Correr y no correrse (2)

 

En este salón hay demasiada luz. La luz es un problema cuando sobra, así que me levanto y bajo las persianas.

A mi derecha descansa el móvil, la muñeca izquierda sujeta por una pulsera con sensor de movimiento. Grilletes creados por modernos mercaderes de esclavos. Al fin y al cavo son solo sutiles metodologías (¿o tecnologías?), manipulaciones futuristas para el estigma cotidiano.

Por último, sostengo el portátil sobre las rodillas, mientras me amenaza esgrimiendo un documento de Word. Vacío. Lleva vacío quince días (salvo un solitario punto y coma ¿? ocupando la parte superior).

Hay un perro. Podría haber también un gato. Sin embargo es poco probable, dado que los gatos me generan aversión.

Lo que necesito es café. Bien cargado, negro, “de pota” como decimos aquí. Opto por la receta tradicional. Y me sale bien, no hay casi nada que me salga bien. El café de pota, sí. Mejor, porque la pota en cuestión me costó 30 euros, en los Chinos. Me gustan los Chinos. Huelen a plástico, y esa es una verdad mayor que la que me suele contar la gente.

Ese puto Word torturándome. Lo aparto. Inútil.

El móvil empieza a vibrar compulsivamente. 250 whatsaps . Así que voy a info, borrar y salir. Me salgo de toda esa mierda cínica y frívola. Supongo que en unos diez minutos volveré a entrar, realizando una ruta ya conocida entre diferentes páginas (Facebook, Instagram, Twitter…). Perder el tiempo está empezando a convertirse en tendencia social. De todas formas, nunca encuentro ninguna respuesta en todos esos portales…si bien, y afortunadamente, aún conservo el don de la lectura, con el cual el círculo vicioso se rompe. Catarsis tradicional, lo llamo.

Veo varios selfies… es curioso el denuedo por amarse a uno mismo. Como si el ombligo propio fuese diferente del ajeno. Tampoco sé el motivo que nos lleva a vernos atractivos. No hay criatura más repulsiva que un ser humano. Si intento ser gato, ejercicio que practico ocasionalmente, solo puedo llegar a una conclusión: los humanos son una plaga destructiva y narcisista, y deben desaparecer. Bichos cabezones y pelados, necesitados de tutela parental hasta ¿los cuarenta años?…  no se puede ser ni más feo ni más inútil, coño. Por el bien de los gatos, no deberíamos quitarnos más selfies. Por el suyo, y por el nuestro. De lo contrario habrá un holocausto felino. Lo presiento.

A ver. Debería ponerle un título a esta cosa. Un minuto. Cinco. Treinta. No se me ocurre nada. Una especie de ansiedad, como un cosquilleo, empieza a subirme por el esófago. Viene de la vejiga, o del útero, quizás del ángulo esplénico del colon, y acaba por introducirse entre los dientes, como la última palomita del bol.

Un título. ¿Cómo voy a ponerle un título a esta…cosa?

Suena la melodía de la telenovela.  Algo de música clásica, parece conocida, seguro que la conozco. Sí, la conozco pero no me acuerdo donde la vi, en qué punto concreto del espacio y del tiempo nos encontramos las dos. Yo no me acuerdo de casi nada. Una pena. Me duele bastante. Seguro que si fuese una de esas personas cultas e instruidas estaría pensando: “ah, mon dieu, la sonata número 40 o 125 de este o aquel otro músico austríaco”. Me disculpa un hecho en particular: igual que dispongo aún del don de la lectura, también identifico el ruido. Como el que hacen Pablo Alborán, Dani Martín o una explosión nuclear. Así que detesto el estruendo de apertura para el siguiente programa. Un concurso de adivinar palabras, o completarlas, o inventarlas, no entiendo bien.  Si fallas te caes en un hoyo, un agujero negro que te traslada a otra dimensión. Como se ve que el universo se está separando aunque nadie sabe el motivo, si te caes en el agujero de ese programa… lo más probable es que tengas que orbitar entre satélites y polvo estelar hasta que te mueras. De aburrimiento, que es la peor muerte que se le pueda desear a nadie. Como se enteren los gatos, construirán campos de concentración y nos gasearán con aburrimiento. El presentador es tan simpático que dan ganas de molerlo a palos. Detesto la televisión. No sé para qué sigo viéndola.  De todas formas, en este momento me parece hasta divertido. Si no te sabes la lección, si no sigues las normas, si escribes del revés o si te vas al paro,  caes en ese agujero negro y el público se mea de la risa. Caras grotescas y redondas se parten el culo. Qué divertido.

Ayer fui a Primark. Compré unos leggins negros con dibujos rosa flúor. Quizás me pasé.  Para salir a correr hay que lucir “outfits” acordes, sin que se te vaya demasiado de las manos… No es agradable que la confundan a una con un semáforo o una Eva Nasarre venida a menos.

Acabo de tener un tremendo deja vu. Es una sensación extraña. Así que me pellizco un pecho. Supongo que si fuese un hombre me pellizcaría un huevo.

Empecé a correr por ser güai, esto es: Una running girl treinteañera con el culo derecho. La primera vez a los 700 metros casi me dá un síncope. Ahora ya no me dan síncopes, pero el culo se rinde a la gravedad y a los excesos. Se ve que los años pesan más que lo que marque una Fitbit.

Siempre digo que yo sería una estupenda bebedora, y una mejor yonkie. Y ahora lo difícil no es dar el primer paso, lo difícil es dar el último. Parar. Porque parar es aún peor que levantarse por las mañanas. Significa reincorporarme a este mundo desmantelado del que nunca me sentí parte.  Me gusta incluso el dolor en los muslos. Para mí ya es un logro. Qué queréis. No tengo otros. Dejadme al menos con los de trotar a toda hostia hacia ningún lugar y hacer un buen café de pota. Otros salvan vidas, descubren genes, escriben obras maestras o hacen cupcakes. Yo huyo y bebo café. ¿os dije que sería una gran fumadora?

Rápido, rápido. Yo, mis piernas, la música. Nadie más.

En la esquina de Doctor Teijeiro. Lo veo venir. Con su carpeta. Con su sonrisa de hombre estúpidamente feliz.

  • Hola, chica.

Bueno, más bien:

  • ¡¡¡Holaaaaaaaaaaaaaa!!! ¿cómo estáaaas chicaaaaa?

Busco en el fondo de la masa encefálica, y gracias a una incomprensible red de conexiones neuromusculares, compongo mi peor cara. Mi cara borde de mierda, que se hace más frecuente conforme gano en años y pierdo en culo.

  • ¿Todo bieeen?

Alguno me linchará por esto… pero… le tengo ojeriza a este pobre desconocido que me sonríe. La ropa escrupulosamente elegida para mantenerse en su papel de defensor de las ballenas,  del bien común y el uso sostenible de la luz eléctrica.

  • ¿Un momentillo para participar en una buena causaaaaa?

¿Por qué coño alarga así las vocales? Lo habrá escuchado de esos tipos que aún creen en el comunismo y se inventan partidos políticos.  Alguno ha conseguido salir por la tele: Después de la telenovela y del programa de palabras rotas, y antes del telediario. Hay qué ver, son jodidamente malos los telediarios. Son igual de malos que los políticos (por los que empezará el holocausto felino sin lugar a dudas). No sé quien carajo escribe esos guiones vomitivos. Ya no hay buenos contadores de historias.

  • No – respondo.

Y sigo de frente con la cabeza bien alta. Una vieja pendeja se queda mirando. Dice algo así como “Jesús”.

  • Ui, deberías mirarte ese carma – dice el neohippie vegano.
  • Y tú deberías dudar del Libro Rojo – no sé, qué queréis. No he leído el Libro Rojo en mi vida, ni siquiera sé muy bien de qué va… pero no se me ocurre nada más original.

Empiezo a correr en la esquina de Stradivariuss. Me gustaría saber qué  ambientador usan en esta tienda, pero os juro que pasarse ahí más de 15 minutos coloca a cualquiera.  Por eso yo aguanto dentro incluso media hora, porque soy carne de adicción. A lo mejor eso explica lo de las dependientas. Digo, que el ambientador coloque explica porqué las dependientas llevan siempre las  uñas de las manos y los pies tan bien pintadas, los collares más de moda y sus sonrisas de anuncio. A lo mejor explica también que un 50% de esas dependientas estén excesivamente delgadas. El ambientador ha de actuar como una suerte de proveedor energético.

Suena Aute. Coño, no es muy animado, pero al menos dice cosas. Peor fue aquel día en el que  Antonio Orozco se coló en mi lista de reproducción y no llegué ni a 3 quilómetros. Creo que corro con las piernas dobladas hacia afuera. Genuvalgo, ¿no era ese el nombre? Corro como una chiquilla huyendo de un  violador. En cualquier caso, si un hombre me persiguiese para atacarme sexualmente, cambiaría de opinión al ver mi modo de correr con las piernas hacia afuera. Me miro en un escaparate y tengo la necesidad imperiosa de dejar de verme. Después de 30 (ejem) años, aún no he conseguido reconocerme en este maldito cuerpo mortal.

En la calle del Hórreo atravieso una jauría de niños que están de excursión. Adolescentes en celo. Se huele algo dulzón en el aire. Como a puerto olvidado. Efectivamente, en celo. Me da mucha pena porque algún día gracias a ese celo tendrán hijos, y los gatos muchísimo más trabajo.

Zas, zas… el ruido de los tenis sobre la acera se sobreentiende por detrás de la música. Ahora suena una incertidumbre de discoteca.

Y poco a poco, paso a paso, cambio el enlosado gris por la gravilla, y después por hojas muertas. Monte. Lo primero que se me viene a la cabeza es la palabra sunset. Almohadilla y sunset, quiero decir. Oye, no. Palabra no, hashtag. El sol se pira por detrás de una montaña, contraluz perfecta dibujando desbarajustes naturales. Joder, estoy ante la foto perfecta para Instagram, y vengo sin el móvil ni la cámara ni la tablet.

Empieza a  costarme mover las piernas. Perfecto. Eso es lo que más me gusta. Es mi premio por haberme levantado con un ataque de mal humor.

Por suerte, no me duran mucho.

Cuidado con los gatos.

 

*RATHEN*

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Un comentario en “Correr y no correrse (2)

  1. Siento tener que decirte esto, pero la gente feliz y contenta con su vida nunca escribe historias tan interesantes, asi que sigue corriendo, el dolor y el miedo a los gatos aguza el ingenio, y en tu caso el genio… el literario y de levantarse por las mañanas.

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