Los animales sin raza no ladran en San Valentín. Nueva Orleans, junio de 2016.

1. SAN VALENTÍN O LA BUROCRACIA

Dejaría suspendida mi alma entre algún aeropuerto y la playa, allí donde el vaivén de anónimas biografías, o de oleaje y arena, me rediman de la mediocre cotidianeidad.

Pendiendo del cielo…  donde no hay gravedad ni suelo. Vuelo…

Vuelo sobre el hilarante argumento de mis inquietudes.

Vuelo sobre el modo en que me mira la esposa de mi primer novio, como si yo fuera la culpable de que se hubiese casado con él.

Vuelo sobre la actitud consecuente y seria de mi segundo novio, como si una estuviese preparada para soportar una dieta sin toxinas hasta el final de sus días, pasar por la notaría y parir dos hijos con pantaloncitos de colegio privado.

Vuelo sobre los desvelos de mi casi tercer novio, al que evité hasta que se fue con otra, como si amar tuviese horarios. Intolerable la posibilidad de volver a verme embaucada por las promesas de un futuro decente, aderezado por comidas familiares, un buen seguro de vida, y sábanas de franela.

Vuelo y sobrevuelo a los engreídos pretenciosos… y regreso al Misisipi.

2. RETROCEDER…

El aire en Nueva Orleans es denso y cálido, estático. Se mastica o se respira, igual de sólido que de gaseoso. Se inhala pleno de los efluvios de una humanidad perniciosa, aquella que ruidosamente brota de los bares y se desparrama por la acera, como un hongo excesivo e incontrolable.  Camino a lo largo del French Quarter. Un perro se queda observándome, mientras su dueño medio desnudo dormita sobre un par de cartones húmedos. El maldito animal tiene la mirada triste y vieja, esa clase de mirada que siempre me atrapa. Así que me detengo a acariciarlo y nos estudiamos con calma, disfrutando de nuestro pequeño momento de intimidad. Yo también soy una perra sin raza. Y sin remedio. Ambos peleamos en el mismo bando, un par de camorristas callejeros sin voz ni voto, con pocas ganas de gresca y todas las causas perdidas… El Barrio Francés está abarrotado. Peculiares transeúntes entregados a la fiesta constante, al alcohol y a una sexualidad manifiesta y líquida. Grupos de niños negros golpeando con maravillosa pericia un cubo de metal, rockeros depauperados, viejas con el busto descubierto, homosexuales embutidos en cuero… y mis pies en sandalias, que durante toda la tarde se han dedicado a esquivar charcos  de dudosa procedencia.

Millones de collares descienden desde los balcones en el Mardi Gras.

El Katrina los ahogó. Ellos resurgieron cantando ghospel.

Hay cuerpos que chocan y no se rompen, se funden en abrazos lascivos mientras suenan las divertidas canciones de algún Jazz Funeral.

Deliciosa depravación.

El gordo de Ignatius dedica improperios a un grupo de atónitos viejos. Deseo al Marlon Brando más imponente, atrapado para siempre en el tranvía. Leo a Faulkner. Paladeo el intenso sabor de la comida Cajún, y me divierten las peleas entre españoles y franceses, enzarzados en letales luchas para determinar quién se tirará a la esclava más guapa.

3. RECORDAR

Sobre la escena de ese justo momento, cae el telón de la noche.

Semipenumbra.  Jazz, blues, rock. Caderas, cabezas, pies, dedos, pechos, cabellos. Escasos focos filtran motas de polvo , y como una aparición a contraluz, toma forma la figura de un músico. Un saxofonista. Un saxofonista francés. No hemos conseguido entrar en el Preservatoin Hall. Y en fin, seguro que el Bourbon no es el mejor del distrito. Sin embargo, las constelaciones se conjuraron en mi favor. Yo, que no creo en la suerte, ni en la buena ni en la mala, me veo agradeciendo mi gran fortuna; adoro este oscuro y mugriento local de Luisiana. Quizás es la música que me acaricia sutilmente, la humedad o el calor, las telas suaves y etéreas que elegí para la velada.  No sé si a lo mejor el regusto dulzón de los brioches del Café du Monde me ha predispuesto favorablemente. Mis pies marcan el ritmo sin el amparo del control consciente, y levanto los ojos. Durante un fugaz instante nuestras miradas se cruzan. La mía, la de una perra sin raza. La tuya, la de un saxofonista francés. Tienes los ojos azules. Se intuye en ellos cierta locura traviesa que me sugiere enamorarme. Tocáis más canciones. Gente que abandona el local, gente que entra. Y sin que pueda entender el motivo, me sonríes socarrón, con disimulo y coqueto, con divertida camaradería, con un deseo subrepticio bastante obvio… termina la función, desapareces, se rompe la magia y me resigno a mi gris vida de persona del montón. A volver al hotel, ver quizás algún noticiero americano antes de lograr que el sueño me doblegue. Pero entonces alguien sugiere una última copa. Nada que objetar, por supuesto. Porque reapareces detrás de la barra, y en esa transacción comercial en la que intercambiamos dinero por alcohol, me rozas la mano y te entiendo.

… Juraría sin temor a equivocarme que tus mismos dedos me acariciaron el cuello minutos más tarde. Juraría incluso que esos mismos dedos fueron los que deslizaron un número de teléfono en mi bolsillo…

Por supuesto, nadie ha vuelto a hablarme con ese inglés afrancesado. No creo que regrese a New Orleans. Entendiendo las cosas como son en realidad, y no como quieren hacernos creer en los libros de texto, lo más responsable hubiera sido irme contigo aquella noche.  Pero volví al aeropuerto con mi cobardía a cuestas, sin devolverte la caricia que me regalaste. Un avión cascarrabias me llevó del Barrio Francés al Rojo, el cual se me antojó frívolo y angosto, ridículamente insignificante, carente de música, frenético de carne y vulgaridad. Demasiado… europeo.

4. IMPULSARSE

Dedos rozando mi nuca… fueron parte del punto de inflexión? Desde entonces, algo ha venido transformándose. Cambios drásticos, opiniones caídas, malas noticias, egos heridos, cinismos. Cansancio. Me hicieron falta años para convertirme en una hembra de provecho, con los quilos suficientes y algún título en la pared. Bastaron solo unos  meses para tomar la decisión de seguir la dirección contraria. Dirigirme hacia donde con total seguridad el horizonte tenga otra forma. En fin, os deseo prosperidad y éxito en vuestros litigios. Que El Señor os guarde, luchando a muerte por migajas de pan, sin que parezca que os avergüencen los métodos que usáis. Os deseo de corazón que se inflen vuestros egos, seguid soñando con afectos sin honor. Copulad los sábados con vuestros cónyuges, ved películas porno mientras os masturbáis bajo la mesa de la oficina los lunes. Despreciad a los poetas, rechazad la música, no os bañéis en el mar, no abracéis a los árboles. De mis cinco perros, no estáis a la altura de ninguno.

Qué profundamente tediosos y aburridos me resultan los ojos con raza, los lobos con corbata, las promesas con estafa. Quiero conciertos y letras sobre la piel. Sentir más y mejor, porque la novela de existir se acaba y el sol aún no me ha marcado lo suficiente. Antes de que alguna célula se vuelva loca en mi cuerpo, antes de que un camión me aplaste en la autopista, antes de todo eso… yo viviré, os lo juro. Me desvinculo con grandes esfuerzos, pero al fin vuelo sobre todo lo impropio.

Una vez conocí a un saxofonista francés de ojos azules.

Me coloco a diario con el olor de la playa, donde el mar me devuelve la voz que me quitan las mañanas de domingo. Guardo en un cofre todas las canciones que me encienden por dentro… y no tengo ni la más mínima intención de continuar haciendo reverencias… o pintarme las uñas. Terminad por mí aquel trabajo tan importante, esta vez no cumpliré el plazo.

5. IRSE

And if I should drown
May this be the sound
To wash me out

Rathen

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