TE REGALO UN FINAL

Dicen que me he vuelto incrédula y suspicaz.  Pero lo único que hago es compartimentar mis afectos, sin esperar demasiado de nadie.  No se trata de incredulidad y menos aún de suspicacia, se trata de pragmatismo, pura economía de mercado:  qué se me oferta, y qué puedo demandar. Dónde se labra el afecto real, y en qué campos debiera caminar con cautela, para evitar caer en trampas mortales. Son estrategias que una desarrolla con los años, cuando al fin descubre que, alrededor, no todo el mundo es bueno, y urge esquivar el sufrimiento.

Me llamaste la pequeña  Schopenhauer. Bien, Schopenhauer sonreía muerto en su sofá. Hubo después una sorpresa de contrabando, una fugaz ráfaga de alma errante, que se aventuró a ubicarme dentro de la moda del derrotismo.

Os equivocabais.  Doy gracias a las derrotas, a los desencuentros y a las decepciones, porque me han traído hasta aquí. Hasta este punto de mi vida en el que respiro y no suspiro, ofrezco y no reclamo, espero y no desespero. Este punto en el que me esfuerzo pero no fuerzo, en el que he aprendido a perder con dignidad, y a no esconder mis debilidades,  puesto que me pueden resultar de mayor utilidad que las propias fortalezas.

Duele arrancarse el amor y, por qué no decirlo, liberarse de las dependencias y de la cómoda rutina, de todos esos años que ahora resultan extraños. Duele no ceder al impulso del souvenir absurdo si salgo de viaje, a las ofertas de dos por uno o a la llamada para decirte que por fin he terminado aquel trabajo. Entrar en una casa silenciosa, acostarse en una cama vacía. Duele al principio, un tiempo. Hasta de que empiezas a entenderlo, y a re-descubrir que el mundo puede ser tuyo si te da la real gana, si dejas de lamentarte como una niña idiota y caprichosa. La calle tiene mucho que ofrecer, el sol, la lluvia y sobre todo las ansias por sonreír, que nacen voluptuosas, incontrolables y más divertidas que nunca. Y así, poco a poco, lo que echabas de menos, ahora te vendría de más. Los sentidos renacen y las fuerzas crecen. Aprendes a disfrutar de quien eres, te has perdido a ti misma durante demasiado tiempo!!!

Tenían razón los viejos, después de la tormenta llega la calma, y si se cierra una puerta se abre una ventana… ¿era así? No se me ha abierto ninguna ventana, se me ha abierto la vida.

Una tarde tras otra, vuelvo a lo mismo: un par de zapatillas. Pero ya no huyo de algo abstracto y amenazador, ahora corro hacia un objetivo concreto que me mantiene alerta y feliz. Si no lo alcanzo, tengo la suficiente inteligencia como marcarme otro. Y así, hasta que me muera.

Este es un septiembre inusual por lo caluroso, son las diez de la noche y del suelo sigue desprendiéndose una sutil calidez. La luna parece una muesca que rompe el cielo, y el cielo es una cúpula inescrutable. Sigo el ritmo de la música, siento el sudor que serpentea por mi espalda, al igual que lo hace el río entre los helechos. Huele a menta y a hierbabuena, a eucalipto y a libertad. Desde la aldea, que ya queda lejos, se encienden y se apagan lucecitas amarillas y naranjas, la campana de la iglesia puntea once veces. Yo intento no perderme nada, no desacompasarme con los molinos de viento que, desde la cima del monte, bailan a mi mismo ritmo. Ni siquiera quiero perderme un recuerdo que ya no duele, así que mucho menos un deseo que se materializa.

Corro.

Alguien me espera a la vuelta. Alguien que me ha hecho magdalenas y una cajita de cartón con mariposas y pedazos de mar. Tengo llamadas que no van a ser perdidas,  viajes por organizar y algunos bailes pendientes.

No creo que se trate de resurgir ni de resucitar, jamás me he muerto. Tan solo estoy aprendiendo a vivir en consecuencia a mí misma, a aceptar que, a veces, hay que renunciar y aprender a elegir. No es bueno mantener en la boca caramelos de diferentes sabores.

Perder me ha enseñado más que ganar. Estoy satisfecha, contenta porque, a día de hoy, puedo gestionar mi vida sin ayuda de nadie, puedo orientarla hacia donde yo quiera,  decidir, seleccionar. Al fin entiendo que lo que un día se desea con todo el alma, al siguiente puede matar. Pero ya no me clavo puñales en el costado, me clavo notas en la cabeza. Eso me has enseñado.

 

*RATHEN*

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