ahora denominado vintage. Será por eso que su casa, así como su chaqueta y su pelo, tenían un olor de otra época, mezcla de polvo, humo y pachuli, que no conseguía perderse ni tan siquiera después de una carrera cuesta abajo en bici, a pleno viento. El volver a subir ya era otra cosa. Los últimos 20 metros eran de un empinado brutal: un camino estrecho bordeado por un muro bajo que se doblaba como una ese por la mitad. Yo no era capaz de llegar en coche. Con mi inexperiencia de conductora novel, se me calaba justo en el centro de la pendiente, relegándome a un abandono del que me rescataba él con una sonrisa, la misma que le trenzaba los labios al trepar por el mismo camino con la bici de tubos negros y guardabarros blancos.
Su garaje estaba a dos de distancia del mío, en una hilera de puertas de madera que se dividían por dentro con redes de malla. Nos separaban un Fiat Punto negro y un espacio de 18 metros cuadrados que esporádicamente ocupaba un Ford gris. Allí colgaba sus bicicletas, las que un día fueron tal cosa y que, probablemente, volverían a serlo después de pasar por sus manos y por la atención metálica de una caja de utensilios que descansaba ordenada contra la única pared de cemento del cubículo. Al salir por la puerta trasera de mi edificio, muchas veces me lo encontraba allí, arrodillado en silencio con alguna llave en la mano. Me paraba en la entrada y lo saludaba con una broma, sin necesidad de fingir interés por lo que estaba haciendo entre rayos y muelles. Probablemente me veía en contraluz, con la coleta alta y un bolso de tamaño variable apoyado en el hombro; algunas veces con unos libros en la mano y una bandolera cruzada, otras con un pintalabios y unos vaqueros algo ajustados.

Estaba casi siempre solo y abandonaba ese estado al sonarle el móvil y descolgarlo con camadería pronta y apremiante. Recogía y marchaba mecánicamente, algunas veces cuesta abajo y otras pasando previamente por su casa para recoger las llaves del coche, o de la moto de 125 caballos que dejaba en el cobertizo común,  al lado de mi bici magenta.

Reconozco que sentía una punzada de tristeza si durante días, al ir o al venir, no lo encontraba o no me lo cruzaba por el patio. Si veía que su plaza de aparcamiento estaba vacía, un poco de ese vacío se me contagiaba, como un vestigio del espacio desocupado que había dejado un pasado denso de juegos y de risas que se fueron apagando poco a poco sin que nos diéramos cuenta de que el ruido se tornaba en silencio, un silencio abrumadoramente tupido. O quizás fuera lo contrario y, al no existir nunca nada, era la sombra de lo mucho que hubiera podido ser la que envolvía todo con su abrazo cetrino.

Teníamos en mismo reloj, sin que fuera adrede. Era marcadamente masculino y bruto, pero el peso de su esfera en el pulso me hacía sentir bien, mejor que las pulseras de abalorios que nunca me acordaba de poner. El mío marcaba las 17:14, el suyo, quizás, unos cuantos años de retraso. Ese día conseguí hacer llegar el coche al garaje, abusando de la primera y de lo rodado que andaba el motor. Bajé el portalón enganchándome de un salto, haciendo que, como contrapartida, se me subiera un poco la blusa. Recogí los libros que había dejado en el suelo y creo recordar que el que estaba encima de los demás era Orgullo y Prejuicio. Al levantar la vista y girarme lo vi. Estaba de pié con las piernas cruzadas, una mano en el bolsillo y otra acariciándole la nuca en la que llevaba el pelo muy corto, poco más que al rape. Me miraba divertido pero sin reír abiertamente, con esa cara de niño bueno que no le había abandonado desde primaria. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos –no desde tan cerca, por lo menos–. Se acerco dos pasos y me dio tres besos. La mejilla izquierda repitió. No me preguntó nada sobre cómo me iba la vida y yo tampoco, aunque me hubiese gustado hacerlo. Lo que no pude evitar fue mirarlo fijamente a los ojos, tan azules como siempre pero ahora más turbios de los que yo recordaba. Él tampoco apartaba la mirada, pese a que los míos siguieran siendo del insignificante marrón de siempre.

Estaba buscando a su amigo que no veía desde hace meses y lo esperaba delante de su garaje porque necesitaba que le echara una mano con una vieja bici que había encontrado en el sótano de su abuelo, una de esas que utilizaban los carteros 50 años atrás. Recordé que en secundaria siempre me robaba la mía (porque le gustaban los amortiguadores, decía) o se las ingeniaba para que las intercambiáramos durante el tramo de camino que compartíamos al volver a casa. En una ocasión hasta me la había subido al techo de la cubierta en la que las dejábamos al entrar al colegio, pese al candado y a lo trabajoso de la operación. Y así se lo dije mientras caminábamos en dirección a mi portal. Por eso le dije también que no entendía como ahora le podían gustar las bicis antiguas. Riendo, él también me dijo que no lo entendía y me pidió que lo acompañara hasta el piso de nuestro amigo. Le pregunté por qué y también me contestó con una sonrisa encubierta. Nunca llegamos a su piso.

-PatriShaw-

Boy-and-Girl

Anuncios

2 thoughts on “La educación sentimental (I)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s