ASI QUE ME FUI A LA PLAYA.

Mientras sufro un terrible cólico espiritual, y hallándome completamente desubicada ante el caos circundante, el coche es un guardaespaldas legítimo. Tan legítimo como matarse a pastillas. O a chocolate. Y una mujer cualquiera (o sease:  yo)  se pone el cinturón, enciende la radio, despotrica un rato de la música en España, y arranca. Tras sintonizar…