MI PRIMER MUERTO

 

Mi primer muerto se llamaba Pepa, y era un muerto viejo. En los vagos recuerdos de una niñez remota, soy aún capaz de reconstruir las escenas que rodearon a su velatorio. El pertinaz silencio, la campana de la iglesia y su cadencia pretenciosa, las velas,  las flores por toda la casa…  el mutismo reflejado en caras largas.

Bajo la puerta de la habitación se escabullía un resquicio de luz. No sé si era verano o invierno, ni si tenía cuatro o cinco años. Tampoco recuerdo si llovía, aunque creo que no podría ser de otro modo. Asomé la cabeza y vi aquella vieja gran muñeca recostada en la cama. Le habían puesto la pañoleta negra, como siempre, y las medias de lana. Mi madre y mi abuela le colocaban la rebeca de los domingos, y sobre las manos cruzadas en el pecho, titilaba un hermoso rosario blanco. Desde la puerta, yo observaba sin ser vista. Hasta que no pude reprimirme. Quería que me dejaran jugar con la muñeca grande de mi tía Pepa, así que me acerqué y le toqué una mano, suavemente al principio, con insistencia después. Al silencio se le sumó entonces la percepción de un nuevo frío, y con el infra estimado entendimiento que tienen los niños, comprendí que había conocido el final de algo, y me pareció bello y terrible.  Creo que no pasaron ni siquiera horas antes de que lo olvidara, pero a lo largo de mi vida esa escena a veces me interrumpe. Serpentea entre otros pensamientos hasta presentárseme, clara y nítida, con su tenue luz, su frío y su olor a café para no dormirse… Pienso entonces en mi primera muerta, mi tía Pepa. Una muerta vieja. Se había pasado años entre los desaires de la demencia senil y los arrebatos de genio propios de una hembra de carácter; sus últimos días anquilosada en una cama de forja, bajo la colcha de flores que mi madre “guardaba para casos de urgencia”.  De vez en cuando, aunque me lo tenían prohibido, me escapaba a observarla convaleciente, a escucharla en sus soliloquios de orate, y no cejar en el empeño de jugar con el tubito que le habían introducido por la nariz para alimentarla con con papillas. Tardé en darme cuenta de  por qué mi padre aborrece el sonido de las batidoras y la textura de los purés.

A mi segunda muerta no me dejaron verla, por ser yo muy niña, dijeron. Sin comprender que ya había visto otra antes, que estaba preparada y entendía  lo que significa un final, sobre todo si ese final incluía el del dolor. Solo me contaron que estaba muy guapa, aunque yo me preguntaba cómo era eso posible. Me enviaron a jugar al escondite con mi sobrino pequeño. De ella me quedan retazos: unas gafas de pasta, una bolsa de pastillas, una larga, larguísima trenza de pelo blanco, el fuego y los ojos azules.

Y después, en la efervescencia de mi juventud apocada, sobrevino él. Que sigue igual de presente todos los días, de una manera u otra, dentro de mí, y también en lo que hago y pienso. Y no creo que esté esperándome en aquel cielo de algodones que me contaron. Yo solo doy gracias porque al muerto más grande de mi vida, al gran amor de mi niñez, le restaron fuerzas para esperarme, y me dejó abrazarle antes de irse.

A estas alturas de mi vida, sigo buscando la serenidad con la que mi yo de 4 o 5 años observaba la muerte a través de una puerta entreabierta, sin aspavientos ni excesos.  Porque ahora, pudiendo ser llamada ya una “mujer adulta”, no  la soportaría rondándome… y la temo, la odio y la respeto.

Este mundo tiene cosas muy extrañas.  Si bien podría decirse que soy respetablemente feliz, a veces aún me cogen desprevenida los arrebatos de una tristeza marchita, plena de melancolía y desencuentro. A los cuatro años acepté que mi tía Pepa estaba muerta, sin explicaciones. A los treinta y uno continúo sin conformarme conmigo misma. Odiándome y queriéndome de igual forma, con desmedida incoherencia, por momentos arrebolada de ira y frustración. Sigo sin soportar más de unos segundos seguidos mi reflejo en el espejo, mi falta de agallas, de tesón… mi falta de inteligencia en lo que añoraría como una mente preclara. Hago las cosas más raras e incomprensibles, como intentar ser lo que no soy. Pero es difícil y en ocasiones me siento cansada. Hoy es uno de esos días. Estoy cansada. Muy cansada. Tanto que querría coger un avión hacia 1992, quizás. En aquella niñez desenfadada entre la gente del campo. Puede que hacia tierras lejanas, donde nadie me conozca, y nadie se sorprenda si le digo que soy yo, Rathen, un endriago débil y cobarde, que ha intentado suplir su falta de inteligencia a base de leer demasiado. Entre lecturas de madrugada y maquillaje a hurtadillas para ocultar una cara vulgar, se me ha quedado un ojo más grande que otro, la lengua pequeña, las pupilas indecisas y las dudas tatuadas.

Pero es que es así y no puede ser de otro modo: a veces, el mundo, tiene cosas muy extrañas. Lo que yo no sabía a los cuatro años es que acabaría cerrando ojos a muertos que no me pertenecen.  Sintiendo el último pálpito de la vida de desconocidos, entre el olor dulzón del hospital y el frío húmedo de los cuerpos que han dejado de existir. Y en esos momentos, todos los ojos parecen azules y todas las vidas parecen lejanas.  Por más que una no sea lo inteligente y bella que quisiera,  tanto lo uno como lo otro carecen de importancia. Entonces pienso que debiera reconciliarme conmigo misma. Pero hoy, estoy cansada.

Muy cansada de un ayer agotador.

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4 comentarios en “MI PRIMER MUERTO

  1. Yo recuerdo vívidamente a mi primer agonizante… A los cuatro o cinco años me llevó mi tía abuela a casa de una vecina que “estaba despidiendo”, que se dice en mi zona. Rezamos un rato y nos fuimos cuando llegó el cura a ponerle los “santos óleos” Me dio pena… Mucha. Ver que aunque respiraba “ya no estaba” con nosotros, sino solo consigo misma, estaba convencida de que aunque no hablaba (bastante tenía la pobre con respirar) era plenamente consciente de que eran sus últimos minutos. Terrible.

    Supongo que rezamos de todo: Padrenuestro, Salve, Credo… Y una oración que ya no recuerdo, pero de la que se me quedó grabada a fuego una frase: “… guárdame de noche y de día y en mi última agonía” Con lo pequeñita que era comprendí que realmente era la última agonía de aquella señora y que por lo que rezábamos en realidad era por una muerte rápida, tanto para ella como para nosotras mismas cuando nos llegase el momento.

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