CAZAR COLORES

Hace varios días que llueve sin cesar. Mientras el autobús del colegio apuñala charcos, yo me convierto en timonel de un velero, y surco el mar de mi infancia. Las nubes se vierten sobre los campos, inesperados lagos rodean al pueblo, y un hermoso mundo acuático se sobrepone a la realidad.

No es posible que el viejo paraguas de mi abuelo, por más que haya sobrevivido a treinta inviernos y a un huracán, me proteja. En esencia, no podrá hacerlo porque yo misma lo impediré. Quiero tirar la mochila, saltar sobre el lodo, mojarme el pelo y luchar contra el Kraken que intenta derrumbar la iglesia.

Esa vocecilla lejana que en ocasiones me parece escuchar, podría ser la de mi madre, vaticinando varios días de calentura… y los ojos que observan reprobatorios desde la ventana, los de la enjuta y recta vecina, que jamás permitiría a sus hijos jugar fuera con la que está cayendo.

Pero mi abuelo luchó en una guerra. Entiende que a la felicidad no se le cortan las alas. Sabe que hay que agarrarla según viene, tan fuerte y tan sereno como se agarra a una mujer hermosa. Así que me observa, recoge los libros, y entra en casa. A respirar sus vapores de eucalipto, antes de comerse las dos magdalenas que, por derecho, le corresponden en cada merienda.

El río va tan crecido que desprecia cauces y meandros, límites y objeciones. Me dirijo al punto de encuentro, saludo a mi árbol y a varios amigos que, no sé muy bien en base a qué criterio científico, han concluido que hoy es el día ideal para pescar truchas. Tras varios intercambios de ideas, y como en una ensoñación cervantina, el molino ya no es molino sino fortaleza. Nos sobran espadas, energía y tropas, para organizar el ataque y aniquilar a las fuerzas enemigas. Mapas en el barro van diseñando emboscadas, los reyes ascienden y caen del trono según sus ambiciones o cuál de nosotros controle el juego en cada momento…

Poco a poco la lluvia cede, y entre las nubes asoman los rayos de un sol invernal. Tímidos al principio, van cobrando cada vez más fuerza, se confían y acaban enredándose con las gotas que aún no llegaron al suelo. Así se da paso, entre sol y lluvia, a uno de los fenómenos que más ha cautivado, desde el principio de los tiempos, a los niños. Un doble arco iridiscente corona nuestro reino. Majestuoso, temperamental, absolutamente mágico. No lo soportan ni los patibularios ojos de las cornejas, ni la hierática mirada de la vecina. Quienes perdieron en consuelo a medida que ganaban en amargura, están ciegos ante la belleza del universo.

Hay que prepararse para salir a la caza.

Y esta vez, tampoco sé en base a qué otro razonamiento científico, concluimos que los arco-iris nacen, necesariamente, bajo las torres eléctricas. Montados sobre bicis y patinetes, partimos en su busca sin mayor demora ni vacilación. El corazón palpitante. La extraña inquietud de los que no no conciben el error en su destino, pero aceptan los riesgos del viaje. Encontraremos a los siete colores manando bajo una estructura metálica, nos subiremos a ellos, y terminaremos formando parte de la fiesta del cielo. Columpiándonos, tirándonos por toboganes fosforescentes, comiendo nubes de algodón rosa. Porque además, si no lo logramos hoy, lo haremos mañana. Otra opción no es lícita.

Y esa idea de la oportunidad constante es lo que, ahora que me dicen “adulta!”, más extraño de la niñez.

Hoy no llueve. De hecho, ya casi nunca llueve. He llegado a mi casa más tarde de lo debido. Mi abuelo no está, la vecina se ha muerto de una trombosis cerebral… Si pende algún arco-iris en el cielo, ni siquiera levanto la mirada para adorarlo. Estoy cansada. Demasiado trabajo, demasiado tiempo pensando en cómo hacer para tener demasiado trabajo. Rechazando incluso caricias que osen desviarme de ese objetivo difuso por el que no vivo, sino que sobrevivo. Desvinculándome de lo que atraiga afectos, para no arriesgarme, ni perder el tiempo. Tiempo de frenética actividad que, sin embargo, encuentro frío. 

Una vez cambiados libros de aventuras por artículos académicos, y ensoñaciones por proyectos… Qué queda? he llegado a la conclusión de que, al menos en mí, nada bueno.

*RATHEN*

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