El sonido del silencio (the sound of silence)

bird-music-girl

Hace algún tiempo se han ido las notas. No me evalúo y trato de convivir con el silencio sosegado que se extiende entre los pensamientos mudos que invaden mi cabeza como soldados desorganizados, tropas anárquicas que quieren guerrear contra una cordura tiesa como las cuerdas de una guitarra mal afinada. Los acordes nunca se aproximan a un , ni traen ningún sol, como mucho se quedan en un mí, un mi bemol con el que estoy profundamente en desacuerdo desde algo más que algún tiempo. Quizás el problema sea el tiempo… o el tempo, porque al final es eso lo que guía la melodía. Pero me gusta sobremanera cambiar las letras y jugar con las palabras, por lo cual todo se queda en melancolía y eso crea una canción de ritmo menos acompasado. Si fuera anglosajona todo sería más fácil: las notas sería letras, no existirían las rimas y, en fin, la música sería otra. Allegro ma non troppo, supongo, aunque eso sería italiano y tendría más bien el sabor intenso de un espresso que corre rápido por la ruta del Chianti, ese vino embriagador que si le pones una ese delante significa “choque”, así que mejor no perderse en la traducción, eso es terreno de Sofia Coppola y conviene no deprimirse demasié.

Sí (la-do justo, o a la gallega bien fa-la-do, esa es la secuencia correcta), tiene que ser el tiempo, esa lluvia que cae insistente como las octavas negras en los espacios blancos de una partitura, gotas que repiquetean en los cristales haciendo de metrónomo a los días grises, acompañando la voz sibilina del viento que resopla en la caja de resonancia de mí mente ahuecada. Y así, de la boca me sale mecánico como de una caja de música el tarareo infantil de días de alegría perdidos: “la tarara sí, la tarará no, la tarara niña que la he visto yo”. Todo muy lorquiano, si no fuera por el acompañamiento de coros griegos más próximos a odiseas y medeas. Los recuerdos se conforman en una banda sonora que se adhiere al paladar con un gusto amargo parecido al de los caquis, mientras hiere los demás sentidos, aporreándolos como un bombo, al compás de los latidos de las sienes que dejan siesos los sesos a fuerza de querer luchar a favor del olvido y en contra del sentido común. En ese baile de pasos dobles hacia atrás, no hago más que pisarme los pies, orquestando al son de violines la violación de las disonantes normas que encorsetan mis gramos de mesura, dejando que el gramófono siga tocando el ya consueto disco rayado. Dosis tras dosis, una droga sonora de pensamientos en estéreo que no pueden más que tener siempre el mismo volumen, pero que se expanden en ondas hasta embotar la distancia entre el ahora y el ayer con el ensordecedor sonido del silencio.

-PatriShaw-

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