Las horas

las horas

A caso, ¿no es el tiempo perdido el que más nos llena? Me lo pregunto a menudo, aunque no tanto, durante los minutos vacíos que se escapan como granos de arena en la clepsidra de las horas ermitañas; cada uno como un pensamiento errante que transporta dudas ligeras que se posan en el fondo de una consciencia volátil, dejando surcos que desvanecen al soplar la insistente brisa de los suspiros que acompañan los bostezos.

Y eso advierto adormilada por el vaivén de sol y sombra, embriagante juego de cartas cambiantes que derrama sobre mi rostro el tapiz del cielo al mezclar la baraja del tarot con la mano izquierda de la oscuridad, ganando así la otra mano de ese poker que evita la caída de fichas de lluvia.

El flujo de conciencia, que como un río me nutre de corrientes alternas, me lleva susurrando a lugares eléctricos. Liquidada de sosiego, muevo los dedos al ritmo ahogado de la guitarra de Jeff Buckley clamando el último adiós, mientras las hojas de hierba me lamen la palma de la mano, como gitanas aventuradas a predecir el futuro cercano.

En ese dulce calor se congelan los impulsos y se relajan mis pulsos. Las pupilas quedan ciegas a todo lo que nos es aroma de cerezas verdes, y la lengua descansa en el idioma del silencio. Invadiendo los dominios de la tarde y del sol ardiente, languidezco en la limerencia del arrebol y me relamo en la hoguera de vanidad que derrite las horas.

-PatriShaw-

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