Lugares de placer

expiación

 

Siempre me impresionaron los lugares donde imperan los susurros y las miradas furtivas son las señas de identidad de culpabilidades mal disimuladas. Me gustaba ir allí en los días grises, de lluvias finas e intensas, de esas que empapan la moral antes que los adoquines. Olvidar las penas y la vida sumida en el calor libertino que se pegaba a los cristales sucios con vistas al asfalto mojado.

Era el sitio ideal para el polvo. De hecho, el polvo lo impregnaba casi todo, con ese erotismo erosionado que recubre las conciencias a medio funcionar. Allí casi nadie se miraba a la cara. Los toques húmedos eran los dueños de un lenguaje universalmente secreto, dónde todavía mandaban los dedos y los labios se movían a medias, siempre mudos en el clamor de decenas de lenguas silentes como serpientes, capaces de levantar suspiros y perdiciones a partes iguales. Las luces blancas quemaban las pupilas dilatadas por la resaca de todo lo que peregrinaba en el aire viciado por el sudor de los que se quedaban boca arriba o apoyados en los codos, exhaustos y cautivados por esa clase de pereza que vuelve a acompasar la respiración al ritmo de los deberes que regresan martilleando a la cabeza. Se escuchaban los golpes cuando los índices no daban abasto para saciar las ansias o pregonar la frustración de no encontrar alivio a las dudas. Era la violencia de la caída súbita de miles de árboles que se aplastaban entre corsés estrechos como los de las cortesanas al haberse acabado el deseo o las fuerzas.

Algunos tan sólo miraban, otros acariciaban furtivamente las pieles que contenían secretos e historias, otros más vagaban en mundos paralelos como drogados por el sadismo y el masoquismo del placer, con las narices perdidas entre esencias ajenas que se pegaban al cuerpo como el perfume del humo que allí estaba prohibido. Decenas de llamas prendían a diario, pero ninguna capaz de provocar incendios que se extendieran más allá de los cuerpos solitarios que se amasaban o se aislaban en un recogimiento de voyeurismo compartido, tachándose de bordes y quedándose en el hilo de la navaja del insulto, musitado entre labios huérfanos de cigarrillos.

Y allí estaba yo, pensando que sería bonito hacer el amor en aquel lugar y gemir quedándose sin palabras al estar rodeados de letras. Porque las bibliotecas sirven para eso: para enamorarse apasionadamente de todo lo que nos cuentan, nos dan y nos quitan haciéndonos dudar, transformándonos pausadamente desde dentro hacia fuera, kafkianamente, maquiavélicamente, con una expiación dantesca, como la seda de Baricco en las mil y una noche en las que somos quijotes aferrados a los brazos de sus molinos de vientos cálidos como los del trópico de cáncer que nos consume en la agonía de saber que nuestras pasiones no son más que tinta derramada que se nos derrite entre los dedos.

-PatriShaw-

Biblioteca desayuno con diamantes

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