MAR DE NIÑOS

 

El mejor despertar es el que sucede frente al mar.

La mejor sonrisa pertenece siempre a un niño.

Por lo tanto, la asociación de ambos eventos no puede culminar sino en un estado de tranquila felicidad, y tomado todo en conjunto, se entiende que no desee más que irme a la playa. En ocasiones lidiando con la culpa por dejar de lado una larga lista de obligaciones: Las que me sujetan con pétrea impunidad al mundo cotidiano, el de la asunción de responsabilidades y la “vida” profesional. Suelo ser incapaz de resistirme al bienestar que aporta el mar, o a una buena guerra con globos de agua. Al fin y al cabo, esas son las pequeñas cosas que merecen la pena, ¿no?.

Hay tardes en las que la brisa marina fluye por dentro y por fuera de mi cuerpo, como si lo uno y lo otro fuesen la misma y única entidad. El agua suele estar fría, lo cual encuentro francamente placentero. No soy buena nadadora, pero mantengo la suficiente pericia como para desplazarme hasta donde los metros de profundidad son suficientes. Suficientes para incorporarme a lo más alto. Entonces aleteo y serpenteo, como un ave o como un pez, y puedo asegurar sin lugar a dudas que el suelo me importa un rábano: no tengo que pisarlo, no es asunto mío, diría incluso que jamás lo he tocado.Como aseveraba Frida, pies para que os quiero si tengo alas para volar.

Nadar es bueno siempre que se haga en el momento y en el lugar adecuados, y por supuesto con las personas oportunas. Creo que no me he equivocado en la elección. Así que me giro y miro de frente al cielo, con el cuello alargado y la piel cubierta de salitre. Voy deslizándome sobre las pequeñas olas, ahora observando una gaviota, ahora entornando los ojos ante la fuerza del sol.

Con las orejas sumergidas, el ruido que hace la gente se siente lejano y distante, como si procediese de algún planeta que no me incumbe. Y pienso… que no hay en esta tierra otra cosa que adore más que flotar sobre las gélidas aguas gallegas: Carnota, Mar de Fóra, O Rostro o Area Maior… Incluso Louro. Todas son playas cariñosas, y sobrecogedoras a la vez. En ellas tengo un sitio. Y en ellas me muestro y me escondo.

Pero me equivoco. Hay otras cosas que adoro igualmente. Muchas. Entre ellas, llegar a la toalla muerta de frío, y que una horda de niños me vaya envolviendo en sus toallas de Dora o Violeta, porque es perentorio echarnos una partida de Brilé. Ya. Cuanto antes. Así que debo recuperarme a tiempo. Quizás después de conseguir avituallamiento entre las neveras de varias madres, me encuentre ya en disposición de pedirme prima con piedra papel tijera… Los juegos en la orilla, al atardecer, resultan emancipadores y, al mismo tiempo, una excusa para no dejar de correr y saltar. He de decir que odio la inmovilidad, profundamente. Me aturde, me confunde y me entristece. Por otro lado, el hecho inequívoco de que esos niños se rían conmigo, me busquen para echarnos una carrera y me identifiquen como una más del grupo… me devuelve la fe en el mundo, aunque el mundo no se fíe de una mujer adulta metiéndose patatas fritas por la nariz. Qué me importa! La señora disfrazada de Ibiza  Sunset… Cómo decirlo… esa señora, pues no sabe nada.

Hoy… que empecé la mañana en el mar… pero prosigo la tarde al amparo de estas cuatro paredes… será sin embargo otro buen día, porque una vez que termine lo que quiera que tenga que hacer (y de una manera u otra siempre lo hago)…. podré marcharme de nuevo.

 

*RATHEN*

 

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