NAVIDAD. SUENA EL SILENCIO.

 

Es navidad. Las plazas lucen hermosas. Gente que bulle de una tienda a la siguiente con frenética decisión. El centro de Santiago exhibe esa suerte de espíritu festivo que me genera una profunda y extraña tristeza. Por una vez, camino lenta, e intento reconocerme entre las extremidades y voces circundantes.  Se van cruzando niños sonrientes, viejos camuflados bajo sus sombreros de felpa, parejas recién embaucadas por engaños furtivos y pasajeros.  No consigo entrarle al juego a la plastificada alegría de los escaparates, ni entiendo de qué pie cojean las dependientas cuando te acogen con desmesuradas muestras de afecto. Una chica con aspecto de muñeca, tejanos ajustados y varias mariposas tatuadas en el escote, me recibe a golpe de un brutal “mi amor”. No sé si debo darle las gracias u odiarla lo que nos reste de vida. Yo tan solo quería comprar algún hermoso vestido verde, aunque lo más probable es que ni llegue a ponérmelo. Casi siempre me faltan ganas para disfrazarme de disimulo.  Atravesé el umbral imantado de Zara con la esperanza de que algún trozo de tela aplacase, aunque fuera durante un fugaz instante, la rabia y la pena de no entender absolutamente nada. No entraba en mis planes entablar conversación con esta mujer de rasgos perfectos, frente a la que empequeñezco. Es agotador pertenecer a ese tipo de personas que nunca están a la altura, exceptuando quizás aquel día que me equivoqué y casi fui a la moda.

Ruido. Ruido de pequeña ciudad provinciana con presunciones cosmopolitas, por la que camino e intento escuchar, aunque las conversaciones y cláxones suenan con sordina, y no se diferencian tanto de las cacofonías de los muertos. Al fin y al cabo, todos los finales son el mismo repetido, y nuestra historia de amor se podría contar con un poema de Neruda o con un raeggeton.

Varios mensajes y al final quedamos en el bar de siempre… música en directo. Los fantoches del minifaranduleo compostelano se mezclan con pobres idiotas de aldea, entre los que me hallo, universitarios que no entienden la mitad de lo que leen, fetichistas de alcoba vacía, gays y lesbianas ocupando el top de la cultura local, y las sempiternas adolescentes de taitantos haciendo el ridículo con combinaciones imposibles. Desde que la vida se comparte sin decoro ni pudor,  vamos perdiendo la capacidad de envejecer. Son grotescas las arrugas enterradas bajo toneladas de maquillaje, las cabezas inclinadas con coquetería como cuando eran atractivas, los desvelos incoherentes por noquear al tiempo.

Qué hijo de la gran puta, el tiempo.

A la tercera copa siempre me ocurre lo mismo. Elijo una esquina en particular, la que ofrezca mejor perspectiva, y rumío mi insípida bilis de sociópata de pacotilla. Todo el mundo me parece necio y vacuo, enfrascada en la ardua tarea de irle inventando horarios y miserias a cuanta persona tenga la desfachatez de cohabitar conmigo. Mequetrefes en celo ofrecen el resultado de los anabolizantes como reclamo para follarse a alguna hembra de caderas anchas. Intelectuales con look leñador-like declamando lo que parece una disertación sobre la Generación del 27, cuando a todas luces el exceso de afectación les incapacita para la poesía.

En tales circunstancias, no hay lugar a la auto-condescendencia. Soy lo que parezco. Un Ignatius  J. Reilly con cuerpo de mujer, pero que a diferencia de éste, agacha la cabeza ante terceros, temerosa siempre de que alguien perciba su recortada inteligencia y su necesidad de amor. Recelosa del contacto físico y sin embargo aferrada siempre a niños y a perros. Porque esos, y solo esos, son los abrazos seguros.

Y las mañanas posteriores al desencanto noctámbulo son también invariables. El licor café me produce taquicardias, y un peculiar temblor distal que puede prolongarse durante horas, y que cedería quizás con un disparo de benzodiacepinas y betabloqueantes. Enciendo el teléfono móvil, a través del que intento suplir la falta de sentimientos reales y expectativas, a través del que intento vivir la vida que me falla, a través del que el mal humor de las últimas 24 horas termina cuatriplicándose.  Reiniciar Android implica en estos momentos fallecer de un coma hiperglucémico. Porque es navidad, y en navidad la gente se vuelve más idiota. Varias personas con las que no he cruzado palabra en meses me envían benevolentes deseos de salud y amor, acompañados de la fotografía de dos bebés. Dos rollizos infantes que sonríen bajo un inmenso pino de navidad, sentados sobre una montaña de regalos. Dos rollizos niños que, dígase de paso, me importan un comino. En las redes sociales padres e hijos se lanzan “te quieros”. Las chicas con más de treinta se reinventan como anfitrionas, y comparten en instantáneas el buen gusto que las caracteriza decorando el salón. Grupos de desconocidos posan como si vivieran dentro de una postal… Tengo la sensación de que ya no tiene sentido el placer si no es compartido y publicitado, si no se hace partícipe a los 250 amigos de Facebook, en un grito de “¿Ves lo bien que me ha ido?, ¿lo feliz que soy?, ¿lo guapos que han salido mis hijos?, ¿el gusto con el que elijo los jarrones de mi puto comedor? ¿me negarás que me he ganado a pulso un lugar en el mundo?”. Me siento cada vez más deprimida. Me gustan las páginas de fotografía, donde se muestra aquello que está oculto para la mayoría, las de adolescentes que, con buena o mala fortuna, escriben poesía, o aquellas en las que se habla de historia, política, pasiones altas, pasiones bajas, ciencia… En el otro extremo, la patente frivolidad de autofotos desde ángulos imposibles, los “Ana, tu papá y yo te queremos”, “A tope de Xmas” o “Falling in love with you”… a mi, personalmente, lo único que me producen son unas tremendísimas ganas… de mandar a la mierda a medio planeta. Gilipollers de navidad. Aquí falta música y sinceridad, sobran filtros, egocentrismo y estupidez.  En medio del caos, ando buscando brechas de brisa fresca para romper pensamientos circulares. Así que como siempre, he llegado a la playa.

*RATHEN*

 

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