ASI QUE ME FUI A LA PLAYA.

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Mientras sufro un terrible cólico espiritual, y hallándome completamente desubicada ante el caos circundante, el coche es un guardaespaldas legítimo. Tan legítimo como matarse a pastillas. O a chocolate. Y una mujer cualquiera (o sease:  yo)  se pone el cinturón, enciende la radio, despotrica un rato de la música en España, y arranca.

Tras sintonizar la emisora adecuada, quizás el asfalto se deslice a golpe de notas y se convierta en salvoconducto hacia la libertad. La libertad, esa cosa. Donde todo empieza y donde todo acaba … “So far away”. No sé vosotros, yo solo la encuentro mientras conduzco hacia ella. Si el motor se apaga, estoy perdida. Qué tedio, carajo, la puñetera vida real.

El viernes hizo un sol deslumbrante. De algo me enteré a través de las rejas del hospital. Hoy, por joder, el mundo de los humanos es Mordor y cuervos de un solo ojo acechan entre la niebla.

Me desperté con ganas de mar y viento, con ganas de reflexionar sobre rollos vitales. Eso es, reflexionar. Está bien Rathen, molas. Y mientras zigzagueaba con los Be Gees… me imaginé ya en la playa. Una mujer solitaria, intelectualmente preparada para afrontar los desdenes del pensamiento consciente. Lo mejor sería acompañar la escena con café para llevar, envuelta en una estilosísima e inmensa bufanda a cuadros color añil. Entonces, si alguien (pongamos por caso, Hugo Silva o Bruce Springsteen) caminase por el paseo marítimo, allí me vería: sentada en la arena, con mi humeante vaso térmico, leyendo a Kafka. Sería un “dancing in the dark” cojonudo.

De Roy Orbison a la bahía de San Francico. Pesamientos profundos: hay que matar a los que ponen “no pain no gain” en sus redes sociales. Amigo mío, no sé… tu puto Runtastic le suda la polla al mundo.

Me pregunto por qué acabé en el mismo arenal de siempre, una vez previsualizadas las fotos que subiría en instagram… Debiera variar más de costumbres.  Por cierto… el otro día se me ocurrió una pedazo de frase: “más vale cerrar una puerta mal abierta que intentar abrir una mal cerrada”… ¿o era al revés? No estoy segura. Joder, me vine arriba, y empecé a escribir una especie de ensayo sobre la ceguera a lo Rathen. Soy bastante patética, que queréis… me parezco tanto al puto Coelho que a veces doy miedo.¿Y esto a qué venía?… en fin…

Llegué al muelle a eso de las doce del mediodía, hambrienta, y entré en una cafetería deliciosamente decorada: Flores secas sobre las mesas, cubertería vintage, un camarero gay con camisa de cuadros y, de fondo, Ray Charles. Pedí café con leche, zumo natural y magdalenas. Y diréis… a mí qué carajo me importa lo que comes. Nada, ciertamente, querido colega. La verdad es que estoy acojonada. Me dá miedo acabar siendo una de esas quinceañeras metidas en la treintena que necesitan retratar su dieta y compartirla en Facebook… sus selfies, la laca de uñas, sus  nuevos tenis marca Ascis y el día del ciclo menstrual en que se encuentran… jeje, porque por fuerza eso significa que estás más sola que la una, y que no te aguanta ni cristo… es una tristeza, una profunda tristeza… El averno mismamente.

En serio, como diría mi vecina Ramira, ni orden ni concierto, nin modo nin xeito… Esto que escribo es un desvarío con todas sus letras. Pero por mis órganos internos que lo publico. Estoy absolutamente decidida a hacer lo que me dé la real gana, y a manifestar mis locuras, por ver si así las legitimo.

Hacía un frío en la playa que para que os voy a contar. Y una que tiene el termostato muy alto y no sufre de cianosis acra, sin chaqueta. Regresé al coche a por algo de abrigo. Lo único que encontré fue una manta de sofá, con gatitos pintados sobre fondo verde. Manda carallo, ya se me fue a pique la idea del foulard de cuadros, a través del que se pierde un coqueto ricito de oro. Me gustaría ser rubia, la verdad. Fue muy injusto conmigo papá Dios.

Y otro profundísimo pensamiento me sobreviene: ¿qué hostias hace una manta de sofá en mi coche? Como os veo venir, os diré que últimamente soy un ángel asexual, y por tanto la explicación ha de ser otra…

En el paseo marítimo una vieja amainaba las iras hipercolesterolémicas vestida con bata de felpa. Bien, muy bien. La vieja con su bata de felpa, y yo con mi manta de gatos… una bucólica y entrañable escena.

Y bajé a la playa en plena efervescencia creativa, retratando las olas, las hojas, las piedras, las aceras y a cuatro miembros del pueblo uruk hai. Un poco afectada por haber perdido mi móvil con 12 megapíxels mientras lo abría con el cortauñas… porque con esta mierda inteligente que tengo ahora, no logro encuadrar la vida.

La putada es que café y zumo natural… tienen sus efectos…  e inmersa en una trascendental disertación sobre el sentido último de la existencia, (que no entenderíais,  pobres ignorantes), me entraron las ganas de cagar. Este es una tema muy poco literario, lo sé, y pido disculpas a la gente correcta que huye de lo escatológico como si nunca hiciera de vientre… sin embargo tal cual sucedió, tal cual lo escribo.

Todo lo veloz que pude, entré en el primer bar a mano. Que no era bar sino taberna, o mesón medieval, o antro predictadura. En una esquina del local, agazapados en la penumbra, cuatro marineros y sus barrigas jugaban al mus. Creo que fui el acontecimiento de la semana. Qué digo de la semana, del mes…  ¡¡del siglo entero!!. Lo que parecían mismamente una mujer, una manta y una cara de loca desesperada… irrumpiendo en el sacro templo de tales adustos navegantes.

En un baño de dudosa higiene, la deposición se hizo inversa, y no hubo manera de expulsar al mundo mis miserias internas. De cualquier forma, el sitio en cuestión era lo suficientemente sobrio como para enmarcar los pensamientos de Rathen. Valdría para una peli. Y me senté, ante las caras de desaprobación de los curtidos jugadores de baraja, que oscilaban entre lo machista y lo misógino.

El camarero,  con su rinofima, su hipertrofia parotídea y su exoftalmos, hacía gala de un hábito enólico cuidadosamente trabajado a base de años.

  • ¿Qué te pongo?
  • ¿Puedo cargar aquí el móvil? ¿en este enchufe de los años setenta tan retro?

O lo enchufo o me muero. Con su permiso o sin su permiso.

  • ¿Qué te pongo?
  • ¿Tienen Wifi?

Con total calma y resignación, mi camarero enolizado me confirmó que de eso no servían, pero que si quería un Viña Costeira y la tapa de callos. Criminal oyes, la tapa de callos, después del café y el zumo. Criminal.

Intenté por todos los medios alargar la mañana de alma errante y poetisa incomprendida… Pero hay cosas que el cuerpo no aguanta. Necesitaba el retrete parental.

De vuelta, en un cambio de rasante cualquiera, mis perspicaces ojos de artista incomprendida detectaron una vieja nave industrial rodeada de maleza. Con un certero giro de volante, me posicioné en el arcén, y bajé del coche imbuída del impulso creativo. Salté el quitamiedos, resbalé, me caí y me volví a levantar.

Una antigua fábrica. Y ahora sí me pongo seria. No sé cuántos pájaros habría ahí dentro, pero hacían un ruido endiabladamente agradable. Anadeé arrastrando los pies sobre el barro, y entré al edificio. Las vigas de madera amenazaban con caerse, y todos los seres vivos de aquel universo se callaron al intuír mi presencia. Ahora mismo no entra dentro de mis planes el morirme, aunque claro, tampoco pongo la mano en el fuego. Soy mucho de cambiar de opinión. Pero si me defuncionara en un momento dado, me gustaría descansar por toda la eternidad dentro de aquel edificio maldito, lleno de pájaros, enredaderas y graffities en la pared.

Cerré los ojos para engullir toda la decadencia verde en que me hallaba. Y entonces…. El subconsciente me traicionó con compulsivas imágenes:  un violador con antifaz, un grupo de asesinos a sueldo, pequeños monstruos oscuros con colmillos ensangrentados, o la alta sede del crimen organizado queriendo torturarme…  El paraíso se tornó amenazante. “A ver si me van a matar, coño”… E  igual que entré, dando traspiés y tropezando con las tejas caídas, volví al coche. Saludé a la encantadora señora me observaba desde su ventana, estupefacta por el espectáculo. “Lo que yo te diga Manolita, una  chiflada vestida con una manta, intentando buscar algo escondido en medio de aquella basura, que te digo que era drogadicta o algo, la juventud está perdida… hasta se caía con la cogorza que llevaba, vaya por dios, María Santísima, qué pena…

Llegué a casa exhausta. La mujer del tiempo, en pleno brote psicótico, anunciaba la llegada del anticiclón.

Mami, quiero ser artista, y me quedé en escapista.

Y mi madre, que siempre me comprendió, se quejaba de los juanetes.

Ya en cama, me pregunto a dónde fui esta mañana. Pues a respirar, Rathen. Fuiste a respirar. Pero volviste igual de ahogada que siempre. Qué aburrimiento.

¿Cómo se hace para ir contigo a bailar en la oscuridad?

 

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5 comentarios en “ASI QUE ME FUI A LA PLAYA.

  1. Pra que romperse a cachola intentando xerar historias de ficción podendo simplemente, nun arrebato, irse a unha praia deserta de un pobo mariñeiro e comprobar que a tecnoloxía e so iso, cacharros electronicos, nembargante, a vida vivese a cada minuto, e mellor canto mais tola. Sei que non é bo rirse dos desvaríos dos mais, pero xa que che gusta escribilos, a algén (tamén o bastate deviado… desvariado, perdón) gustaralle lelos.

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