La soledad de los números primos

2680_3feb

Quiero que me lleves por la Ruta 66 y vivir esa aventura que está a dos pasos o a veinte mil leguas de viaje submarino por los siete mares en las mil y una noche que la separan de nuestros dos dedos de frente. Una vuelta a nuestro mundo en ochenta días, marchada sobre la danza de los siete velos, que caerán al pelar la media naranja. Poco importa que estemos a dos velas, porque cada dos por tres se nos acaban los cuartos, como a las doce campanadas de fin de año.

Puedes añadirle un seis más y convertirte en ese diablo que tiene un genio de mil demonios y puebla mis siete infiernos, esos que quedan alejados del séptimo cielo de los cuartos hechos de camas gemelas deshechas y sábanas  revueltas a modo de testigos mudos del paso de noches cabalgadas imitando los cuatro jinetes del apocalipsis, en un intento vano por abrir los siete sellos de ese libro aún no escrito que intentamos leer cincuenta mil veces. En el curso de esas batallas a doce asaltos de violencias ávidamente fingidas, nos cantamos las cuarenta al ritmo del veintitrés de Jimmy Eat World y siempre nos llevamos a las mil maravillas. Sofocados por los 451 grados Fahrenheit que nos queman por dentro, nunca nos dejamos a medias, pese a no dar ni una poniéndonos de vuelta y media amenazándonos mutuamente con que quien ría el último reirá dos veces. Y así noche tras noche, aunque nos den las diez y los once, las doce la una las dos y las tres, siguiendo en nuestros trece, porque sabemos que a la tercera va la vencida y no cesamos en el empeño de recaer en los errores fugaces perpetrados a ultranza, chocándonos los cinco a cada fracaso.
Quizás sea esa la quinta esencia de lo nuestro, o la quinta columna que sostiene el empeño de buscarle tres pies a un gato que es más chulo que un ocho y ya ha desperdiciado sus siete vidas metiéndose en camisas de once varas, camisas que quedan esparcidas en el suelo como las medias de las que me desprendo antes de contar hasta diez cuando sonriéndome sin decir una palabra te quitas los zapatos como un charrán de siete suelas.

Y seguiremos catorce días y quinientas noches más diciéndonos cuatro cosas al oído, bajando el tono de una octava para que los susurros no traspasen la novena puerta de nuestro lado irracional. Ebrios de quintos de vino sorbidos de dos en dos como diezmos ofrecidos en cuaresma a los doce dioses del Olimpo, le pediremos a Alibaba y sus cuarenta ladrones que roben por nosotros tres deseos antes que nos rescate ese odioso séptimo de caballería que representa una agonía en ocho espantos. Seremos una historia de dos ciudades que juntan sus límites en el quinto pino, en ese punto irreal en el que se matan dos pájaros de un tiro al ver caer cuatro gotas mientras mil soles espléndidos disipan los cien años de soledad que sufren siempre sin piedad aquellos insensatos que tratan de estar juntos sin poder, como dos números primos tercos que no se pueden tocar y sin poder entender de sumas o restas no quieren dividirse más que por si mismos.

-PatriShaw-

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s