La educación sentimental (II)

La educación sentimental II

Era una época en la que yo llegaba andando a todas partes, incluso a aquellos sitios a los que no me proponía ir. No llegaba a contar los pasos porque, de alguna manera, parecía que mi podómetro interno se acompasaba con los latidos de un corazón que marchaba a una velocidad de crucero constantemente variable aún en las distancia predecibles.
Aquella noche bajé la cuesta y pasé por debajo del viejo puente por el que circulaba la ferrovía. Los trenes tenían toque de queda y no viajaban después de las nueve, pero el peso férreo de la estructura compacta imponía su respeto a todos aquellos que lo utilizaban para cruzar las vías por debajo, como cobardes honestos. Conocía el camino de memoria. Lo tenía cartografiado en esa parte de la retina que se pega a los recuerdos, de modo que permitía a mi mirada revolotear entre la punta de hierro de mis Dr. Martens y el baile disuelto del vaho que se me escurría de los labios lamiéndome el paladar. Tres pasos de cebra, dos semáforos y un callejón poco angosto después se acabaron las cuestas y las cuentas y llegué a la casa de Paco. No sabía si era la primera o la última, pero no tenía la paciencia suficiente para aguardar en la entrada, pese a lo apetecible del banco de piedra pulida que ya conocía la forma de mis caderas. Tocar el timbre hubiera sido demasiado estridente. Golpeé el cristal con los nudillos, arrepintiéndome al instante pero repitiendo la operación dos veces más, porque el frío corta a la primera y se derrite con la perseverancia y la fricción.

Dentro, el ambiente viciado olía a la densidad de una noche sin planes. El sofá aterciopelado me acurrucaba entre los humos que bajaban y subían, según la conversación. Con las piernas estiradas o con las rodillas cruzadas, esperábamos a Luca como a Godot, con los manierismos beckettianos de un grupo de almas ancladas en la serenidad de una tormenta fingida. La calma imperaba, espesa como el calor que embotaba el salón y turbaba alguna mirada.
Le veía constantemente la nuca, que me invadía el campo de visión como una torreta en una trinchera. Estaba sentado a los pies del sofá, y más de una vez mis dedos desertaron para llegar a su frente. Él se giraba sin prisa y dejaba de estar firme. Me preguntaba si quería un Philip Morris, bien sabiendo que ninguno de los dos fumaba, y yo negaba con la sonrisa rendida de quien casi sucumbe pasiva ente fuego amigo. No me tenía aún calada.
Yo necesitaba una bocanada. Me ofrecí para ir a comprar cerveza a la única gasolinera del pueblo abierta las 24 horas, surtidora universal de necesidades tardías. En el patio trasero las motos tenían las llaves puestas y los sillines mojados por la escarcha que escondía el paisaje tras un opaco velo grisáceo que parecía amortiguar los sonidos. No me dio ni tiempo a levantar el caballete. Ya me había arrebatado el manillar de las manos, aduciendo que conducía el que tenía guantes, al modo Mario Andretti. Podría haber vuelto al calor del salón y dejarlo ir solo; podría haber sido más fiel a mí misma y haberme encaramado en el sillín de la otra moto lanzando batalla, o haberle retado a que recuperara su feudo con la fuerza; podía haber sacado y aceptado el guante, pero la noche era de bandera blanca y clamaba a la tregua, así que me senté detrás de él rehusando la beligerancia y los cascos también. Aceptó el viento frío en la cara, pero no quería ir sin cascos, así que, retador redoblado, me ofreció un auricular, colocándose el otro en la oreja. Ganó la batalla de la literalidad, conquistándome como le ocurrió a Sophie Marceau en esa fiesta de los 80.

Era de esas  raras personas que creían en el potencial del MiniDisk, soñador tecnológico más allá de la mordida a la manzana. Arrancamos entre chirridos de motor y notas. Me dejé fascinar por Scar Tissue de Red Hot y  temblé un poco con Iris de Goo Goo Dolls y el frío del aire que me azotaba las piernas, antes de llegar a un destino que me hubiese gustado postergar para proseguir ese abrazo motero que me permitía esconder las manos en sus bolsillos. Al aparcar en la parte trasera de la gasolinera le devolví el auricular y le pregunté socarrona por las sorpresas que escondía su lista de reproducción, siguiendo a horcajadas sobre el motorino Piaggio que el ya había abandonado, dejando en estrecho sillín todo para mí. En la penumbra del aparcamiento se le iluminó la sonrisa, esa que siempre quedaba eclipsada por los faros azules que le coronaban la nariz griega. Se apoyó en la barra de la barandilla que separaba el cemento del descampado que se perdía hasta la orilla pedregosa del río que habían encauzado años atrás y que fluía tranquilo bordeando el parque con la fuente en forma de cono en el que, algunas veces, jugábamos cuando éramos pequeños, metiendo goles más inocentes. Me ofreció el auricular derecho y me senté a su lado, sintiendo el tacto del metal congelado traspasarme los Levi’s desteñidos. Nos olvidamos de hincar el codo mientras, codo con codo, le poníamos notas a las canciones que nos embriagaban, tomándome a mí por sorpresa y volviéndolo a él beodo de satisfacción. I don’t want to miss a thing, What’s my age again, Qualcosa di Grande, Erase and rewind, Torn, Bittersweet symphony, otra Iris, la de Biagio Antonacci… Pentagramas de la vida que nos rodeaba esos días y que nos entraba por las orejas para salir comentada por las bocas ávidas. Con esos pases y compases era casi inevitable que la sesión terminara con los pocos términos en inglés que comprendíamos bien: Thank you y Save tonight. La sonrisa se me había traspasado y congelado en la cara, por la música o por la osmosis de su brazo pegado a mi espalda, pero me extrañaba terriblemente la selección de los temas, que le pegaba menos de lo que hacía el calor en una noche de febrero. “A veces los índices se cruzan más de los meñiques, sobre todo cuando se reta a la suerte y no se quieren hacer promesas.  Es la mejor manera de que los temas se hagan interesantes”. Fue una frase que tuvo el poder de congelar y derretir a la vez, quizás por eso tuvo que tenderme la mano para apremiarme a caminar hacia la tienda, donde con la esperanza de que no nos pidieran carnets compramos dos packs de Heineken heladas como ya lo era la noche.

Colgamos la bolsa del manillar y arrancamos despacio, trotando por la avenida principal que habíamos evitado antes, convencidos por el poder de haber burlado la ley de que en la soledad de la noche la calle también podía ser nuestra. Pero la arrogancia es como un escupitajo hacia el karma y se vuelve siempre del lado del señor Murphy. Apareció una patrulla de tráfico, escondida entre los soportales de un viejo gimnasio al que habían vuelto a acudir los chicos adolescentes, atraídos por los precios y las posibles ganancias. En la ignorancia de nuestra candidez, sabíamos maliciosamente lo que había que hacer: me encaramé hacia atrás para tapar la placa de matrícula con un pie, mientras que la moto subía a la acera para meterse en el patio del colegio de primaria que mantenía siempre las vallas de hierro abiertas. Cruzamos a pequeños trompicones los soportales adoquinados para salir por el otro lado, dando a un caminito de tierra que bordeaba el campo de fútbol sintético. Le pedí a medio grito que parara, ya que en lo acrobático de la operación de huida había apoyado la pierna en el carburador y me había quemado. Bajé de un salto mientras el apoyaba el Piaggio contra la red metálica que rodeaba el campo, y me senté con poca elegancia en el suelo. Justo a la altura del tobillo, la pierna del pantalón lucía de un amarillo chamuscado, y la arremangué para valorar daños. Tenía un redondel del tamaño de una moneda enrojecido en la parte interior de la pantorrilla. Él cogió una botella de cerveza y me la apoyó justo allí, verde sobre rojo, un curioso semáforo de advertencia muda. El vidrio estaba templado, su mano más fría y ya la sabiduría popular indicaba que eran los corazones los que estaban calientes, más siendo un 14 de febrero.

Y así los daños colaterales son los que dejan cicatrices, especialmente en los que quieren jugar con máscaras a ser Bonnie y Clyde, marcando los cuerpos con fuegos fatuos que indican las direcciones que tomaron las decisiones. Quizás por eso, tanto en el cuerpo como en el alma, fui trazando el mapa de mis recuerdos, en el que las canciones de 1999 son las piedras brillantes que siguen punteando el camino de vuelta al tiempo que en mi cabeza yo recuerdo como hogar: la época de mi educación sentimental.

-PatriShaw-

https://epidemicas.wordpress.com/2014/12/27/la-educacion-sentimental-i/

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