El quinto elemento

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Existen personas que llevan historias en las entrañas e historia en la mirada, tanto que cada gesto que hacen parece una sucesión espontánea de narraciones susurradas a la memoria común. En esas personas, el peso de familia y la tierra es tan grande como el tronco robusto de un árbol genealógico de raíces profundas que alcanza a encorvar los hombros y producir chepa, pero que, según la necesidad, puede convertirse en una balsa de salvación segura y alegre que permite surcar los ríos, en calma o revueltos, de la realidad y de la fantasía.

En su familia, Rathen es el quinto elemento y, quizás, esa herencia de nacimiento no es para nada casual. Aristóteles pensaba que el éter representaba el quinto elemento, una esencia más sutil y perfecta que las otras cuatro que formaban el mundo terrenal y que, a diferencia de esas, se movía en forma circular, justamente como la historia, que sube y baja en sus ciclos al compás de la sucesión de ese mundo supralunar que es feudo y materia del mismo éter. Un mundo donde la luna es un centro focal, como lo es para el devenir de las mareas y para los nacidos bajo el signo de cáncer, que se ven abocados a vivir mecidos por oleadas cambiantes que transportan los aromas y los hechizos de sus propios deseos sumergidos.

Llega con mirar a Rathen para comprobar que la metafísica la envuelve como una capa, o como la bata blanca que la acompaña en sus aristotélicos deambulares diarios entre la ciencia y el arte, cuando cura humanidades que exigirán que después ella se aplique la sanación que regalan las musas. Su misma y evidente belleza es etérea, y la fragilidad que pueden desprender su figura sutil y su piel clara se ve abocada a guerrear sin cuartel con su carácter firmemente decidido a no percatarse de su fortaleza. Historias encontradas, como si en ella convivieran a diario “La delicatesse” de Audrey Tatou, con su media melena francesa, y el ímpetu del pelo despeinado de las “Historias de Philadelphia” de Katharine Hepburn. Suavidad y temperamento; una tormenta de nieve que seduce con su caos ordenado y su fuerza liviana, embotando los sentidos como éter etílico bien administrado. Polos opuestos cuyo magnetismo antagónico maneja el equilibrio entre dos mundos que se mezclan como las melodías de Arcade Fire y conviven tras las puertas de una mirada de ojos grandes que lo observan todo con la sagacidad de una doctora y lo ven con el desgarro de una poetisa. Porque Rathen no puede dejar de ser una Sylvia Plath encerrada en su campana de cristal; una bóveda bajo la cual da cobijo a los pocos afortunados que tienen la capacidad de no chocar con el vidrio pulido y, así, pueden contemplar, al amparo de su siempre cálida hospitalidad, el alto e inmenso éter que todo lo envuelve.

-PatriShaw-

Katharine Hepburn

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