LAS NOCHES EN EL SÓNAR

 

 

Cuando la noche empieza a besarse con la ciudad, los bares se llenan de gente invisible. Gente que se cruza sin mirarse, o mirándose demasiado. Que va y viene, con los sentidos aletargados a fuerza de cervezas y ginebra. La mayoría no es consciente de dónde se encuentra exactamente, de por qué carajo ha salido a confundirse con desconocidos, a intentan bailar, o hablar, o sentir… sin mucho éxito. En medio de ese extraño ecosistema noctámbulo, es necesario detenerse. Y observar:

Hay una chica de unos treinta años pidiendo algo en la barra. Lleva tacones altos y un vestido negro que le cubre las rodillas. Es una chica atractiva, con el cuello largo y un gracioso mechón de pelo deslizándose por su rubicunda mejilla, de ojos grandes. Llamativamente grandes, diría yo. Le sonríe coqueta al camarero, antes de girarse con su vaso de tubo, y volver a perderse entre la multitud.

Detrás de una columna, se agazapa alguien que parece un hombre de mediana edad. Viste vaqueros y camiseta blanca, que se tensa sobre un incipiente exceso de grasa abdominal. A sus cuarenta, parece la viva imagen de la soledad, mezclada con desidia y un atisbo de odio. Hoy cenó un bocadillo de lomo, y ahora, desde su columna, regurgita la bilis amarga de los condenados a no caer bien.

La música no está mal, pero se pierde entre el ruido. Identifico a Florence…

Un grupo de mujeres con sombreros rosas de despedida de soltera, el guaperillas, el simpático, la intelectual, el interesante, la dulce, el pesado, la despistada, el eterno adolescente… no falta nadie. Con tanto ir y venir de cuerpos, siempre me pasa lo mismo. Mi macabro constructo de pensamiento, acaba en el hospital… porque la vida es muy puñetera, y todas estas personas que parecen felices a pesar de que sonríen quizás en exceso, se morirán. Me pregunto a cuál le tocará el émbolo recorriendo a toda velocidad el torrente sanguíneo hasta terminar en alguna arteria cerebral… a cuál la célula que no corrigió a tiempo un error en su ADN. Quién tendrá la suerte del sueño súbito… a qué cuerpo elegirá la bacteria más ávida de intensivos para anidarse y aniquilar… Estoy un rato en esa disyuntiva, hasta que me sobreviene una vieja conocida. Una profunda tristeza que me saluda con una leve inclinación de cabeza, y me ensimisma hasta que algún colega decide venir a rescatarme. Venga Rathen… que cambiamos de local. Que aquí no hay nada que ver, que es lo de siempre… y yo ya, claro, qué cojones va a haber.

Sí, lo de siempre. Las cinco de la mañana y la misma sensación de vacío… menos mal que aún sabemos darle un golpe mortal a la noche, acurrucados en mi sofá. Comiendo pizza fría y restos de sushi. Así, la vida cobra de nuevo el sentido que perdió entre las dos y las cuatro.

Me acuesto con regusto a licor café. Y sigo preguntándomelo. Por qué, para qué, cómo… por qué la gente miente, agrede y utiliza. Los débiles, los necesitados, acaban a la merced de los parásitos y los vampiros del sistema. De cualquier sistema, esa es la cuestión.

No hay necesidad de pronunciar palabras vanas, especialmente cuando nadie las pide.

No hay necesidad de acariciar en falso, especialmente cuando nadie espera caricias.

No es decente utilizarnos entre nosotros, para olvidarnos.

No es decente la omisión, mucho menos la descortesía, y más, cuando en ningún momento se reclamó lo contrario.

Cuidado con el amor, cuidado con utilizar a alguien para deshacerse de él. No sabes de qué modo podrías estar haciendo daño.

O a lo mejor la persona que tienes delante habla demasiado para cubrir silencios, y también besa sólo para disipar el dolor de sus propias ausencias.

Quizás lo mejor sea no esperar nada. Eso es lo que yo comprendí hace tiempo. ¿Qué comprendiste tú?, ¿A quién? No esperar nada para no sufrir nada, limitarse a aprovechar cualquier ventana y ver cómo todo sucede allá afuera, sin que importe demasiado. Al fin y al cabo… la playa sigue estando cerca.

*RATHEN*

 

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