RESISTIRÉ, ERGUIDO FRENTE A TODO.

Como siempre, una canción repentina y no esperada explica cada entrada que escribo, y publico en este blog de pacotilla… donde cuento quizás demasiado, dando pábulo a mis confabulaciones mentales. Y si lo que digo no le interesa a nadie, al menos calmo los accesos de furia o indignación, de pena o melancolía, que suelen apresarme en los momentos más inoportunos.

Programas de radio, sonidos de fondo en anuncios y series, música de bar o de estación…  cualquier lío de notas entrelazadas que sea capaz de arrancarme de los habituales ensimismamientos que me alejan de la realidad. De provocarme vuelcos diastólicos, descargas eléctricas encefálicas, cólicos espirituales y epistaxis masivas. Voy corriendo al bolso, a trompicones, para buscar el móvil entre una maraña de pañuelos, llaves, monedas y cables. Hasta que lo encuentro debajo de un blister de Ibuprofeno, y procedo a la caza.

Hoy no necesité utilizar el Shazam. Conozco de sobra la canción, si bien nunca la había escuchado ni con la cautela ni con el respeto procedentes. Desde la condescendencia y altivez, es posible perderse tantas cosas hermosas! Mi padre la ponía en el viejo Talbot mientras yo me iba de guay, escondida tras los walkman con grupos de grunge y rock progresivo. Todo adolescente melodramático ha de despreciar la música melódica de los “horteras de mierda”…  Sin embargo esta tarde, con la cadencia de las notas,  empecé a mover un dedo rítmicamente sobre el volante, y presté atención. Se me antojó  absolutamente maravillosa.

Tanto que mientras avanzaba con el coche por la autopista, hube de detenerme un rato, para tomar aliento y recobrar la compostura.

Cuando pierda todas las partidas, cuando duerma con la soledad, cuando se me cierren las salidas, y la noche no me deje en paz… RESISTIRÉ.

A los dieciocho una empieza medicina como quien lee una novela. Luego los años van pasando, y de repente, aparece con un fonendoscopio al cuello, cagada de miedo en su primera guardia de Urgencias y metiendo el dedo por culos contraídos, o pinchando las barrigas pletóricas de los alcohólicos…  Así nacen los médicos, la gran mayoría. Luego están los aguerridos y ególatras incapaces de soportar un ápice de humildad, los hijos de papá y los que se creyeron la historia de la excelencia académica. Pero no nos engañemos. La mayoría, detrás de eso que se llama vocación, escondemos series de televisión y una tendencia poco recomendable al romanticismo.

Así que a estas alturas y muy a pesar de mi misma y del mundo… sigo deambulando por los pasillos de un hospital. Las mañanas se hacen cortas. Demasiado trabajo. El residente que me acompaña es una animal extraordinario, llegado del otro lado del mundo, se dirige a los pacientes como a seres humanos. No como a despojos de carne mancillada e intelectualmente amputados.  Con ese acento que le es característico, lo observo y recupero energía y optimismo.  “Doña Benigna, cómo la pasó? Descansó en la noche… ah pues no mija, como va a ser eso? No me diga que no se quiere levantar?” Y doña Benigna, a la que habían dado por perdida después de una fibrinolisis y varios días de UCI, esboza media sonrisa e intenta mover un brazo.

Vamos de la primera a la segunda, de la segunda a la cuarta y de ahí a la novena planta. El residente y yo. Yo y el residente. Recorriendo historias y vidas truncadas, ajustando tratamientos en un intento desesperado por dar continuidad a la existencia. Bromeamos y reímos mientras subimos las escaleras, decididos a no utilizar un solo ascensor. Vamos fortaleciendo los cuádriceps, y el espíritu, porque no nos queda otra si queremos sobrevivir al ecosistema sanitario. Me asombra que en esta “gran sociedad” sigamos diseñando los hospitales como cajas cuadriculadas, llena de cubículos enumerados, consultas asépticas y mesas-barrera…  Me inclino y me quito el sombrero ante las gerencias, acostumbradísimas a la medicina de batalla y poco hechas a la burocracia, faltaría más.

A veces es difícil, o al menos eso me parece. Otra gente semeja más distante.

Alternan los días en los que amo este trabajo, con aquellos otros en los cuales hubiera deseado hacer cualquier otra cosa. Alguna tarea mecánica que no me obligara a pensar tanto, a asumir responsabilidades que en ocasiones me vienen grandes. Enormes. Gigantes. Inabarcables.

Y el problema… son los pacientes. Sonríen, lloran, se quejan, exigen y ofrecen. Supongo que lo entendéis. Gente con miedos, angustias, ilusiones, familiares y mascotas. Que estaría quizás arreglando su jardín, comiéndose un polvorón o viendo el telediario, cuando la casualidad zafia que algunos llaman mala suerte, los dejó paralizados y a oscuras.

Y después… horas de urgencias, de sueros, sondas, mascarillas, drenajes…

Gloria tiene 80 años. Trabajó como modista, los mejores patrones de la comarca eran suyos. Todas le encargaban blusas de seda a Gloria. Folló por primera vez a los veintiuno y no le gustó. Pero así debía ser, por el bendito y sagrado sacramento del matrimonio.  Ahora que por fin el déspota de su marido la había palmado, dedicaba sus tardes a pasear con la vecina, podar rosales y asistir a clases de lectura para mayores. Nunca se había chequeado la tensión arterial, hasta que una hemorragia cerebral le quebró el habla y la dignidad. Tras unos cuantos devaneos intervencionistas, ahora me observa yo juraría que sediciosa. Considero que lo más probable es que se encuentre encerrada en un puto infierno. Me mira como si yo fuera idiota. Lo peor, es que probablemente tenga razón… palpándole la barriga y comprobando si acumula líquido en las piernas o en los pulmones…. Creo también, que lo más probable es que Gloria quiera que la deje en paz de una jodida vez. Yo hago cálculos para que su sodio no vuelva a subir, para que el balance hídrico sea el adecuado, y el aporte proteico no le dañe los riñones. Gloria me odia profundamente… Vive y deja vivir. Muere, y deja morir.

Como ella… tantos otros. Tumores irresecables, hepatitis fulminantes… los chillidos constantes e irritantes de las máquinas de reanimación me desconcentran cuando intento diseñar una nutrición artificial para Manuel. 43 años. Infarto agudo de miocardio y parada cardio-respiratoria, sin antecedentes. Estaba cortando solomillos en su carnicería. Joder, con el potasio Manuel, me vuelve loca… que si me paso, que si no me paso… Fallo multiorgánico, traqueostomía, ventilación mecánica, soporte vasoactivo, sondaje urinario, vía central… Manuel es un robot. Y menos mal que Manuel está sedado, y no sabe que cada mañana una auxiliar huraña y arisca le asea y le cambia el pañal. Si estuviese alerta, no dejaría de alardear del tamaño de su portentoso pene. Yo me pregunto si por alguno de esos millones de tuberías a los que lo hemos enganchado, se le escapará algún pensamiento o deseo. Algún anhelo que se quedó colgado entre los solomillos de la carnicería.

A Ramiro una meningoencefalitis en la infancia le obligó a ser “el tonto del pueblo”. Isquemia intestinal. Cuando entro a la habitación saluda feliz como siempre, porque ante todo es una persona profundamente fuerte, dócil, cortés, dulce. Le tiembla la mano mientras sujeta la botella de nutrición enteral que lo mantiene ahora que le prohibimos comer magdalenas. Jamás me mira a los ojos cuando habla, pero siempre se encuentra bien, sonríe… dice “buenos días” con una amabilidad de otra época. Después de tantos días, acabo por encariñarme con el puñetero Ramiro. Joder. Otra vez.

Semana a semana, van desfilando ante nuestros ojos casos y circunstancias dramáticas. Finalmente a mí me parece que cuando los del Dúo Dinámico cantaban Resistiré… no podían hablar sino de la enfermedad… del ser humano que se agarra a la vida, cuando pierde todas las partidas y duerme con la soledad, cuando se le cierran las salidas y la noche no lo deja en paz. Miedo del silencio.

En los dos últimos años diversas circunstancias me han obligado a aprender más de lo que mi hasta ahora cómoda existencia me habría sugerido. Y en ocasiones siento tanta pena, que se me humedecen los ojos, pero ya no despilfarro lágrimas. He perdido la capacidad de llorar con facilidad, creo. Porque al final, al dar cierre a una mañana perturbadora o una guardia convertida en pesadilla, salgo del hospital, y aunque parezca contradictorio, lo que tengo son unas enormes e incoercibles ganas de vivir. Ver el sol, hacer la fotosíntesis si me dejan, escuchar cada día una canción nueva, leer cada día una historia nueva, cometer cada día un error nuevo. Yo también me aferro. Soportaré los golpes y jamás me rendiré. He visto de qué va, y no le temo a la muerte, es benévola y jamás engaña. La que me acongoja es la vida, que puede enredarse y apuñalarte las entrañas hasta reventarte. Doler. Hacerte vomitar, gritar, sangrar, cagarte y mearte… humillarte hasta las últimas consecuencias.

¿Qué sienten los enfermos y los moribundos? ¿Alguien le ha puesto nombre a ese pánico? ¿Somos los médicos y enfermeras, realmente, capaces de calmarlo? En ocasiones pienso en mundos en miniatura que discurren entre las hierbas del campo… ojalá pudiéramos resucitar en esos pequeños mundos de fantasía, sin dolor…. Y olvidar todo. Otras veces camino por la calle con la sensación de que se me van cayendo los defectos, y el resto de transeúntes puede verlos, desternillándose de risa. Después esos defectos ruedan por los adoquines, se introducen en las alcantarillas y viajan en ríos de lodo hasta el mar, para contaminarlo todo. Me gustaría tanto ser más fuerte y consecuente! Pero a estas alturas, sé que los valientes nacen, no se hacen. Me consuelo pensando que, al menos, poseo cierta capacidad de análisis. Y no entiendo porqué, si el sufrimiento aparece caminando con sus propios pies, nos empeñamos tantas veces en ir a buscarlo proactivamente. Más allá aún están la violencia, la agresión física o moral… Los hijos de puta psicópatas y sádicos.

No. No creo que se pueda exigir valentía a nadie. Yo misma soy una cobarde de mierda, os aseguro que en la situación del naufragio, me intentaría salvar a mi misma por encima de los niños y las viejas. En esa típica discusión, alguien me dijo alguna vez que por un hijo se daba la vida. Creo que yo no, aunque nunca he parido ni creo que lo haga. Vale pues, no pidamos valentía. Pero sí prudencia, serenidad, empatía, coherencia y cierto grado de desprendimiento. ¿Cierto?

No voy a releer la entrada, ni a corregirla. Tanta palabra vana, y solo quería deciros que… hostia. La vida es jodida. ¿No aprenderemos a comportarnos de una puñetera vez? Menos mal que al final, resistiremos.

 

RATHEN

 

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Un comentario en “RESISTIRÉ, ERGUIDO FRENTE A TODO.

  1. Los sanitarios jugamos con ventaja, convivimos con la muerte a menudo y ese hecho nos hace valorar nuestra efímera existencia desde otra perspectiva…de todas formas yo procuro no hacer con los pacientes algo que no querría que me hicieran a mí, aunque a veces me cueste algún que otro marrón…hablar, escuchar, proponer y aliviar es algo que se omite tantas veces y hace tanta falta…

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