La edad de la inocencia

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Es como buscarle las cosquillas a alguien que no es capaz de encontrar la risa. No hay mapa que pueda orientar esa pesquisa, ese ir por la vida con el reloj como brújula, con los minutos pisándonos los talones al llegar sistemáticamente tarde porque cuando miramos la esfera se ve reflejado el número de nuestras huellas. En ese pulso siempre perdemos el tiempo y no somos capaces de perdernos con ese deambular deseable del turista raptado por el síndrome de Stendhal, ese incauto que nos acelera los latidos y nos ralentiza los pasos. Nuestros secuestros se gestan delante de pantallas iluminadas que nos llevan a rincones oscuros, lejos, muy lejos, de las noches blancas que decimos desear y que acabamos frustrando a golpes de flashes que creemos disolverán un día algunas tinieblas del olvido, pero que acaban siempre destruyendo los colores en presente de ese efímero momento del vivido, fugaz como la estela de matices de la aurora que trata de coexistir con la noche y el día, escapando a la vez de uno y de la otra.

Prófugos de todo, enamorados de poco, moradores de nada. De esa nada que tenemos dentro y en la que nadamos como anguilas, coleando sinuosamente para escapar de ese vacío lleno que nos rodea desde dentro, embotándonos sentidos y pensamientos en la plenitud del deseo, que es el fugitivo por excelencia, ese que nos corre delante, o de lado, o entre los dedos, pero que nunca conseguimos alcanzar, no porque seamos lentos o débiles nuestras brazadas, sino porque es como una sombra distorsionada en el agua, una proyección que no existe más allá del valor que le damos: una nada hecha de todo que se convierte en un todo que es nada… Por eso seguimos nadando, buscando a ese Nemo que envestiremos como capitán momentáneo de nuestras vidas, gobernador de nuestros viajes resoplados por los vientos fatuos de la ilusión o el desaliento.

De aquí para allá, como reyes, reinas, caballos o peones en un tablero que nos hace zigzaguear cuando queremos ir rectos, porque la derecha y la izquierda ya se han perdido en otro improbable pulso entre un diestro y un zurdo, rozando el absurdo de dejarnos en un centro sin marcos, una marquesina flotante con techo de plata pulida, que separa los de abajo de los de arriba, creándoles a los primeros una falsa ilusión de cobijo decorada con caras de sonrisas falsas reflejadas en la bóveda hacia la que extiendes los brazos, mientras que es pedestal para los segundos, que pisan desde lo alto, deslizándose entre las nubes ya sin mirarse la punta de los zapatos, seguros de no tener que enfrentar una caída amortizada por tipos variables. Y ahí esperamos el tren que nunca pasa, con la vista fija en los binarios sin darnos cuenta de que es tiempo de aviones, que los caminos ya no van apareados por el lodo, sino anárquicos por los cielos de los que nos acordamos sólo para pedir favores que serán desatendidos mecánicamente, como en las mejores administraciones.

E invertimos ese tiempo pensando, recreándonos en el anhelo de compartir la existencia, la comida, la cama, las opiniones, sin percatarnos que es precisamente el pensar el único acto que nos define y el sólo ejercicio que no podemos ejecutar con otros, porque sólo ocurre en nuestra cabeza, sólo se piensa a solas, ente muros sinápticos que marcan territorios asolados. Que alguien entre en nuestra mente es algo que ocurre muy raramente, es una invasión consentida esporádica. No es un acto reflejo que nos sea natural hacer o recibir, más bien es un reflejo de acto, una especulación que se vuelve una máscara intrigante y sedicente que seduce, a la que cedemos después de una lucha mejicana cuidadosamente coreografiada que emborracha como el tequila. Y nos rendimos, claudicamos, capitulamos ebrios, porque no queremos estar sobriamente en tierra de nadie, ni sombríamente en la nuestra propia; queremos abrir las puertas y las pupilas para que se nos dilate el espíritu, dejando pasar a aquellos capaces de leer capítulos aún no escritos, para darles la pluma que siga trazando historias o que les sirva como excusa para buscarnos las cosquillas, esas que nos devuelvan a la edad de la inocencia en la que hasta los lloros empapaban las risas.

-PatriShaw-

 

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2 comentarios en “La edad de la inocencia

    • Hola, soldadito.
      Al escribir yo pensaba en que el tiempo cambia las cosas e incluso las cosas cambian el tiempo. Y en el medio de esa complicada maraña cuántica, sí que hubo un momento en el que éramos inocentes y libres. Quizás fuera la infancia…
      De todos modos, que el texto te haya hecho pensar en eso es un gran logro y el mejor objetivo que se pueda desear.

      Muchas gracias por tú comentario. Enseguida nos pasamos por tu blog para ver tus reflexiones. 😉

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