ENTRE COMALA Y MACONDO, HAY UN BARCO QUE SURCA EL MAR

 

Hoy tengo la firme intención de alcanzar la playa, y dejarme llevar por las olas hasta puertos lejanos. Perderme en muelles repletos de marineros con tatuajes, que lían tabaco recostados contra la puerta de las tabernas. En esos lugares aún es posible  creer en nuevos mundos, las brújulas marcan el norte, salvo que se les antoje ir al sur, y hay viejos veleros varados entre las rocas.

El océano jamás ha dejado de moverse. No puede. Hace millones de años que los dioses le ordenaron construir las constelaciones. Para trazar caminos en el cielo la marea va y viene, forma olas y a veces anega pueblos, mientras esboza mapas rutilantes sobre las oscuras entrañas del universo. Las estrellas responden con un gesto marcial, y ocupan con obediencia sus posiciones. Así los capitanes anotan rutas en cuadernos de bitácora, y siempre saben cómo volver a tierra, o cómo alejarse para no regresar jamás.

Enormes peñascos se dejan esculpir por el agua salada. Cuando el trabajo está prácticamente terminado, y se intuyen las formas, una vieja de piel curtida los bautiza. Cabo Sirena o Punta Margarita. Las manos de la vieja no dejan de tejer redes, ni sus ojos de mirar al faro, mientras va imponiendo nombres, y con cada nombre una leyenda de amor trágico y naufragios.

Y yo, tan pequeña, creo por fin haber entendido algo. Después de todo este tiempo me atreví a volver, y saludé a mi Playa con un leve ademán. Ella ha perdonado los años de ausencia, y me ha invitado a tumbarme sobre la roca de siempre. Le he dicho que no me acostumbro al paso del tiempo. Es un amigo irreverente que va mucho más rápido que yo, y siento la impotencia de no alcanzar nunca el momento adecuado. Me he quejado, he pataleado y he gritado. Finalmente La Playa me invitó al silencio y a la realidad. Olvida tus dramas. No le importan a nadie… Yo ya te perdoné por haberte ido aquella noche.

Regresé para volverme líquida, y quiero quedarme para siempre, azul sobre azul, y en medio algodones blancos…

No es el final. Los muertos evitan el cielo… Perfieren el agua y la sal, mecerse y balancearse hasta el fondo del mar.

Es octubre y el monte se ha vuelto ocre, reapareces como siempre pero ya no dueles, y he recuperado mi antiguo nombre. Tú. Guerrilla irreverente ¿Con qué derecho me golpeaste y te adueñaste de mi vientre? No te dolía. No era posible, sin una sola gota de música en las venas. Indiferente, menos poeta que guapo, coherente y referente… ¿cómo demonios podría dolerte? No olvido que me robaste al mar ¿Y por qué seguías quedándote, tanto tiempo después de haberte ido?

Y yo que soy mezquina… te deseo champú anti-caspa, una cuenta a plazo fijo, el mejor de los sistemas antivirus. Te deseo agua de mineralización suave, pan sin gluten, y una casa con tejado, por el que se te escurran las tardes grises.

Para qué regresas, cuando ya no te recuerdan ni las madrugadas con café. Vete. Por fin las cosas no son como las imaginé, sino como las soñé. Rechazo con obstinación la falacia de la cama con dosel.  Lo bueno de haberme destrozado es que ahora me recompongo como quiero.

Yo quería bailar descalza, hacerme un tatuaje y viajar a la luna. Mientras tanto, comprabas zapatos de piel, temías a las agujas y te quejabas del precio del combustible. Tu temperamento eslavo, mi clara tendencia al humor equivocado. Nos queríamos a pesar de todo, pero no valió la pena encontrarnos, mucho menos cruzar después medio mundo para ver si aún estábamos a tiempo de conocernos. Solo yo lo logré. No se debe amar antes de comprender, ¿entiendes?

Y al final de los finales, que nunca son el mismo repetido… ardí para ser agua. En esta playa no queda sitio para nadie más. Sobria sobre mi piedra. Las olas no se agregan, no se enojan, no se equivocan y siempre vuelven.

Y después…

Ni se te ocurra volver a abrazarme igual que a un recuerdo. No me merezco ser  observada como un maltrago inesperado, una visión decepcionante que rompe el sueño después de haber bebido demasiado. No me esperabas a mí, pero voy armada y me da igual.

Además… es peor para el sol, mucho peor, si se enamora.  Tengo una daga de sal, una pistola que dispara bolas de fuego. Soy mucho más que migajas de diez a diez y cuarto. Estoy decidida a quedarme a solas con La Playa.

No hay sitio ya. No me culpes de tu sufrimiento. Yo ya no prometo, ni me quedo, salvo si me lo pide el mar, o encuentras el barco que va de Comala a Macondo… mezclando canciones en un mundo en el que no te dejaré entrar.

¿Se puede saber qué esperas? ¿Que te mire y que te seque? Ya no… porque la playa está tan cerca, que casi la puedo oler.  Me dejaré acariciar por el viento de poniente, y llegaré a la arena bañada en salitre, desafiando al oleaje, sin timón ni timonel…  mientras mi corazón late al ritmo de esta milonga que es la milonga… del Marinero y el Capitán. En el rompeolas aún se huele el sol, Alfonsina se ha muerto y a mí al fin me sonríe el mar.

 

*RATHEN*

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